Opinion

Un vistazo detrás de las omisiones

Las otras diferencias entre Nicaragua y Venezuela

“Yo creo que Venezuela y Nicaragua son países totalmente diferentes: de recursos naturales, de población. Yo creo que en muchos aspectos son países muy diferentes. Pero expulsar a Ortega de la OEA o no expulsarlo no va ser el fin. El fin es que se celebre democracia en Nicaragua.”
Carlos Trujillo

Cuando las verdades son evidentes e incuestionables, y una persona las reconoce como tales, no es porque las acepta. El representante de los Estados Unidos en la OEA, reconoce solo dos diferencias entre Venezuela y Nicaragua: los recursos naturales y la población. Carlos Trujillo, delegado de Donald Trump, versión actualizada del fascismo macartista de la post guerra, tiene motivos para no interesarse en las otras diferencias.

Trujillo (descendiente de familia cubana radicada en Miami), se limitó a reconocer esas dos diferencias (La Prensa,23/10/2020) pero no para hacer claridad en torno a las motivaciones de la política de su país, hacia ambos países, porque a su gobierno le conviene mantenerlas ignoradas.

¿Cuáles son las diferencias de objetivos por los que su país pretende domar a Venezuela y los que tiene en contra del gobierno de Nicaragua? Allá busca restituir su dominio sobre su petróleo, y aquí, Estados Unidos no ha perdido nada y aún con este gobierno sus inversionistas podrían obtener las concesiones que deseen para dominar sus recursos naturales que, por cierto, ya son pocos en comparación con los que explotaron en los gloriosos años conservadores chamorristas y liberales somocistas.

Su objetivo en Nicaragua es político, pues quiere verle el final a la dictadura Ortega Murillo, porque un nuevo gobierno nicaragüense le garantizaría presencia en lo económico, ganaría simpatías entre los nuevos sectores y las reforzarían entre viejos sectores libero-conservadores. Esto se confirma desde cualquier ángulo que veamos nuestra historia respecto a las relaciones Nicaragua-Estados Unidos.

Solo recordaré dos diferencias entre Venezuela y Nicaragua que muchos de nuestros políticos fingen ignorar: muchos años anteriores al derrocamiento del dictador Marcos Pérez Jiménez (1958), los recursos naturales y la política venezolana ya estaban bajo control de los Estados Unidos. Los partidos Social Demócrata y Demócratas Cristianos se encargaron de enfriar los deseos de reformas sociales, aún después de haber sido nacionalizado el petróleo durante el primer mandato de Carlos Andrés Pérez (1974-1979).

Por tener enajenada las riquezas naturales, el segundo gobierno de Carlos Andrés recurrió a un préstamo ante el FMI, y sus medidas antisociales provocaron una violenta crisis económica y social en 1973, y al final de ese mismo año, fue destituido por corrupción. El ex coronel Hugo Chávez, condenado por el fallido golpe de Estado contra el gobierno de Pérez, salió en libertad cuando asumió la presidencia Rafael Caldera. Chávez encabezó un movimiento político con el cual arrasó en las elecciones de 1998, y en 1999 nació una nueva Constitución que adoptó para su país el nombre República Bolivariana de Venezuela, ahora viviendo una crisis creada por las conspiraciones políticas y económicas del gobierno norteamericano, comenzando con el fracasado golpe de Estado del año 2002.

Ahora, veamos algunas cosas históricas de nuestro país, y quienes las conocen tanto o más que el suscrito, verán en qué son y en qué no son comparables la historia de ambos países:

A 34 años del final de la colonia, los democráticos (liberales) trajeron al filibustero yanqui William Walker y sus huestes (1855-1857) para que les ayudaran en la pelea por el poder con los conservadores. Walker, se cogió el mandado de la manera que todos conocemos, y tuvieron que unirse conservadores y liberales (como un accidente histórico, así evitaron ser un Estado libremente asociado de los Estados Unidos, precursor frustrado de la condición actual de Puerto Rico).

