Política

Rubén Perina: Trabajar con cancillerías OEA y la resistencia interna en Nicaragua

Experto en promoción de la democracia analiza el impasse de la OEA en la crisis de Nicaragua

El politólogo argentino, Rubén Perina, exfuncionario de la Organización de Estados Americanos (OEA) en la promoción de la democracia durante más de dos décadas, considera que ante el impasse de la organización regional por la falta de los 24 votos para aplicar la Carta Democrática al régimen de Daniel Ortega, la oposición nicaragüense debería cabildear de forma directa con los Gobiernos.

“La oposición política nicaragüense debería enfocarse también en las cancillerías”, que aportan los votos en la OEA, explicó en una entrevista con Esta Semana y CONFIDENCIAL el experto, exprofesor de las universidades de Georgetown y George Washington. Y agregó: “Si hubiese mayor unidad, una mayor resistencia, inclusive una sublevación interna, la comunidad internacional estaría mucho más dispuesta a apoyar de diferentes maneras a la oposición”.

Veinticinco países de la OEA aprobaron el 8 de diciembre una resolución sobre la ilegitimidad de las elecciones de Nicaragua, llamando a convocar a nuevas elecciones, pero el informe que presentó este miércoles el secretario general de la OEA se limita a confirmar que Ortega no responde a ninguna gestión diplomática. ¿Por qué la OEA no puede implementar sus propias resoluciones?

La OEA no es un ente monolítico y supranacional, está conformado por 35 Estados, y ellos son los verdaderos dueños de la organización. Entonces, hay que hablar más de los países miembros, si hay una mayoría, entonces la OEA puede actuar. En este caso, de Nicaragua, para convocar a una asamblea extraordinaria que pudiese considerar la expulsión de Nicaragua, se necesitan 24 votos.

Pero, el secretario general tampoco ha ofrecido una alternativa. ¿Qué viene después en este impasse? ¿Hay una capitulación de la OEA en la crisis de Nicaragua?

Es que no están los votos. Yo tengo contactos con algunos de los embajadores, y me dicen, cuando se aprobó la última resolución sobre Nicaragua, bueno, hasta aquí llegamos, no se sabe qué hacer. Y yo le digo, ¿por qué no convocar a una asamblea extraordinaria? Pero no tenemos los votos, eso es lo que me dicen.

En última instancia, también hay que hacer esa misma pregunta a la oposición interna de Nicaragua, a la comunidad democrática interna. Si hubiese mayor unidad, una mayor resistencia, inclusive una sublevación interna, la comunidad internacional estaría mucho más dispuesta a apoyar de diferentes maneras a la oposición nicaragüense.

En Nicaragua se vive hoy un estado policial; hay más de 170 presos políticos; no hay libertad de reunión, de movilización; no hay libertad de prensa, ni libertad de expresión. ¿Se puede condicionar la presión diplomática, al restablecimiento de las libertades democráticas? Porque Ortega mantiene ese estado policial.

Es muy difícil resistir u oponerse a un Estado represivo como el de Ortega, como el de la dictadura. Igual que en Cuba, es muy difícil, fíjate lo que pasó últimamente en Cuba con los que han protestado, están todos presos, casi cien presos políticos también.

Yo creo que la oposición política nicaragüense debería enfocarse también en las cancillerías. Porque en última instancia son los países, son las cancillerías de los respectivos miembros. Porque yo no le veo salida por los cursos normales de la organización. No creo que exista esa mayoría para convocar a una asamblea extraordinaria.

¿Pueden, los países que están promoviendo un cambio democrático en Nicaragua, trabajar fuera del OEA, crear un grupo de trabajo, países de América Latina, del continente y de Europa, puede ser esto una alternativa?

