Opinion

Una baja en la familia

A Jymara, prendida en llanto

I

El poeta peruano César Vallejo tiene sobradas razones para lamentarse de los golpes que nos da la vida y nos ponen de rodillas. Un dolor que parte las entrañas y patea el alma. El desgarramiento comenzó cuando supimos que nuestra perrita padecía de una enfermedad incurable, a quien más temprano que tarde le sobrevendría la muerte. Akira era dueña de una magia contagiosa. Te veía directamente a los ojos, daba la sensación que te estuviese interrogando o comprendiese todo cuanto le decíamos. A veces se echaba a medio camino entre donde estaba Jymara o me encontraba yo. Una manera de compartir y darnos su cariño por igual. Un regalo esperado de mi hermana Luzana. Pequeña, blanca con manchas negras, ojos vivaces y orejas atentas.

Tuvo una infancia tormentosa, llena de presagios funestos, inclinaba su cuerpo hacia la derecha al caminar. La primera veterinaria que la examinó dijo que había que administrarle calcio y meterla a nadar en una bañera. Seguimos su indicación. No mejoró. Más bien le provocó un efecto contrario. Nunca se libró del miedo al agua. Las sesiones diarias de natación tenían el propósito de estirar sus piernas. Después supimos que Akira fue la única sobreviviente de un parto fallido. En un arrebato de sinceridad, Danilo hizo esta confesión a mi hermana Luzana. La destetaron a los veinte días y su dieta fue a base de arroz. Con el transcurso del tiempo, uno de los veterinarios especuló que probablemente su madre le había caído encima.

Empeñados en fortalecer sus huesos, corríamos junto a ella, Akira jugaba ajena a su futuro. Viéndonos recoger La Prensa, aprendió a tomarla con la trompa y llevarla desde el portón hacia la casa (un trecho de más de sesenta metros). Sentimos una enorme alegría cuando la enana subió en carrera las cuatro gradas que sobrepasaban su altura. Eso no la arredró, ni se contuvo. Introdujo el diario a la sala. Tenía una enorme capacidad para dispensar afecto. Mientras ojeaba los periódicos por internet o los sábados, que es cuando acostumbro a escribir los trabajos que publico los domingos en CONFIDENCIAL, se sentaba sobre mis pies. Lo hizo durante dieciocho meses de los veintiuno que departió con nosotros. Se gestó una gran complicidad.

Decidimos que era necesario tener otro diagnóstico. Kevin Rodríguez, un joven recién graduado de la Universidad Nacional de Agricultura, fue su ángel protector. Tenía paciencia para administrarle las medicinas, conversaba con Akira, la engatusaba. Le dimos vitaminas hasta su último respiro, en este valle de dolores y espantos. No había cumplido cuatro meses, cuando su martirio se tradujo en desesperación para nosotros. Empezó a morderse la cola y nosotros a administrarle calmantes. A solicitud de Kevin, visitamos otra clínica veterinaria en busca de auxilio. Con la epicrisis en mano, el nuevo facultativo la auscultó con esmero. No contento, llamó a uno de sus compañeros médicos para que emitiera juicio. Al final discreparon.

Mientras Edgard —quien la asistió durante un año— ratificaba que se trataba de un problema óseo, su colega afirmó que Akira tenía un padecimiento neurológico. Para zanjar las diferencias nos enviaron a un hospital veterinario a tomarle radiografías. Deseábamos salir de dudas. Edgard convocó a los dueños del consultorio —dos prestigiosos profesores universitarios— quienes concluyeron que lo suyo no era ningún problema óseo, que sus dificultades al caminar eran de naturaleza neurálgica. El tiempo pasaba y los dolores de Akira aumentaban. Seguía mordiéndose la cola y tenía casi siempre inflamadas las dos patitas traseras. La sangre brotaba y se esparcía por el piso de la casa. No sabíamos ya a quién recurrir. Nuestra desolación crecía.

