Opinion

Sin un partido político, la oposición seguirá partida

No hay lucha que pretenda conquistar el poder político, con perspectiva de triunfo, sin disponer de un bien organizado partido como guía de acciones

Pese a que tres años son pocos en el tiempo, demasiados largos se sienten a causa de la recarga represiva que cayó sobre la población desde 2018, sin dar señales de cesar pronto. Al contrario, se prevé más largo el calvario desde que los dictadores refrendaron su continuismo con la ficción de unas votaciones con, por lo menos, una triple orfandad de libertades: las políticas, las electorales y la competición electoral.

Eso significa, que también se reinicia la lucha por esas y otras muchas libertades sobre un camino aún más lleno de abrojos –como decían los románticos— pero que, en realidad, son los diversos obstáculos que ya están en la ruta trazada por la dictadura. Son tan visibles, permanentes y sentidos a cualquier distancia, que no hace falta enumerarlos.

Reemprender el camino, exige tener listos los aperos, previsto todo sobre los próximos obstáculos; no olvidar las causas por las cuales no se pudieron superar esos obstáculos durante la caminata anterior y armarse de mejores razonamientos frente a los que podrían seguir poniendo peros a la necesidad de marchar –esta vez— fuertemente unidos desde el principio.  Todo, para no quedarse a medio camino o, peor aún, ni siquiera poder salir juntos desde el arranque.

Por lo dicho –y todo lo que seguramente todavía no hemos visto— hay que examinar la experiencia –ya que sería necio pedir una autocrítica— para hacer posible reemprender la marcha en mejores condiciones y perspectivas de triunfo.  Para ello, hay que poner firmes los pies en la tierra y, digámoslo de una vez ahora, aunque era necesario decirlo desde mucho antes: a la oposición le hace falta un nuevo partido político capaz de conducir la marcha sin vacilaciones ni divisionismos mezquinos.

II

No sorprendería que, el haber mencionado eso del nuevo partido político, despertara dudas e inquietudes –y estarían justificadas— por todo lo negativo de las actuaciones de los partidos en nuestra historia, las que de muchas maneras se les ha criticado; críticas compartidas por las nuevas generaciones de la oposición.

Por ello, cuando se habla de partidos políticos se piensa, de modo automático, en lo detestables que han sido sus actuaciones. Del hecho de pensar así, nadie tiene culpa en particular, sino el habitual comportamiento errático de los partidos tradicionales.

Ese comportamiento motivó que esos partidos fueran rechazados al iniciarse la crisis del 2018; la juventud emergente en política no pudo verlos como guías idóneos de sus aspiraciones –ni  siquiera como buenos acompañantes— porque los jóvenes han sabido que los partidos en general, no solo los tradicionales, han sido grupos de políticos con estrechos objetivos personales, de ideas  conservadoras y han marginado toda visión social en su lucha por el poder, o solo mencionan lo social en sus discursos demagógicos.

La desconfianza de la juventud no esperó mucho tiempo para ser justificada. Los partidos zancudos pegados al cuerpo de los dictadores y, a su través, también al presupuesto del Estado, pero pretenden convencer de su sinceridad con el pretexto de que están luchando por “los cambios democráticos sin necesidad de la violencia”.

Por su parte, los partidos oficialmente opositores no pudieron estar a la altura de las aspiraciones, la capacidad de movilización de la mayoría de la población ni de la historia nacional, por sus raíces libero conservadoras aún no totalmente secas. Sus vacilaciones reflejaron mucha miopía pequeñoburguesa sobre cómo actuar en situaciones políticas complicadas.

Quizás también algunos podrían haber sido fieles y flojos ante posibles ocultas presiones políticas extrañas a los intereses de los nicaragüenses, porque no hubo manera de que se interesaran en responder a la demanda de unidad en la acción frente a la dictadura, repetida a diario, durante meses y por todos los medios hicieron los sectores populares. En asuntos políticos en tiempos de crisis, ninguna conjetura es descartable.

III

Retornando al tema del necesario nuevo partido político, tan necesario después del fracaso en lograr la unidad en la acción en el período anterior… ¿cómo debe ser un nuevo partido político para justificar su presencia y llenar el cometido esperado? Antes de ofrecer respuestas, hay muchas cosas en qué pensar al respecto, entre otras, las siguientes:

En que no hay lucha seria, responsable, que pretenda conquistar el poder político, y con perspectiva de triunfo, sin disponer de un bien organizado partido como guía de las acciones. Esto es válido para cualquiera sea la tendencia política que quienes lo organicen.