Seguro. Y de hecho ya en 2018 se creó, dentro de la OEA, un Grupo de Trabajo presidido por la difunta ahora, lamentablemente, embajadora de Paraguay, Elisa Ruiz. Ella lideró ese grupo, y en 2019 la Asamblea General creó lo que le llamó un grupo de alto nivel diplomático, que incluso trató de negociar su llegada a Nicaragua en 2019, pero Ortega se lo prohibió, y tuvo que hacer las reuniones con la oposición desde El Salvador; y su informe fue muy contundente, en términos de las violaciones, los presos políticos, las violaciones contra la libertad de prensa.

Uno de los problemas que tiene la OEA y la Carta Democrática es que, en sus deliberaciones sobre la crisis de un país, no puede invitar a los otros poderes del Estado, o a los otros contendientes de la crisis, porque solamente lo representa el embajador del Estado.

Entonces, con este Grupo de Trabajo se abrió esa posibilidad de convocar a otros miembros de la sociedad nicaragüense para establecer un diálogo, buenos oficios, unas negociaciones. Lamentablemente, cuando se veía que estaban por llegar a un acuerdo sobre elecciones libres, íntegras, Ortega decidió desmantelar eso y no participar. Esas son dos opciones que todavía están en juego. Pero, de todas maneras ese Grupo de Trabajo, que hoy está liderado por Canadá y Chile, puede seguir funcionando.

En el caso de Venezuela, por ejemplo, se creó el grupo de Lima, países de América Latina y de Europa, pero el efecto que eso ha tenido en poder abrir un espacio de diálogo democrático en Venezuela, también ha sido muy limitado.

Sí, porque son muy comparables las dos situaciones en términos del papel de la oposición. La oposición en Venezuela también está dividida y no ha podido cohesionar su impacto para debilitar al Gobierno, aunque ahora se ve una pequeña ventana de apertura, en las elecciones estas que, sorpresivamente, aceptaron esa derrota en Barinas.

Entonces hay oportunidades, pero yo quisiera que, también quisiera ver qué es lo que se puede hacer, qué puede hacer la comunidad democrática interna.

Esta crisis no tiene una salida a corto plazo. ¿Hay o una estrategia a mediano plazo, desde la comunidad internacional y la comunidad democrática nicaragüense, como menciona usted, la oposición, la sociedad civil, del sector empresarial, la misma Iglesia católica?

Tendrían que tener también una estrategia a corto y mediano plazo. Yo creo que en última instancia es forzar al régimen a tener elecciones, esa es la única salida. Pero también, hay otras, que habría que pensar también, en última instancia.

Yo creo que el secretario general va a continuar; el Grupo de Trabajo, van a continuar las presiones, las negociaciones, el objetivo es convocar una asamblea extraordinaria; pero el punto es que no sé cómo van a lograr eso, no veo un camino claro, una ruta, y creo que tampoco lo ven los amigos democráticos de la OEA; también tenés afuera a México y Argentina de esa coalición democrática, de esa alianza democrática que estuvo muy fuerte hace dos o tres años.

Esa posición de México y Argentina, que tiende a tener cierta complacencia con la dictadura de Ortega, ¿considera que es invariable a mediano plazo? ¿Hay algo que los pueda hacer para cambiar?

Bueno, en Argentina no. Yo creo que en Argentina hasta que no haya nuevas elecciones en 2024, eso no va a cambiar. La política internacional argentina es muy errática, muy desconcertante, para los observadores en particular y para la oposición misma.

Ahora hay una tensión con el Gobierno nicaragüense, particularmente por lo que pasó ahora, en la elección, con la presencia del iraní (Mohsen Rezai), entonces eso causó mucho revuelo en Argentina, mucha turbulencia.

¿Puede tener esto algún impacto? Ahora se conoce que la vocera del Gobierno, la vicepresidenta Rosario Murillo, tres días antes del 10 de enero, anunció que el terrorista iraní era uno de los invitados de honor a la autoproclamación de Ortega, de manera que el Gobierno de Argentina, el embajador de alguna manera tendría que haber sabido que eso iba a ocurrir.

