Opinion

Róger Sánchez, el caricaturista

¡Si supieras hermano cuánta falta haces! Te fuiste demasiado pronto. ¡Hoy estarías enfilando tus dardos en defensa del pueblo!

“Cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando”.
Jorge Manrique

 

El tiempo, ese juez inexorable, convalida lo que expresamos varias personas hace tres décadas, exaltando la genialidad de Róger Sánchez Flores, caricaturista de renovado vuelo. En sus dominios nadie le disputa una excelencia ganada en buena lid. Destaca en un país de muy pocos historietistas. Alzó vuelo y disparó sus luces en diversas direcciones para alumbrar el camino de quienes vendrían después. Trascendió los linderos de la caricatura política. Íngrimo se instaló en el podio. Con su estilete despanzurró a los de arriba, a los de enfrente y a los de al lado. No consintió que ningún dios posara en sus dominios. Disponía del talento suficiente para no caer seducido por los cantos de sirena. Llegado el momento de aguijonear a quienes estaban instalados en la cúspide del poder, derramó vitriolo sobre su delicada piel. No hizo concesiones. Estaba sabido de las consecuencias. Jamás se amilanó.

El recuerdo de Róger estalló frente a mis ojos, motivado por la lectura de un texto aparecido en el El País, el pasado 29 de noviembre de 2020 (Juzgar un  libro por su portada: las cubiertas destacadas de este otoño) y al recordar que para estos días, nada más que hace veinte y nueve años, Carlos F. Chamorro me había solicitado una remembranza de Róger, con la finalidad de conmemorar el primer aniversario de su fallecimiento. El tema surgió al visitar la Catedral de León, en compañía de estudiantes de comunicación de la UCA. Tengo por costumbre visitar iglesias y catedrales cada vez que llego a un lugar. Al reverenciar a los notables de la poesía nicaraguense, ese 2 de noviembre, los dos últimos versos que sirven de epitafio al poeta Alfonso Cortés, sirvieron de inspiración para escribirle mi homenaje: ¡Oh! Los muertos que nunca han vivido/ ¡Oh! los vivos que no morirán! Róger sigue vivo en mí.

El 4 de noviembre de 1991 Barricada rindió tributo a su humorista, muerto en pleno ascenso. Róger falleció —según sabia afirmación— cuando sus embestidas resultaban creíbles. Después de los 33 no creas en nadie, reza el adagio. Él solo tenía treinta. La mejor forma que encontré en 2010 para evocar su grandeza, fue redondear un libro dedicado enteramente a su vertiginosa trayectoria. Apareció bajo el sello editorial de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua-León. Las gestiones ante el rector Ernesto Medina Sandino, las hizo el profesor Rodolfo Pérez. Lo titulé El hereje confeso. Las andanzas de Róger dieron pie al nombre. Se sentía cómodo entre la gente “que no obedece a ritos, ni símbolos, ni a estrellitas”. Se atenía a una sola regla: la misión del creador es crear. Su condición de caricaturista fue su más grande compromiso con los desheredados. Hizo reír a todo un pueblo mofándose de los intocables.

La presentación del libro en el Paraninfo Ruiz Ayestas de la UNAN-León, corrió por cuenta de Sofía Montenegro, conocedora a fondo de la obra de Róger. Al evento asistió uno de sus discípulos más aventajados: Pedro X. Molina. El mundo de la caricatura ahora siguen disputándolo Pedro X. Molina y Manuel Guillén. En Nicaragua tienen que pasar años, muchos años, para que surja un encantador de multitudes, recurriendo al ácido corrosivo de sus muñequitos. En el presente existe el riesgo que las caricaturas tienden a volverse monotemáticos. Algo que no estaría mal según el argentino Ernesto Sábato, (los creadores son temáticos, siempre hablan de lo mismo), si no fuese porque su humor tiende a volverse previsible. Algunos argumentarán que en los tiempos que corren no hay de otra. Solo me queda objetarles que lo panfletario deja de ser un arte, un riesgo mortal. La caricatura de por sí es un arte complejo. La cotidianidad se convierte en un desafío permanente.

