Cultura

“Cada quien vivió su propia revolución”

La escritora Vidaluz Meneses presenta este viernes en Managua "Balada para Adelina", una obra en la que recoge sus memorias

La primera vez que escuché su nombre, en la década de 1980, pensé que era un seudónimo. Como los que se envían con un libro a un concurso literario. Pero no. Así la bautizaron: Vida, como su madre, y Luz, porque nació el 28 de mayo, día de Nuestra Señora de la Luz, según lo consignaba el almanaque Bristol de 1944.

Es un nombre “poético y vital”, dice Vidaluz Meneses en una breve autobiografía y lo reitera en esta entrevista en la que anuncia con alegría su libro de memorias Balada para Adelina, publicado por Anamá Ediciones y que la autora presentará el viernes 3 de junio en el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica, a las 6:30 pm.

¿Por qué Balada para Adelina?

Adelina fue una de mis seis tías abuelas, vivió hasta los 102 años. Fue una figura silenciosa muy presente en mi vida, una mujer tímida y dulce que creció sometida por un padre autoritario y bajo el dominio de una hermana mayor. Después vivió con sus sobrinas –mi mamá y mi tía– y luego conmigo. Yo era quizá su espacio más democrático. Ella me contaba cuentos antes de dormir y las circunstancias nos hicieron vivir juntas mucho tiempo.

El título es igual a la melodía del pianista francés Richard Clayderman

Sí, y me encanta. Quise llamarlo así por la suavidad de esa balada, porque mi personalidad es así, bastante tranquila, y así era mi tía. Pienso que heredé de ella mi carácter, tengo fama de ser ecuánime y muy pacífica.

¿Y ella no escribía poesía?

No, Adelina era maestra. Mi tía mayor sí escribía poesía, pero las pobres mujeres de ese tiempo… ¿a quién le escribían poesía? ¡Al obispo, el día de su cumpleaños! Mis tres tías mayores — Elvira, Victoria y Adelina– eran solteras y vírgenes, y las otras tres –Virginia, Élida y Dalila, que era mi abuelita– tuvieron que casarse porque mi bisabuelo, un férreo patriarca leonés, decía que no podía morirse y dejar a ese mujeral desamparado.

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Vidaluz Meneses relata su vida con los mínimos detalles y, como la mayoría de los nicas, habla intercalando sonidos, onomatopeyas que alegran la conversación: “Mi mama venía y jalaba una silla, pran-pran-pran”, o “el despertador sonó a las nueve, ¡riiiiing!…”.

Cuenta que la criaron sus tías abuelas porque su madre era demasiado joven: “Soy fruto de un arrebato de pasión y curiosidad de mi madre que salió panzona del primer novio, un chavalo finquero de Matagalpa. Mis tías vivían alrededor mío, y mi bisabuela le decía a la china que me cuidaba: ‘Ve, si no cuidás bien a esa niña, ¡te voy a salir!’ Y la pobre muchacha horrorizada porque en esa casa convivían los vivos y los muertos. Ahora comprendo que era un mal de familia, porque Rubén Darío decía que a él le salían los espantos…”.

Desde que tuvo conciencia Vidaluz oyó hablar de Rubén Darío. Las tías decían que el poeta era primo de su bisabuela, Josefa Somoza Sarmiento. “Se hablaba con tanta familiaridad de Darío que hasta contaban una anécdota de que él le tiró un jocote en la cabeza a su prima”, recuerda.

Descubrió su pasión por la escritura gracias a la directora de su escuela matagalpina, Lucidia Mantilla, que la ponía a hacer composiciones. Sus primeros poemas los escribió a los 14 años, cuando empezó a leer a Darío, a Nervo, a Bécker. A los 16 ya conocía a Ernesto Cardenal, a Pablo Neruda y a los poetas norteamericanos de la época.

Aunque amaba a su tía Adelina, Vidaluz abandonó la casa de la infancia cuando su madre se casó con Edmundo Meneses, un militar de la Guardia Nacional que la adoptó legalmente. Después nacieron sus cinco hermanos.

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¿Cuál fue la época más feliz de tu vida?

