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Almodóvar y la elusiva catársis de “Julieta”

El filme trae de regreso al director a sus preocupaciones otoñales y nos priva de un desenlace catártico

La pesadumbre le sienta bien a Pedro Almodóvar. Su película anterior, “Amantes Pasajeros” (2013), fue un calculado esfuerzo por invocar la chispa de sus comedias tempranas. Resultó poco convincente. El maestro volaba en piloto automático. “Julieta” lo trae de regreso a preocupaciones otoñales. A su edad, queda más pasado que vida, más recuerdos que futuro. En este estado, hasta los remordimientos se sienten como preciosos vestigios de la persona que fuimos. Más que negarlos, hay que atesorarlos.

Julieta (Emma Suárez) se prepara para mudarse a Portugal con su pareja, Lorenzo (Darío Grandinetti). Los planes cambian abruptamente por un encuentro inesperado, al tropezar con Beatriz (Michelle Jenner). Años atrás, era la mejor amiga de su hija Antía, a quien Julieta no ha visto en años. Así descubre que vive en Suiza, y que tiene 3 hijos. La noticia sume a Julieta en una profunda depresión. Su único alivio es escribir la historia de su vida. Así, saltamos a los 80s. Vemos a Julieta joven (Adriana Ugarte), en un fatídico viaje nocturno en tren. Ahí conoce a Xoan (Daniel Grao), un apuesto pescador con una esposa enferma.

La brillante secuencia del tren culmina con una pareja haciendo el amor. En el pasado, Almodóvar hubiera retratado los cuerpos con morbo. Aquí, los vemos reflejados tenuemente en una venta. La silueta de la mujer ocasionalmente bloquea nuestra mirada. Apenas se encuentran, y ya son fantasmas. “Julieta” está inspirada en algunos relatos de Alice Munro, la escritora canadiense ganadora del premio Nóbel, otra especialista en el universo femenino. Para Almodóvar, no hay género más noble que el melodrama, la “película de mujeres”. Lo suyo son las emociones, como las relaciones interpersonales pueden ser bálsamo o veneno, o ambas cosas a la vez.

Almodóvar se encuentra preocupado por el paso del tiempo. Quizás por eso, juega con él. Una elipsis, brillante en su simpleza, permite que Julieta abandone la juventud de Ugarte y asuma la madurez de Suárez. La idea sugerida es que el profundo trauma emocional envejece al cuerpo de golpe. Ambas actrices hacen un papel soberbio en esta extraña carrera de relevos. No es difícil aceptarlas como la misma persona. Rossy de Palma, chocantemente avejentada, es una intrigante ama de llaves que funciona como homenaje a la siniestra Mrs. Danvers de “Rebecca” (Alfred Hitchcock, 1940).

Los misterios de las relaciones entre madres e hijos se ponen bajo la lupa. Queda en evidencia el costo emocional que los menores pagan en una relación de poder desigual, pero también la crueldad particular que sólo los vástagos puede prodigar sobre los progenitores. La tribulación que Antía impone sobre Julieta parece castigo cósmico por la dureza con que ella misma juzga en juventud a su padre, quien encuentra refugio emocional y carnal con una mujer joven, reclutada para cuidar de su esposa demente. La hija es incapaz de ver que en su relación con Xoan, ella entró jugando un papel similar al de la amante que reprueba.

Los misterios de “Julieta” apenas se desentrañan con una primera vista. Me cuesta asegurar que algunas decisiones creativas son pasos en falsos. Beatriz adulta revela, en una sola declaración, un giro siniestro en su amistad con Antía. Habría querido ver eso, pero la hija es, por diseño, elusiva. La vemos a través de la experiencia de Julieta, y por eso, nosotros mismos quedamos privados de su presencia. Lo que en películas menores pasa por diálogo expositivo, aquí es una maniobra de distanciamiento. Los saltos entre presente y pasado crean enigmáticos ecos y sombras, piezas de un rompecabezas temporal que sólo podemos resolver cuando los créditos finales se manifiestan.

Almódovar nos priva de un desenlace catártico. Abandona la trama en el punto que habitualmente sentaría las bases de un desenlace tradicional. La maniobra crea la sensación de que la historia continúa sin nosotros. Los personajes siguen con sus vidas. Son seres humanos que existen independientes de los caprichos del cine. Son como el ciervo que Julieta vislumbra fugazmente desde la ventana del tren. Por unos minutos, tuvimos el privilegio de verlos. El shock del anti-climax puede opacar la audacia. Este es un riesgo que solo un maestro puede asumir.


Clasificación 

“Julieta”

Dirección: Pedro Almodóvar
Duración: 1 hora, 39 minutos
Clasificación: * * * * (Muy Buena)


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