II

Cuando un perro entra en casa, se convierte en un miembro más de la familia. Akira —nombre árabe tomado por Jymara de Las mil y una noches— era dueña de una sensibilidad especial. ¿No será que así vemos todos a los miembros de nuestra tribu? Las innumerables veces que la llevamos a los médicos, le crearon pánico al carro. Confirmábamos el reflejo condicionado de Pavlov. En mi desesperanza, recordé que cuando murió Sancho —un pastor alemán que regalé a Marcelo al cumplir un año— lo lloré junto a mis hijos; manifesté que jamás volveríamos a tener un perro. La respuesta inmediata de Alejandro —no había cumplido aún los nueve— me sacó de balance. Porque llorás, ¿no vas a querer a nadie? Maldigo la hora en que lo dije.

Un día llamamos de emergencia a mi prima Selena —a escasos días de graduarse como veterinaria— para asistirla en casa. Aprovechó para hacer tomas a las radiografías y enviarlas a Beirut, lugar donde radica su marido, también médico veterinario. En menos de 24 horas remitió el diagnóstico. Con un plumón celeste señaló una de las placas para mostrar que los dolores de Akira se debían a que tenía rota una vértebra. Edgard había pronosticado que sus complicaciones aparecerían como a los seis años. Una apreciación errónea. Decidimos analizar en qué momento sus recaídas eran mayores. ¿Invierno o verano? Habíamos concluido que incrementaban durante el invierno. Una falsa conclusión. No había diferencia.

Cuatro días antes del desenlace fatal, Akira entró en una crisis alarmante, el sangrado era incontenible, giraba en círculos dándose mordiscos. Se destrozaba la cola. Una vez tomada la decisión de dormirla (en mutuo acuerdo con Jymara), mi tristeza fue mayor. Con intención aviesa rebobinaba la película de nuestras vidas junto a ella. Sin saber que su destino estaba sellado, Akira continuaba reclinándose sobre mis pies. Me seguía al cuarto y se acostaba junto a mi mesa de noche. ¡Qué manera de hacerme sentir culpable! El día anterior a su muerte vivió una de sus peores crisis. Pensé que quería manifestarnos que dormirla era lo más conveniente. ¿Será que así lo interpreté para no sentirme mal? Hoy padezco de una pesadumbre persistente.

Para empeorar mi estado de ánimo, comenzaba a remontar la prosa briosa y soleada de la novela más reciente de Leonardo Padura (Como polvo en el viento, TusQuets Editores, 2020), cuando tropecé de repente con la noticia que Loreta da a su hija Adela (pág. 17). Ringo, hermoso semental Cleveland Bay, de ojos pálidos y llorosos “como los de una persona afligida y lúcida”, tenía que ser sacrificado. Una punción abdominal (el corcel es de la estirpe de la casa real inglesa), señaló que padecía de cólicos. Estaba viejo (no así Akira) para practicarle una cirugía, dice a su hija que lo mantiene sedado (así permaneció Akira) y que ningún milagro podía salvarle (igualmente a nuestra hija). Lo que pasaba a su caballo, pasaría con nuestra perra.

No tuve valor de asistir a su muerte, decidí desaparecer de casa. Edgard llegó a cumplir con su obligación. Antes de inyectarla la examinó detenidamente. Tenía la lengua morada. Concluyó que ya no había más que hacer. El ahogo que vivió durante ocho horas, provocado por los dolores, pudo haberle producido un infarto. ¿Lo diría para justificar clínicamente la aplicación de la eutanasia? ¿Una forma de sentirse en paz consigo mismo? Nosotros continuamos desolados. No asimilamos su muerte. A Jymara tocó la peor parte. No quiso que nadie la asistiera. Sola enterró a Akira en el jardín, con su collarín azul y la toalla café con que la secábamos. ¡Puta madre! ¡Díganme por favor cómo calmar este dolor! ¡Por favor díganme cómo!


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