Opinion

Unas confesiones descarnadas

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Las confesiones del doctor Rafael Solís Cerda, el pasado martes 19 de abril, vale calificarlas como descarnadas, porque son una descripción realista, y un crudo relato de lo que hizo como operador político de los dictadores Ortega y Murillo en contra de los derechos humanos y constitucionales de los nicaragüenses.

En esa función pro dictadura, Solís nunca dejó de actuar exactamente como se define a sí mismo en su extenso relato o confesión: frío cumplidor de órdenes perversas de los dictadores.  Como un auto retrato, donde revela que no tiene principios políticos ni ideológicos, una personalidad individualista, que los que a él le conviene a él, y los perjudicados por sus actos no son humanos, sino objetos útiles a los fines de sus patronos.

Era consciente de las consecuencias negativas que para la sociedad tenían sus acciones. Por ello, hasta en su solicitud de perdón al pueblo tuvo la misma frialdad de todo su relato, sin emoción ni señal de arrepentimiento.

Pero Solís sabe que sus jefes lo han condenado por traición a ellos, y también es consciente de que los Ortega-Murillo son traidores al pueblo a Nicaragua. Aquí… ¿la justicia los juzgará solo por el delito de traición? También por los delitos de lesa humanidad, pues quienes sean culpables no merecen la impunidad; la sociedad nicaragüense no encontraría la paz si no se reivindicara a las víctimas de las atrocidades de la dictadura.

II

Rafael Solís, durante diez años se desempeñó como Secretario, primero del Consejo de Estado y la Asamblea Nacional después. Antes había sido guerrillero urbano en la insurrección, y al triunfar la revolución pasó al Ejército Sandinista, y como representante de este llegó al Consejo de Estado, y luego elegido representante (diputado) en las elecciones de 1984 dentro de la nómina del FSLN.

Por ello, se supone que albergaba sentimientos revolucionarios.  Pero parece haber sido solo un antisomocista. Si tenía convicciones ideológicas de izquierda no puedo decir nada, pues siempre actuó como un burócrata que definía y resolvía bien las cosas de su incumbencia, según dice ahora, aparte de las tareas asignadas por Ortega.

Eso se notaba en su desempeño en la Secretaría de la Asamblea Nacional, desde donde atendía asuntos del conjunto de sus representantes (diputados) sandinistas y opositores. Todos tenían iguales derechos, pero a Solís le valía más su imagen política ante los adversarios, pues la opinión de los sandinistas “de abajo” no le valía tanto como la de los sandinistas “de arriba”.

En el Consejo de Estado y en la Asamblea Nacional, no respetaba más autoridad que la de Ortega; después, la del comandante Carlos Núñez Téllez. Sin embargo, en una ocasión hubo una conmoción interna, que no trascendió al público: Solís desapareció por varios días.  Se había ido a Estados Unidos… ¡sin habérselo anunciado al presidente de la Asamblea Nacional! Según se decía, el motivo de su viaje fue el nacimiento de un hijo suyo en aquel país.

Si Solís tuvo principios revolucionarios, aparte de su etapa de guerrillero urbano, en sus actuaciones no se reflejaban. Es normal que la ideología revolucionaria, o cualquiera otra, de alguna manera se refleje en las conversaciones, en el comportamiento, en las relaciones entre compañeros de trabajo; pero en él nada. Ni por demagogia, como también es normal en todo movimiento político.

III

La caracterización que estoy tratando de hacer del doctor Rafael Solís, puede ser o no ser acertada, pero algo de su distanciamiento con los otros se puede notar entre él y los periodistas que lo entrevistaron en la conferencia de prensa, en Costa Rica.

Los motivos por los cuales todos ellos están exiliados son muy diferentes, pero hay buenas razones para esperar que su trato con los periodistas fuera distinto, porque:

Todos son nicaragüenses; hoy, no tienen la libertad de vivir en su patria, les amenaza por igual la venganza de los dictadores… y él ya no es un alto funcionario. En el exilio, por las causas que sean, la familiaridad nace espontánea entre paisanos. Hasta las distancias sociales se acortan en las duras condiciones del exilio.

Las declaraciones de Solís, además de importantes, las dijo con aplomo, seguridad y franqueza, igual como describió el mecanismo dictatorial entre los orteguistas: verticalidad absoluta entre las órdenes de los jefes y la fidelidad de sus ejecutores. Todo, típico de una mafia.

