Opinion

Un mundo sin rumbo

Durante las comparecencias ante el Senado estadounidense, Marck Zuckerberg lució amnésico. Se comprometió a responder las preguntas a posteriori

Para los mismos años que Manuel Castells realizaba y daba a conocer los primeros resultados de su investigación fundacional sobre lo que él denominó como Era de la información (Siglo XXI Editores, 1996, Vol. 1), el catalán Ignacio Ramonet publicaba Un mundo sin rumbo – Crisis de fin de Siglo, (Temas de Debate, 1997), marcando con agudeza las tendencias históricas que se abrían paso hacia el futuro. Transcurridos veinticinco años de su aparición, el libro mantiene su vigencia. Las discusiones a las que se encuentran abocados jefes de Estado, presidentes de la República y parlamentarios de los países más desarrollados, aparecen dibujadas con certeza, por el profesor de la Universidad Denis-Diderot (Paris VII). Una valiosa contribución para acercarnos al conocimiento de diversos fenómenos sociales, políticos, tecnológicos, culturales y financieros que sacuden al planeta. Sin duda, un visionario.

Desde hace más de una década, dirigentes de la Unión Europea vienen exigiendo otro comportamiento a los dueños de los grandes consorcios tecnológicos. Después vinieron las protestas de congresistas y senadores estadounidenses, considerndo impostergable limitar su poder. El tiempo conspira en contra. Una de las tantas advertencias hechas por Ramonet tomaba curso. Entre más tarde entraran a normar su funcionamiento, más difícil sería para los gobernantes delimitar su poderío. ¿Qué tipo de medidas y sanciones van a establecer como resultado de las investigaciones emprendidas? La justicia estadounidense acusa a Meta (Facebook), de ser un monopolio que inhibe el crecimiento de sus competidores. Aunque son algo más. Acercan a las personas y agitan sus conciencias. No ceden a las demandas.

Desde mediados de los noventa del siglo pasado, Ramonet señaló las dificultades subsiguientes que los Estados nacionales  encontrarían a su paso. Las disponibilidades económicas y financieras de estas empresas sobrepasaban con creces los recursos económicos y financieros de muchas naciones. Ni siquiera se trataba de países como los nuestros, sumamente vulnerables, en permanentes crisis políticas y financieras. Aludía a los países primermundistas, para decirlo en el argot de los cientistas sociales. “La cifra de negocios de la General Motor es más elevada que el producto nacional bruto de Dinamarca, la de Ford es más importante que el PNB de Sudáfrica y la de Toyota sobrepasa el PNB de Noruega”. La nueva realidad mundial —añade Ramonet— escapa ampliamente a los Estados. La frialdad de los números basta para comprender la necesidad de normar sus operaciones. Pocos se inmutaron, dejándoles libre el camino.

Impusieron la privatización de empresas públicas, Nicaragua no escapó al despliegue prodigioso de los grandes negocios tecnológicos. Las telecomunicaciones se privatizaron en 1995. El capital y la influencia de las grandes empresas en los organismos financieros internacionales, fueron suficientes para someter los intereses del Estado nicaragüense. Las disposiciones para su venta fueron confiadas a especialistas internacionales. Una sangría para el país. Ningún empresario nicaragüense disponía del capital ni de la experiencia impuestas para su enajenación. Presenciábamos el take off de los elefantes mediáticos. El mundo se precipitaba en la incertidumbre. La caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética, causaban perplejidad. Asistíamos al parto de una nueva era. Experimentábamos el surgimiento de un nuevo orden civilizatorio, cuyas ondas siguen sacudiéndonos.

En su condición de especialista en geopolítica, Ramonet mostró lo que ya era evidente: una nueva pléyade de recién llegados se convertían en los nuevos amos del mundo. Los señalamientos de Marx y Engels se cumplían. El capitalismo requería cada vez más espacio para desarrollarse y consolidarse. El catalán subrayaba la existencia de una crisis de inteligibilidad. Las herramientas conceptuales colapasaban. Eran incapaces de explicar lo que se volvía imperioso comprender. El mercado y la comunicación aparecían como los dos nuevos paradigmas que estructuraban nuestra manera de entender la realidad. El pensamiento único estallaba frente a nuestros ojos. Comenzaba a imponerse una sola manera de pensar, suscrita por los apóstoles de quienes exaltan las leyes generadas por los gigantes económicos. El mercado se enseñorea, los disidentes son señalados de trasnochados. Unos demodé.

