Opinion

Una historia digna de contarse

Los escritores del boom escribieron libros que gustan a la portera y al crítico literario, rompieron con un mercado elitista y crearon uno de masas

Siempre di por sentado, que el libro de José Donoso, contándonos desde su perspectiva las andanzas de los escritores del boom (Historia personal del boom, Alfaguara, 2012), era una aproximación de primera mano. No obstante reclamaba ampliarse, única manera de tener una visión más amplia. Para colmar mi apetito he tenido que conocer dicha historia a cuenta gotas. Decenas de autores se han encargado de ofrecer su propia versión. Se trata de uno de los acontecimientos literarios más sobresalientes durante las décadas sesenta y setenta del siglo veinte. Como todo hecho histórico, resulta difícil certificar con precisión indubitable —aun para los investigadores más avezados— en qué momento apareció y cuándo ocurrió su deceso. Los mismos novelistas que originaron este fenómeno, tienen apreciaciones diferentes. Tal vez esta sea una de sus peculiaridades más sorprendentes. El tironeo sigue y no hay visos que concluya. Cada cierto tiempo surgen nuevas versiones.

Metido de pies y cabeza a escudriñar hasta el último recoveco, Xavi Ayén en un doble movimiento, esculcó toda la bibliografía existente y entrevistó a cuantas personas pudo. La culminación de su trabajo dio como resultado un libro estupendo —con más altas que bajas— de ochocientos setenta y seis páginas y, para nuestro sufrimiento, editado en letra de seis puntos. Además de tener presente el libro de Donoso, como parte de la bibliografía examinada, recurrió a las valoraciones de Pilar Donoso, la mujer del chileno. La presencia ubicua de los novelistas latinoamericanos —quienes hicieron posible un destello luminoso que no acaba de extinguirse, Aquellos años del boom Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo, (RBA Libros, 2015)— transforma esta investigación, en una obra apropiada de consulta. Especialmente para profesores de literatura recién iniciados en esta aventura prodigiosa. Un paso obligado.

La amplitud de su contenido, la diversidad de fuentes analizadas y la forma que expone las consideraciones y respuestas obtenidas, hacen que Ayén tome la distancia necesaria, para no restar eficacia a las aseveraciones y planteamientos de decenas de autores pasados por su criba. En una sola página puede verter dos, tres hasta cuatro afirmaciones discordantes. Cada quien tiene libertad de exponer sus apreciaciones y era de esperarse, que no todos coincidieran en sus valoraciones. Al lector queda hacerse su propio juicio. Una tarea subyugante y provocadora. Al paso de los años, los puntos de mira difieren hasta contradecirse. La posición de Ayén es la de un investigador en busca de claridad, cosa que muchas veces resulta difícil de encontrar. ¿Debería entonces obviar a estos autores? Todo lo contrario, la riqueza del libro deriva —entre otras razones— por no excluir, censurar ni contraponerse a los criterios expresados. Una actitud que aplaudo.

La historia del boom es la conjunción de autores, críticos, libreros y editores. Ayén no deja a nadie fuera de su cotejo. Los motivos que subyacen en la escritura resultan embriagantes: sentirse atraído por el denominador común, que cruza de punta a punta, la historia del boom. Los más celebrados recalaron en Barcelona. Unos llegaron con la finalidad de fincarse y escribir parte de su obra —García Márquez, Vargas Llosa, Donoso, Bryce Echenique, etc. —. Otros vivieron en esa ciudad por más de cinco años y algunos sintieron urgencia de acudir al epicentro, desde donde se gestaba una nueva etapa de la literatura universal. Barcelona —ciudad de sus encantos— constituye para Ayén, el pretexto requerido. Nada más atrayente, que un historiador que decide poner a su ciudad natal, como capital de la creación literaria. Después sumará a Cuba, México, París, Argentina, Nueva York. Sus andanzas fueron múltiples. ¡Tenía ansias de saciar su sed!

La suma de autores examinados y puestos ante nuestros ojos, empieza con García Márquez, a quien sitúa en la cúspide. Cien años de soledad (1967), fue el detonante que provocó la explosión. En segundo lugar ubica al peruanísimo Mario Vargas Llosa, con su primera gran obra consagratoria, La ciudad y los perros (1962). Esta historia no sería lo que ha sido hasta hoy, sin la presencia de uno de sus pilares más significativos, Carmen Balcells, a quien ubica en el tercer peldaño. La Mama Grande, la nombró Vargas Llosa. La catalana se abrió paso en una jungla dominada por hombres. Editores consagrados y cultos. Aun así triunfó. En cuarto aparece el imprescindible Carlos Barral, con todo y lo polémico que pueda ser. Cristina Peri Rossi —citada por Ayén— afirma que Barral encabezó la reacción contra lo latinoamericano y la defensa de los españoles. Debemos sentirnos regocijados por su rectificación. Barral fue entusiasta como pocos.

