Opinion

UNAB: una misión tan política como humanitaria

Si la dictadura pretende acabar con la lucha pacífica, otras formas de lucha serán necesarias, menos con las armas

En la trágica actualidad política de Nicaragua, hay hechos repetidos de nuestra historia, como son los actos represivos de las dictaduras, aunque ahora son mayores en cantidad y más refinados en su crueldad.  No es necesario repetirlos en sus detalles.  Todos somos testigos y sufrientes como ciudadanos, amigos, vecinos o parientes de las centenares de víctimas mortales, de los prisioneros, perseguidos y los torturados por esta dictadura.

Dentro de tal situación, se perfila más de un hecho novedoso, como las particularidades de la insurrección cívica popular, y otros fenómenos de orden político e ideológico sobre los cuales aún no hay un análisis definitivo.  Pero también existe una explicación razonable de otros fenómenos y, por esta carencia, hay quienes recurren a viejos esquemas, enarbolándolos como si fueran certezas.

Sin embargo, las falsedades no han podido sobreponerse a hechos tan ciertos como los asesinatos, expresión extrema de la crueldad represiva, pero no la única forma de la represión cotidiana, pues hay una estela de torturas morales a sus parientes y a toda la sociedad.

Una larga extra de crueldades no siempre trasciende al exterior, como trascienden otros hechos criminales.  Ocultas quedan o no bien publicitadas, las torturas morales a las madres obligadas a mirar y sufrir desde sus hogares los maltratos físicos violentos de los esbirros contra sus hijos a la medianoche o la madrugada, tiempo preferido para sorprender a la familia con sus gritos ofensivos y la violencia de las patadas, rompiendo puertas de sus hogares. Esto es tan repetido, que ninguna familia está libre de no sufrirlo, y nadie sabe hasta cuándo dejará de ocurrir esta demostración de barbarie fascista.

Luego, las madres peregrinan en las estaciones policiales, permanecen durante varios horas o días frente al portón del centro para el secuestro y las torturas, El Chipote.  Allí, además de negarles la existencia de sus hijos, las torturan haciéndolas imaginar que  están en alguna cárcel clandestina o en la morgue, lo que resulta verdad demasiadas veces.

Si los encuentran vivos, las torturas morales continúan a las puertas de la cárcel “modelo” y frente a los “templos de la “justicia” orteguista cuando son juzgados en Managua, burlando la ley, porque los sustraen de su jurisdicción, siendo que la mayoría procede de los municipios, algunos alejados de la capital.

A las puertas de estos centros de la injusticia, se ven cada día otros dramas de madres –a veces abuelas— enfermas, hambrientas bajo la lluvia o el sol, pidiendo ver a sus hijos.  Una madre no vidente se desmayó la semana pasada, por tener información sobre su hijo de quince años, secuestrado la noche anterior. Esto no conmueve a ninguno de los esbirros armados del gobierno, ni de los esbirros  encargados de aplicar la represión judicial.

El sentido humano de los dictadores y de sus esbirros, desaparece cuando lo divorcian de las normas más elementales de la ética, pues unos matan y otros aplican sentencias… ¡de hasta cien años de prisión por “terrorismo”!

Otro drama cotidiano, lo viven en especial las madres del interior del país, quienes después de saber en dónde están sus hijos, se empeñan por llevarles algo a la cárcel, pero ellas no quedan seguras de que se lo entregarán.  En estos casos, el verbo empeñar tiene doble sentido para ellas: la vehemencia por ayudar a sus hijos, y la deuda contraída para poder viajar para verlos.  Los esbirros judiciales refinan esta tortura moral, cambiándoles el día de “visita” sin previo aviso, para obligarlas a repetir su doble empeño.

Las víctimas de estos dramas, sin contar a las madres de miles de hijos autoexiliados para salvar su libertad y la vida –o las de ellas mismas—, ha despertado más la conciencia y la solidaridad en todos los sectores sociales, y se incorporan a las protestas pacíficas.  Primero lo hicieron espontáneamente desde el 18 de abril, y después en el curso de la lucha dentro de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia.