En que la dispersión política de la oposición, con una multitud de liderazgos de un montón de organismos sociales y políticos, no garantiza ningún buen resultado. Es como participar en una carrera automovilística de velocidad montados en bicicletas, mientras los dictadores lo hacen montados en un vehículo a motor construido con fines particulares, fuera de toda norma democrática: un Ejército, una Policía y con la burocracia del Estado.

Los resultados no tenemos que adivinarlos, por desgracia; esos no están dentro de ninguna ficción. Pienso que más de alguno habrá cuestionado que no se mencionara al “partido” Frente Sandinista, como un cuarto motor del vehículo dictatorial, pero ha sido una omisión consciente. ¿Por qué?

Porque el FSLN no existe como partido político. Nunca fue un verdadero partido político, sino una mezcla de ejército-partido, con primacía de lo militar. Totalmente verticalista. Al poder no llegó por sus actividades políticas, sino por sus acciones armadas.

Durante 45 años de dictadura somocista, las actividades políticas dentro y fuera del país, corrieron a cargo de los partidos de una oposición diversa en todos los sentidos… ¡y sin estas actividades combinadas objetivamente con las acciones militares, no hubiese sido posible derrotar a esa dictadura!

La dictadura actual –teniendo su aparataje militar—tampoco necesita de un partido político clásico, pues, al que todavía llaman FSLN, lo manejan con el verticalismo propio de un ejército. ¿De dónde se piensa que sacan a sus paramilitares?

Las actividades político-militares –complementadas de hecho— adelantaron la victoria popular sobre la dictadura en dieciocho meses (enero 10 de 1978-19 de julio de 1979), lo cual fue posible… ¡por el levantamiento cívico popular que produjo el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro!

Pero a la hora del despegue hacia la democratización de Nicaragua, estas fuerzas políticas, incluidas las aliadas, no fueron bien tratadas políticamente por los militares con su envanecido sectarismo que a la larga sirvió para debilitar a la revolución misma y para crear las condiciones que –junto al sectarismo de la derecha— contribuyeron a partir en dos a la sociedad nicaragüense, y a coincidir con los pretextos de la injerencia estadounidense.

Dentro de una de estas dos partes en que se dividió la sociedad, la parte opositora, está multiplicada en pequeños fragmentos políticos e ideológicos divergentes sobre muchos aspectos. Esta realidad, no necesita verse a través de ideologizados preceptos –mucho de ellos— ya desahuciados por la historia política, sino con realismo y patriotismo.

En determinadas condiciones, vale más una visión apegada a la realidad concreta y no por estar adornada de especulaciones teóricas. La idea sobre la necesidad de contar con un nuevo partido político ahora, lo más pronto posible, aquí está apenas insinuada. El cómo, quiénes y con quiénes construirlo, es asunto pendiente, pero previsibles. Y es una obligación de todos pensar en ello, y exponer lo que se piense al respecto.

Para mientras, sigo con el tema…

Al margen de estas cuartillas

*Las decenas de organizaciones sociales y políticas de oposición –dentro y en el exilio— son las bicicletas obligadas a constituirse en un solo motor partidario…

*Sin dar ese paso, vegetarían firmando comunicados conjuntos que, en general, son necesarios, pero solo descriptivos de la realidad política social…

*El cómo tratar de cambiar esa realidad, tiene que ser discutida y ejecutada de modo unidireccional y no desde fuentes dispersas, para fortalecer las acciones…

*La diversidad política, ideológica, social y de intereses, que caracteriza a la oposición, está representada fielmente entre los políticos encarcelados…

*Una poderosa razón para pensar en que la libertad de Nicaragua, como la libertad de los encarcelados, depende de la unidad en la acción de todos…

*Y cualquier acción política para lograr objetivos comunes requiere de la unidad de tantos vigores dispersos, pero dirigidos por un organismo único…

*El nuevo partido político –siendo de todos— solo podrá trazarse objetivos comunes, nunca grupales, porque no se trata de sustituir una dictadura por otra…

*Sino de liberar al país, liberándose todos, y crear condiciones democráticas de vida donde discutan libremente cómo desarrollar una Nicaragua para todos.

*Requisito obligatorio, por convicción y no imposición en el contacto del partido con la población, será el trabajo colectivo, no artesanal ni individual…

*Para eso, se requiere de un programa político con perspectivas del futuro de la reconstrucción del país, para cuya elaboración no hay que buscar ideas en las nubes…

*Los objetivos inmediatos, los principios democráticos con los cuales reconstruir el país y los compromisos con el pueblo están dispersos en los comunicados, documentos y declaraciones de todos los organismos opositores…

*Solo bastaría recopilarlos, seleccionarlos, estudiarlos y adecuarlos a los nuevos momentos con mucha conciencia y decisión patriótica.


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