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“Creed”: Sangre Nueva Para “Rocky”

La presencia de Stallone confirma que su rol de entrenador y figura paternal es ineludible

El tiempo ha sido magnánimo con Rocky. Han pasado 40 años desde que la película original ganó el Oscar. Cinco filmes más, de calidad y tono variable, convirtieron a su creador, Sylvester Stallone, en una estrella taquillera. Debo confesar que la aparición de “Creed” me tomó por sorpresa. No tenía ni idea que se fraguaba una continuación. Pero esta no es una secuela tradicional. En la misma línea de la reciente “Star Wars, Episodio VII: El despertar de la Fuerza” (J.J. Abrams, 2015), “Creed” es un regreso a las raíces, una especie de rescate y apropiación. Me atrevería a decir, incluso, que es superior a ese adorado producto de ciencia ficción.

El mito del boxeador en desventaja es adaptado para la era de HBO Sports, transfiriendo el protagonismo a un nuevo personaje. Se trata de Adonis Johnson, hijo fuera de matrimonio de Apollo Creed, quien alternó roles entre némesis y amigo de Rocky, antes de sucumbir ante los puños del soviético Ivan Drago (Dolph Lundgren), en la mansalva de la Guerra Fría de “Rocky III” (1985) – es el fondo del barril de la franquicia, dirigido por el mismísimo Sly-. Esa era una ridícula pieza de propaganda, pero el filme que ahora nos ocupa es drama deportivo que se gana la etiqueta inspirativa. La película introduce a Adonis niño (Alex Henderson), sin padre ni madre, encerrado en un reformatorio juvenil, con inquietante facilidad para pelear. Ahí llega a buscarlo Mary Anne (Phylicia Rashad), la viuda de Apollo, dispuesta a adoptarlo. La acción salta al presente. Ya adulto, Adonis (Michael B. Jordan) se encuentra en un punto de inflexión: seguir una carrera en finanzas, o responder al llamado del ring.

Usted sabe lo que va a pasar. La presencia de Stallone confirma que su rol de entrenador y figura paternal es ineludible. Las novedades son sutiles, pero sustanciales. “Creed” está alerta a los embates del deporte como negocio, y las presiones del culto a la personalidad en la era moderna. Tome nota de como gráficos textuales irrumpen abruptamente, identificando a los boxeadores que orbitan alrededor de Adonis. Son intencionalmente intrusivos, irrumpen en la realidad objetiva de los personajes. El “show business” es como una membrana que lo cubre todo. Funciona el apellido Creed, ineludible, condenando a Adonis a asumir la herencia del padre.

Paralelo al drama deportivo, el director Ryan Coogler se preocupa por la esfera íntima. Adonis vive un dulce romance con Bianca (Tessa Thompson), una DJ con problemas auditivos. Rocky lleva consigo la carga pesada de sus muertos – su esposa Adrian, su cuñado Paulie – y tiene su propio roce con la mortalidad. El fantasma de Apollo también se erige como advertencia para su hijo. Todos estos elementos, que podrían ser explotados en términos excesivamente melodramáticos, funcionan como elementos humanizantes. Lejos de ver a héroes y villanos, los actores se convierten, efectivamente, en seres humanos vulnerables. En ese contexto, cualquier cosa puede pasarles.

Películas como la clásica “Toro Salvaje” (Martin Scorsese, 1980) convierten el cuadrilátero en un espacio de apariencia infinita, donde una edición dinámica construye la pelea corte a corte, golpe a golpe. En una virtuosa secuencia que parte la película en dos, Coogler y la directora de fotografía Maryse Alberti escenifican una pelea en una sola toma. La coreografía no destaca la pericia de los técnicos, sino que encierra al espectador en el ring con los boxeadores. El efecto es claustrofóbico. La humanidad del contrincante se vuelve un obstáculo insalvable, ineludible y sobrecogedor. Es lo más cerca que puede estar de ser un boxeador, sin someterse a una vapuleada. Es una secuencia electrizante, y quizás la culminación prematura de “Creed”. Es un crimen que no esté nominada al Óscar a Mejor Cinematografía. Tiene que verlo en pantalla grande.

El filme no puede desentenderse de su herencia. Los nostálgicos disfrutarán de los montajes de entrenamiento y una carrera desafiante por las calles de Philadelphia, animada por el tema musical original de Bill Conti. Yo resiento un poco la inexplicable ausencia de Marie (Geraldine Hugues), la dulce novia que avivó la anterior “Rocky Balboa” (2006). Pero esta es una queja menor. Bellamente actuada y dirigida, “Creed” es entretenimiento popular de primera clase.


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