Entre otras cosas, Daniel y Rosario –juntos o separados— le ordenaban a él que, a su vez, les ordenara a los jueces cómo y contra quién debían dictar una sentencia condenatoria, sin tomar en cuenta su inocencia, sino por haber efectuado alguna actividad anti dictatorial. Solís no quiso revelar ningún nombre de las víctimas de ese sistema de “justicia”, por razones comprensibles.

Solo de los capturados y procesados durante las marchas de abril del 2018, Solís se declara inocente (estaba enfermo en México).  Pero todo indica que los magistrados de la Corte Suprema de (In) Justicia han cumplido y siguen cumpliendo las órdenes de los dictadores, con igual docilidad.

Así como Solís operaba en el Poder Judicial, lo hacen los secretarios políticos de las instituciones estatales (Solís lo era en la Corte) con la misma obediencia y frialdad. Por esto pudo pintar a la dictadura tal cual, como ningún opositor ni otro orteguista pudiera hacerlo mejor.

Incluso, su análisis de las perspectivas de cómo las contrarreformas electorales orteguistas dañarán los derechos electorales de la oposición, tienen el valor de la autenticidad, algo difícil de repetir para cualquier otro operador político de la dictadura.

IV

Lo que les da veracidad a las palabras de Rafael Solís, es su propia forma conducta: él nunca actuó dentro del gobierno revolucionario de los ochenta ni después bajo la dictadura personal de los Ortega Murillo, motivado por cuestiones de principios ideológicos, sino por ser consciente de lo que a él le convenía hacer, sin tomar en cuenta cuánto de lo suyo podía perjudicar a los demás.

Apartando su docilidad ante Daniel y la Rosario, Solís, en sí mismo siempre pareció ser su propio partido, tener su propia concepción de la legalidad, su propia política y su propia ideología.

Su individualismo, Solís nunca intentó disimularlo como funcionario que fue de tres importantes instituciones del Estado, en donde –después de los dictadores— se desempeñó dominante, aunque otro, u otra burócrata, ejerciera formalmente la presidencia.

Hubo una conducta política bastante común entre ex guerrilleros de todos los niveles, pero Solís, con su poder, no la necesitaba, surgía natural en él: me refiero a la actitud arrogante hacia los sandinistas que no utilizaron un fusil para combatir a la dictadura somocista.

Quien no hubiese tenido un fusil que disparar, era un sandinista de menor cuantía, y sin el derecho de ostentar un cargo mayor o igual al de un ex guerrillero o combatiente urbano, en la misma organización o dependencia burocrática.

Esa fue la experiencia de curtidos dirigentes sindicales con probada conciencia de clase, pero no combatientes, en la Central Sandinista de Trabajadores (CST). Eso explica por qué la mayoría de los líderes sindicales sandinistas fracasaron como tales, y los sindicatos terminaron al servicio de la dictadura, y algunos líderes hasta se convirtieron en patronos con la Piñata.

V

Las confesiones políticas de Solís, no deberían interesar solo por ser las mejores denuncias de un importante personaje orteguista que desnuda al régimen dictatorial, sino por la información que para el análisis de la situación política actual y pre electoral.

Por su conocimiento de los dictadores, Solís se refirió a que estos no cederán solo por las presiones internacionales, pero que podrán ser derrotados por la fuerza del pueblo unido y toda la oposición unida en una acción organizada.

Entre otros datos interesantes que aportó Solís, es que tuvo conocimiento del informe médico legal sobre las autopsias de los asesinados en la Madre de las Marchas: todos fueron víctimas de los disparos de francotiradores: en la cabeza, el cuello y el pecho.

Al margen de estas cuartillas

*Una opinión de Solís que se refleja en la realidad: los magistrados del Poder Judicial nunca resolverán sobre ninguno de los Recursos de Amparo ni de Inconstitucionalidad de ciudadanos y organismos sociales…

*Porque: desde cualquier aspecto y con rigor jurídico, solo podrían hacerlo a favor de los recurrentes, y eso no se lo permitirán los dictadores ni ellos se atreverán a desobedecerlos…

*Y que el actual Poder Judicial, todos los recursos no los resuelve según la ciencia jurídica, sino según las decisiones políticas de Daniel y Rosario…

Al buen entendedor, pocas palabras (aunque sea un refrito, es una verdad)



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