Los cuentos de las conspiraciones exteriores y de los partidos de derechas o de izquierdas, nada tiene que ver con nuestra realidad, al menos en términos prácticos, porque nadie ignora que todo el mundo tiene algún interés, bueno o malo, en nuestro drama político y humano.

Esta alianza se amplió con la formación de la Unidad Nacional Azul y Blanco, y se fortalece con la incorporación de otros movimientos sociales y partidos políticos. Este hecho volvió real el principio del pluralismo político y de la tolerancia ideológica, aunque UNAB sigue siendo una concertación de partidos.

Los estudiantes iniciadores de la jornada patriótica de  medio año ya, cobijaron su lucha con los colores de la bandera nacional, y con ella levantaron la acción del pueblo contra la dictadura. Por ello no es casual que los opresores vean y traten a la bandera azul y blanco como la enseña del “enemigo”.

El hecho de haber convertido el azul y el blanco de la bandera nacional en su arma, es símbolo de su unidad y depositaria de la confianza en que habrá liberación.  Otra particularidad del movimiento cívico contra la dictadura.

Anteponer el interés nacional a los intereses políticos e ideológicos y los colores de las banderas partidarias, es una renuncia al egoísmo ideológico en pro de la libertad de nuestro país, tras estas finalidades fundamentales: política, patriótica y humanitaria. En lo político, para hacer real el pluralismo; en lo patriótico, para hacer de Nicaragua un país democrático y en lo humanitario porque se trata de proteger la vida de los nicaragüenses.

Pero ninguna particularidad de la UNAB, obliga a renunciar a las propias concepciones políticas e ideológicas. Solo debe cuidarse la unidad contra el sectarismo. Tampoco la unidad es para prohibir el libre debate de las ideas, siempre que sea necesario debatirlas para beneficiar la unidad misma.

El respeto al pluralismo y a la tolerancia en la UNAB, no es para eliminar discrepancias, menos las contradicciones sociales.  Pensar lo contrario, no responde al realismo político que reclama todo esfuerzo unitario en esta etapa histórica de nuestro país.

Pensando en ese deber patriótico, nadie debe asustarse de las agresiones mediáticas oficialistas que buscan la ruptura de la unidad nacional, ni de las prédicas disimuladas que buscan igual objetivo, porque en toda lucha política es inevitable la incidencia de concepciones destinadas a sembrar dudas. O, al revés, buscan crear simpatías hacia determinadas políticas interesadas en influir en el destino de la lucha popular.

Algunos, sin expresarse contra la lucha, pregonan que en la UNAB falta “un líder” o de una “figura destacada” que tenga “carisma”  entre el pueblo y sepa “dirigirla”. No hace falta mucha malicia para detectar en esa idea el deseo de desenterrar el caudillismo, idea ya desechada por la juventud desde el principio y por lo cual levantó el ánimo de lucha de los adultos contra la dictadura.

Por otro lado, algunos analistas promueven una excesiva esperanza –casi como lo principal contra el orteguismo— en las sanciones norteamericanas, porque minimizan el papel de la acción anti dictatorial organizada por la UNAB.

También contra esa labor de zapa, el pueblo tiene que cuidar de su unidad, más ahora que la represión orteguista pretende liquidar con mayor brutalidad la protesta con las manifestaciones cívicas.  La última vez, lo demostró la dictadura encarcelando a 38 mujeres y hombres de todas las edades el domingo recién pasado, cuando apenas quisieron demostrar su derecho a marchar.

Existe la confianza en haya planes alternativos, como los paros nacionales, como respuestas al intento dictatorial de burlar el derecho constitucional de manifestarse libremente.  Si la dictadura pretende acabar con la lucha pacífica, otras formas de lucha serán necesarias, menos con las armas, porque… ¡solo la dictadura necesita armas para matar!


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