Ayén abre las puertas a Álvaro Mutis. El colombiano entra por derecho propio. Explica que le incluye —honor de honores— por su papel esencial en la forja de García Márquez más que mítico. Es tan cierta esta aseveración, que hace solo unos meses, el mexicano Javier Aranda Luna, en su ensayo El verdadero misterio de Rulfo, vuelve a contarnos una historia sumamente conocida. Cuando Gabo llegó con su familia para establecerse en Ciudad de México, el martes 26 de junio de 1961, lo esperaba su amigo Álvaro Mutis… El recién llegado preguntó a Mutis qué obras mexicanas debía leer, éste le trajo dos libros y le dijo: Léase esa vaina, y no joda, para que aprenda cómo se escribe. Se trataba de Pedro Páramo (1955) y El llano en llamas, (1953). Debido a la enorme amistad que guardaban, Gabo lo definió como primer lector de sus originales. Una amistad que se inició en Bocagrande (1951). Sus diferencias político-ideológicas no fueron estorbo para forjar esa gran amistad.

Otro lugar destacado por Ayén, es Cuba, referente especialísimo en la cima de la literatura latinoamericana. La Habana, lugar de encuentro y desencuentro. Casa de las Américas será centro de peregrinaje. El caso Padilla (1971), provocó las primeras fisuras. Dividió los afectos. Vargas Llosa tomó distancia de la revolución cubana. El affaire Padilla ha sido documentado de cabo a rabo. Una grieta que nunca pudo sanarse. Gabo fue duramente criticado. Ayén deja constancia que el autor de El general en su laberinto (1989), tuvo el mérito de haber señalado el impacto negativo de la revolución cubana. Al sentirse comprometidos con la revolución, muchos escritores —sentencia Gabo— se sintieron obligados no a escribir como ellos querían sino lo que creían que debían hacer. Esto impidió hacer un nuevo tipo de literatura. Juicio contundente. Gabo siempre pregonó que el deber de todo escritor es escribir bien. Un aforismo para siempre.

Después vendrían en orden, José Donoso, (uno de los primeros difusores del boom), Sergio Pitol, Alfredo Bryce Echenique, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Jorge Edwards y Guillermo Cabrera Infante. Alrededor de estos novelistas, giran con luz propia, decenas de autores. Ayén encuentra la manera de saldar las disputas. No deja a nadie fuera. De manera cuidadosa sigue las huellas de los fundadores. Coincide con la escogencia hecha por Donoso en Historia Personal del boom. Se atiene al juicio de los críticos. Sobresalen los cuatro magníficos, García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y Fuentes. Deja que sean los expertos, quienes hagan la escogencia; queda libre de cualquier señalamiento. Tuvo la mesura de incluir los distintos listados presentados. Desde los más parcos, hasta los más satíricos. México y Buenos Aires, sobresalen en alto relieve. Ayén les concede el lugar que merecen en esta historia trepidante. Fueron centros de irradiación.

En el conglomerado de críticos, Ayén hace su propia escogencia. Como pivotes centrales para el conocimiento y apropiación del boom, selecciona a dos grandes: los sudamericanos, Ángel Rama y Luis Harss. El primero, de nacionalidad uruguaya, fue actor decisivo en la expansión del boom. El semanario Marcha, publicado bajo su dirección en Montevideo, hizo desfilar por sus páginas, a la generación del boom. Su buen olfato le permitió adelantarse a todos, en la proyección y reconocimiento e García Márquez. En marzo de 1964 —al dar a conocer la obra del colombiano— argumentó que se le debía considerar como uno de los principales renovadores de la narrativa americana del siglo veinte. Para esa época, los únicos libros editados por Gabo, eran La hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1961), La mala hora (1964) y el conjunto de cuentos que aparecen apiñados en Los Funerales de la Mamá Grande, (1962).

El otro crítico grandioso, por demás profesor universitario, el argentino Luis Harrs, emprendió la tarea de entrevistar a los escritores más granados. En un primer intento deseaba incluir en su libro —Los nuestros, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1964— a poetas de renombre. La dificultad de entrevistar a Octavio Paz, quien se encontraba en La India y la respuesta obtenida de Pablo Neruda, lo hicieron desistir. Con la lectura de Los nuestros —mi padre recurría a él, como parte de la bibliografía utilizada para impartir sus clases de literatura hispanoamericana y centroamericana en la UNAN-Managua— me inicié en el conocimiento de los portentos. Abre sus alas con Carpentier, luego siguen Asturias, Borges, Guimarães Rosa, Onetti, Cortázar, Rulfo, Fuentes, García Márquez y las cierra con Vargas Llosa. Un manjar para disfrutarse una y otra vez, sin que cause empacho o empalague. Imprescindible para conocer a los nuestros.

El texto de Xavi Ayén, constituye un paso adelante, salva muchísimas omisiones. Ofrece una visión totalizadora de decenas de escritores —menciona a los antecesores y proseguidores del boom— que colaboraron en la construcción del nuevo mapa de la novela. América Latina empezó a ser vista como una entidad geográfica. El éxito del boom obedece a diferentes causas. Barral cree que escribieron libros que gustan a la portera y al crítico literario. Rompieron con un mercado elitista y crearon un mercado de masas, agrega Barral. Para el peruano Julio Ortega, se debió a su extraordinaria diversificación, discontinuidad, pluralismo y fragmentación. La fuerza con que irrumpieron y pese a los cantos entonados por los sepultureros, sus obras continúan editándose y leyéndose profusamente. El libro de Ayén viene a ofrecernos nuevas razones. Todas ellas contribuyeron a su triunfo. Indican la persistencia de su presencia. Muchos devinieron en clásicos.


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