Expulsado Walker, y después de un corto período de relativa paz, siguieron 30 años de gobernanza conservadora, con elecciones y votantes selectivos (solo para platudos) que terminaron con la revolución liberal (1893) y después de 17 años autoritarios de José Santos Zelaya, los grupos conservadores y liberales –domesticados por la intervención armada yanqui (1912)— pasaron a ser felices vasallos de los gobiernos yanquis por la fuerza de las armas y por la fuerza del gusto, que apenas les fue amargado por Augusto Calderón Sandino (1927-1933) y gobernaron bajo tutela estadounidense durante 67 años (el último fue Somoza III). Solo en esa dependencia, es que puede ser comparadas ambas historias.

2) En Venezuela, dos partidos monopolizaron el poder por la vía electorera al modo tradicional. Y pasaron a ser vasallos de los intereses estadounidenses, a cambio de las migajas entregadas por las transnacionales explotadoras de sus recursos naturales.

Los líderes de las viejas clases dominantes, pasaron a ser la oposición contra Chávez, a la cual se agregaron los delfines, quienes crearon nuevos partidos, igualmente opositores, e igualmente fieles a las líneas políticas pro estadounidenses. Uno de esos nuevos partidos Voluntad Popular (fundado por el recién reinaugurado héroe de la derecha internacional Leopoldo López), fue organizado con recursos de Pdvsa, cuando allí su madrecita ejercía funciones administrativas. Desde entonces, el señor López comenzó a ser figura pública.

Cierto o no, eso es lo de menos. Lo real es que todos los nuevos políticos –acompañados por algunos viejos— no han podido ni querido negar su estrecha dependencia de los gobiernos norteamericanos, y Trump hasta se dio el lujo de ser el partero de un títere de carne y hueso, al cual pasea internacionalmente como “presidente encargado de Venezuela”, hizo que lo reconocieran 60 gobiernos del mundo (donde la ONU reúne a 188 países).

Esa oposición y sus partidos, sin tener que mencionarles otras “sospechas y cosas ciertas”, no admiten comparación actual con la oposición y los partidos de nuestro país. El grupo que encabezó la derrota de Somoza III (1979), traicionó esa hazaña popular, nos hizo el “favor”, al costo de mucha sangre de la juventud, de que surgiera (un memorable 18 de abril 2018) una nueva generación que no ve la política tradicional como modelo. Eso, es muy importante en nuestra historia: significó estrenar nuevo estilo de hacer política, y dejar en su pasado a los partidos políticos tradicionales, aunque, en este momento, ese cambio vive una peligrosa contradicción, a causa de los residuos viciosos del partidarismo tradicional.

Sin embargo, por ser sus contradicciones un fenómeno lógico entre diversas corrientes políticas opositoras en un proceso unitario contra una dictadura, esta crisis podrá ser superada para seguirle siendo fiel a un pueblo que, de mil maneras, ha demostrado merecer su libertad.

Pero diferente a Venezuela, en Nicaragua el tradicionalismo político, no trasciende al conjunto de la nueva oposición, y sus líderes, al margen de sus simpatías políticas, no han caído en la abyecta dependencia ante la geopolítica yanqui, como le pasa a la mayoría de la oposición venezolana.

Sí, hay tendencia a la adhesión a esa geopolítica, pero en sectores minoritarios de la oposición. Y no es lo mismo la dependencia que recabar apoyo solidario ante organismos internacionales que, aun siendo influenciados por el gobierno norteamericano, pueden colaborar con la lucha liberadora nicaragüense.

Tampoco se puede negar que entre esa tendencia yankófila, más de uno se ha mostrado agradecido con ser bautizado como “hermano” de los opositores venezolanos. Y ante ese agradecimiento, es mejor prevenir que lamentar. Un dicho popular siempre acierta, y aquí va una anécdota aleccionadora…

Al margen de estas cuartillas

*Los líderes opositores venezolanos claman por la intervención en su país (incluida la militar), y entre nuestros opositores solo hay quienes se complacen con que un “americano” lo bautice como hermano de esos venezolanos. Eso me recuerda esta anécdota: durante la intervención militar yanqui, una humilde mujer pidió a sus amistades que ya no la nombraran como antes, sino como la habían rebautizado sus “amigos americanos”. Y, con brazos en jarra, la frente en alto, orgullosa, les decía…. ¡ahora me llamo Monkey Face!

Cuando la pobre mujer se enteró que su nuevo nombre significaba “Cara de mona”, se moría de vergüenza. ¡Que no les pase lo mismo, amiguitos!

 



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