Sí, no sé si fue por desidia, por omisión, o por comisión, pero la cosa es que causó mucha crítica en Argentina misma.

El presidente electo de Chile, Gabriel Boric, también este viernes anunció que su ministra de Relaciones Exteriores será Antonia Urrejola, expresidenta de la CIDH. ¿Eso coloca en la política exterior chilena un mensaje claro en el tema de derechos humanos, democracia, que podría tener algún impacto en la izquierda democrática en América Latina?

Sí. Ella trabajó muchos años en la Comisión, y después fue presidenta, yo vi esa designación con mucho entusiasmo, esperanzador, en el sentido que Chile se va a convertir también en un baluarte de la defensa de la democracia, y no se va a retraer como ha hecho Argentina en ese campo.

La Cumbre de las Américas, que se realizará en julio, en Los Ángeles, presidida por el presidente Joe Biden, ¿qué tipo de incidencia puede tener esta crisis en la OEA, en Nicaragua?

Esa puede ser una oportunidad muy significativa para debatir, los cancilleres, los presidentes, podrán discutir el tema de Nicaragua, seguro que va a ser tema de discusión, seguro que la erosión de la democracia, sus desafíos, va a ser uno de los temas principales de la Cumbre. Una sugerencia sería, a los embajadores amigos de países democráticos, que sugieran al Gobierno de Estados Unidos, no invitar a Nicaragua, a Cuba. Obviamente, no invitar a Venezuela.

La comunidad democrática nicaragüense debería estar ya trabajando para presionar a las cancillerías sobre este tema.

Usted participó en el proceso de gestación de la Carta Democrática Interamericana, hace más de dos décadas. ¿Cuál es el balance de hoy? ¿Es un problema de su constitución o del balance de los Gobiernos para ejecutarla?

Yo leí un artículo de CONFIDENCIAL, que alguien dijo que la Carta está desactualizada. Yo no creo en eso, si se quiere reformar la Carta, se abriría una caja de Pandora. Lo que pasa es que, de vuelta, (la aplicación) tiene que ver con los países.

En América Latina no hay un consenso democrático para utilizar la Carta, para defender la democracia, hay una fragmentación: hay países democráticos, países semidemocráticos, hay dictaduras, y la dinámica entre ellos no conlleva un consenso para activar la Carta. La Carta se utilizó varias veces de manera preventiva. En 2005 que la invocó Bolaños en la OEA, por un ataque a sus poderes en el Poder Legislativo de Nicaragua; lo mismo pasó en 2005, en Ecuador, fue útil preventivamente, se previno una mayor crisis, o el colapso de la democracia, y en 2008, igualmente en Bolivia.

Cuando hay un golpe militar, como en Honduras, por ejemplo, en 2009, los países actúan inmediatamente. Pero, cuando el golpe es en cámara lenta y el Gobierno originalmente fue electo, entonces los países como (que se) hacen de la vista gorda, y utilizan el principio de la no intervención como pretexto para no decir nada. Es un silencio realmente preocupante.

La Administración Biden anunció hace un año una política multilateralista y de colaboración con los Gobiernos de América Latina en torno a estos temas, ¿cómo ve los resultados?

Mucha gente esperaba mucho más, pero hay que tener en cuenta que el plato del presidente Biden está bastante lleno, con la oposición de los republicanos a sus políticas; con el tema de Rusia, Ucrania, Irán, Afganistán, y en América Latina todavía no parece haber una crisis de amenaza a la seguridad y la paz del continente. Cuando haya eso, o si los rusos realmente ponen en Venezuela y Nicaragua bases militares, entonces yo creo que sí va a haber un enfoque mucho mayor. Sin embargo, ya están empezando a preocuparse de la penetración china en América Latina, y de los rusos también. La Cumbre de las Américas va ser un buen termómetro de cómo ven a América Latina.


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