Opinion

Xavier Reyes Alba murió batallando

Fue un periodista de verdad. Si algo le dolió al morir, es no poder haber visto el cambio que tanto imaginó

La noche del 27 de mayo, Xavier Reyes escribió su último editorial para Trinchera. “Lo que perdemos de vista” lo tituló, mientras estaba atravesando la primera etapa de su tratamiento para el cáncer en el estómago, golpeado por la primera sesión de quimioterapia. Se refería Xavier al caos noticioso provocado por la dictadura con sus atropellos, a la campaña contra Cristiana, a lo irreflexivo del radicalismo entre opositores, al estado de la Coalición y la utilidad de la casilla del CxL. Frente a la computadora, Xavier se sentía revitalizado. Mientras avanzaba línea a línea en esa última crónica, sentía que la enfermedad desaparecía. Murió trabajando, como debería ocurrir con todo ciudadano empeñado en ser útil, para un país tan necesitado de recibir hasta el último aliento de cada quién, interesado en su resurgir de las cenizas.

Su muerte, me hace recordar la de otro gran amigo, que también lo fue de él, Róger Sánchez, caricaturista de solo 30 años, consecuencia del mismo diagnóstico: cáncer en el estómago, de veloz recorrido destructivo. ¡Cómo batalló Róger! Como lo hizo Xavier Reyes hasta hoy a las 12 y 30 de la madrugada. Fue uno de mis jefes en Barricada. Era el brazo derecho de Carlos Fernando. Fuimos amigos de largos años, compañeros, protagonistas de interminables discusiones sobre puntos de vista encontrados, vecinos los últimos 20 años en el Reparto San Juan, con una excelente relación entre las familias. Los primero de enero, durante un buen tiempo, realizábamos en mi casa, el desayuno de “las sobras”, de todo lo que quedaba en cada casa la noche del 31. María Alicia y Chilo, lo organizaban con el postre de chismes que Xavier y yo asegurábamos.

Sus discusiones con William Grisby, muy fuertes y llamativas en La Primerísima, captaron la atención de muchos. Se respetaron más allá de colocarse en aceras opuestas. Fue Xavier Reyes un periodista de verdad. No dejaba nada “al bolsazo”. Siempre se preparaba para abordar un tema y disponía de un archivo que le permitía simplificar esfuerzo en busca de detalles. Era un estudioso dedicándole suficiente tiempo a la lectura diaria. Su objetivo era garantizar que el contenido entregado, respondiera a la exigencia de quienes lo leíamos. Como Jefe, aplicaba la rigurosidad con amabilidad. Hay que tener habilidad para eso. Firmaba en Trinchera como Hamlet, el personaje de Shakesperare, con la espada desenvainada. En una de las amplias gavetas de mi biblioteca, hay suficientes folders cargados con sus columnas, que deberían ser leídas por los periodistas de la nueva generación.

Si algo le dolió al morir, es no poder haber visto el cambio que tanto imaginó. Pero dónde se encuentre, le llegarán los twitter de los que logren verlo.

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