La quiebra de Lehman Brothers y la crisis inmobiliaria que sacudió a Estados Unidos en 2008, ratificaron otra precisión hecha por Ramonet. La caída de la banca británica (1995), confirmó que las ofertas del pensamiento único solo eran un mito. “… los mercados abiertos no funcionan a la perfección y el capial privado no tiene el monopolio de la sabiduría”. El mercado no es infalible. Durante las crisis los Estados salvan a las empresas, con aportes provenientes de fondos públicos. En otras palabras,“… para el capital las ganancias más fabulosas, y para la colectividad las pérdidas”. Para entonces los medios de comunicación ya eran poderosos y temibles. “La conquista de audiencias masivas a escala planetaria desencadena batallas homéricas”. Las luchas y confrontaciones por el dominio de los recursos del multimedia eran y son a muerte. El declive del Estado y la anemia democrática son una consecuencia de esta confrontación.

En el escenario desaparecieron personas tradicionalmente conocidas como las más influyentes del mundo: los jefes de Estado y el Papa. La nómina la encabezaba Bill Gates, dueño de Microsoft. Cuando Ramonet planteó sus tesis, internet no había hecho su aparición glamorosa. Todo lo trastocó. La globalización ofrecía la rendención humana. Las desigualdades hoy siguen aumentando. Cada vez hay más pobres en un mundo piloteado especialmente por los dueños de Meta (Facebook), Microsoft, Apple, Amazon, Google, Alibaba y Tencent. El culto al mercado continúa extendiéndose. Con el coronavirus, Bill Gates, fue elevado por medios y redes, como el nuevo gurú de nuestro tiempo. Todos se mostraron interesados en consultarle la fecha exacta en que aparecería la vacuna para paliar la crisis sanitaria y de paso indagaron sobre futuros eventos que estremecerán el planeta. Petición reveladora.

El ascenso del mercado terminó imponiendo nuevos valores, resulta difícil o casi imposible esperar una conducta distinta entre los seres humanos, cuando se inculcan principios que niegan la solidaridad y el apoyo que las sociedades requieren para la convivencia social, política y económica. Todo es regulado por el mercado. Los valores dominantes son los grandes beneficios, la alta rentabilidad, el provecho, la competencia y competitividad. Desde finales de la última década del siglo veinte, las cadenas de solidaridad quedaron desfondadas. En el nuevo orden imperante, los individuos se dividen en solventes e insolventes. En ser o no rentables. El mercado solo ofrece posibilidades de integración a los que tienen. Los insolventes son excluídos, rechazados y expulsados por la nueva configuración del orden social, como juiciosamente apuntaba Ramonet. Los pobres siguen siendo deshechados.

Durante las comparecencias ante el Senado estadounidense, Marck Zuckerberg lució amnésico. Se comprometió a responder las preguntas a posteriori. Meter en redil a las personas con mayor ascendiente en el mundo, va a resultar una tarea difícil. Están plantados. Una de las preguntas a Zuckerberg estaba encaminada a qué dijera si las gigantes tecnológicas se ponían previamente de acuerdo para censurar determinado tipo de información. El olvido que mostró del programa al que recurre Meta-Facebook para efectuar esta tarea, ¡nos dejó perplejos! ¿Qué es lo que sabe entonces el CEO de su empresa? Los cambios introducidos por las TIC son para siempre. Si de algo debemos estar seguros, es que si senadores y congresistas estadounidenses y Gobiernos europeos no frenan ahora el apetito insaciable de sus dueños, mañana será imposible. Después de transcurrido un cuarto de siglo, el libro de Ramonet espera por nosotros.


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