Mi niñez. Fue alegrísima, porque viajábamos a Bonanza donde una de mis tías casadas; íbamos a los ríos y andábamos a caballo. Ya como a los nueve años, viviendo con mis padres, a mi papá lo transferían y entonces pasamos de Boaco a Camoapa, de Ocotal a El Jícaro. Yo cambiaba de escuela cada año y mi mama paría a mis hermanos en una ciudad distinta.

Antes de radicarnos en Managua vivimos en León, donde me gradué en “secretariado comercial y cultura femenina”, lo que quería decir taquimecanógrafa con un matiz de filosofía e historia. Tenía 18 años, demasiado joven para trabajar, entonces completé mi bachillerato en La Asunción, donde también fui profesora de literatura. Ya en Managua tuve una adolescencia difícil, porque surgieron contradicciones de tipo social. Oía a la gente que decía que Somoza era malo, pero mi papá era militar, ¡trabajaba para él! Esas contradicciones también me llevarían a separarme de mi marido cuando triunfó la revolución; yo tenía 35 años y me sentí dueña de mí misma. Fue una época emocionante y terrible a la vez. Un año antes, en 1978, habían asesinado a mi padre, que era embajador en Guatemala. Lo ametrallaron saliendo de una barbería.

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Desde sus primeros libros de poemas Llama guardada (1974) y El aire que me llama (1982), Vidaluz Meneses recorrió un largo trecho “viviendo a fondo el compromiso social como expresión de fe cristiana”. Después de la revolución publicó Llama en el aire. Antología poética 1974-1990 (1991), Literatura para niños en Nicaragua (1995), el poemario Todo es igual y distinto (2005) y la selección poética Sonreír cuando los ojos están serios (2006). La lucha es el más alto de los cantos (2006) recoge sus vivencias en las brigadas culturales que visitaban a los combatientes sandinistas en las zonas de guerra durante la dramática década de 1980.

¿Cómo nació Balada para Adelina, tu primer libro en prosa?

Después de muchos años y muchos intentos por plasmar la otra época más feliz de mi vida: la revolución. Yo había trabajado nueve años en el Ministerio de Cultura y quería escribir un libro que rescatara el trabajo cultural y reconociera a los artistas. Primero pensé en una biografía novelada, le mostré mis textos a Carlos Chamorro Coronel y a Ernesto Cardenal, a mi gran amiga Angelita Saballos y a mi traductora al inglés, mi querida María Roof. Pero todos me daban opiniones distintas.

Entonces hablé con más gente. Sergio Ramírez me recomendó contar la historia de mi padre; Daisy Zamora que escribiera unos “medallones familiares”, y Claribel Alegría me dijo: esto no es una simple noveleta, son apuntes para una gran novela, ¡trabajala! Total que no supe qué hacer y la guardé más de cuatro años.

¿Te daba dolor recordar?

¡Por supuesto! Había temas que no quería ni tocar, no quería remover tantas cosas… Yo veo el desgarro con el que muchos narradores plantean las cosas, dicen que uno saca los demonios. Y eso es horrible, es como bajar al infierno…

Pero finalmente el poeta Cardenal me dijo: no escribás una novela, escribí tus memorias, y un día me senté y ta-ra-ta-tá , me puse a escribir de un solo tirón todo lo que podía. Y así fue tomando forma el libro.

Pienso que en la Revolución cada quien vivió su trecho, su pedazo de revolución. Por eso no hay manera de plasmarla de una sola forma sino que debe escribirse en base a historias propias, como lo hizo Mónica Baltodano con sus “Memorias de la lucha sandinista”. En mis memorias yo no formulo juicios porque nadie me puso una pistola en la cabeza. Pienso que nuestra generación hizo lo que debía hacer. Nunca entré al partido, ¡gracias a Dios!, estuviera arrecha ahora. Yo veía como sufría toda la clase media que apoyaba a la revolución, porque la aristocracia nos consideraba traidores de clase y el proletariado nunca confió en nosotros, nos decía oligarcas.

Pero en fin, aquí está mi libro, que me costó un mundo armarlo porque tenía que caber todo en menos de 300 páginas. Y la verdad es que lo trabajé tanto, le di tantas vueltas y recorté tantas cosas, que ahora quiero leerlo completo para ver cómo quedó…


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