Un gran logro de Róger fue haber sido consecuente con la naturaleza del historietista. El reto asumido fue doble. Estaba convencido que su arte debía estar al servicio de los menesterosos, de los condenados de la tierra. Cómo él mismo reflexionó: “Es inútil querer conciliar al poder con el humor, adversarios eternos”. Estando comprometido con los cambios en marcha impulsados por el sandinismo, consideró justo añadir: “…el caricaturista puede asumir el papel de mediador, en la medida en que ambos se propongan renovar el orden social”. Para que no quedase duda de que lado estaba, afirmó convencido: “Históricamente el caricaturista se ha presentado como un elemento contra el poder, lo que resulta legítimo cuando el poder de sostenimiento para un orden de cosas injusto y antidemocrático”.  ¿En qué instante Roger, periodista de un medio oficial, se percató que ese poder ya no estaba al servicio de los desarrapados?

Para no traicionar su arte, Róger no tuvo opción que pinchar a los suyos, primero lo hizo con los medios al servicio del proceso revolucionario, después contra la dirigencia de la revolución sandinista. Creo oportuno recordar algunos desplantes de Nelba Cecilia Blandón. No todo en ella era blanco y negro. No hay duda que ejerció con el puño cerrado la tarea encomendada: censurar a los medios que disentían de la revolución nicaragüense, mientras enfrentaba una agresión subvencionada por el presidente estadounidense Ronald Reagan. Nelba Cecilia tenía un carácter tal vez desconocido. No era servil. Ni zalamera. Las dos veces que La Semana Cómica bajo la dirección de Róger fue censurada, expresó su desacuerdo. Soy testigo de la manera en que lo defendió. Es probable que ella había llegado también a convencerse de los excesos de la censura. Su discrepancia al menos eso dejó ver.

Por razones de oficio y debido a su temperamento, Róger sacaba a la superficie lo que otros susurruban bajo la mesa. Su trascendencia histórica, en un campo donde muy pocos han destacado, se debe al acierto de sus trazos y a lo punzante de sus muñequitos, fue un caricaturista cabal. Llegó el día en que Róger se encontró en tierra de nadie. Aborrecido por la oposición de la que hacía escarnio todos los días, al sangrar a la dirigencia sandinista, empezó a sentir en carne propia los efectos de la censura. El martes 10 y miércoles 11 de junio de 1986, los periodistas fueron invitados a las instalaciones de Barricada por Xavier Reyes, para expresar sus consideraciones sobre el contenido de los artículos relacionados con la libertad de expresión en la nueva carta magna. Róger disintió, el anteproyecto constitucional contenía restricciones morales implícitas. Un tropiezo grave para los caricaturistas.

Róger aludía a las trabas para hacer humor en el contexto menos esperado. Aunque el poder siempre ha sido refractario a los garabatos de los historietistas. Envestido de una gran sacralidad, al poder irrita que invadan sus alcobas. Los humoristas —unos fisgones irredentos— meten ojos y narices debajo de las celosías para mostrar escándalos y corruptelas. Al despojar al poder de sus oropeles percibimos su fetidez. Los políticos son incapaces de resistir dos o tres cuadritos que retratan su verdadera fisonomía. Se mal disponen. Los caricaturistas pregonan por plazas y mercados la fragilidad del poder. La forma arbitraria con que este es ejercido. Poseen una mirada capaz de atravesar paredes. Con sus trazos radiografían a los políticos de pies a cabeza. Lo hacen con la intención de que podamos ver los tumores y purulencias del poder. Muestran como nadie, qué en política, ¡nada es impoluto!

Las valoraciones sobre lo atractivo que resultan las portadas para captar lectores, como advierte Diego Areso, en su recorrido por las portadas de once libros (El País), unas actuales y otras de hace muchísimos años, fueron un acicate. Un tema del que hablamos varias veces con Róger. A él seducían las ilustraciones que aparecían en ciertas portadas. Me volvió a decirlo cuando escogió la suya para el libro de caricaturas, Dos de cal y una de arena (Editorial El Amanecer, 1986), una vez que Xavier Reyes decidió publicar un texto con sus mejores aciertos. A mí me pidió que escribiera los dos párrafos que aparecen en la contraportada de un libro embrujado. Este 4 de noviembre de 2020, se cumplieron treinta años del fallecimiento de Róger. Un hecho doloroso. ¡Si supieras hermano cuánta falta haces! Te fuiste demasiado pronto. ¡Hoy estarías enfilando tus dardos en defensa del pueblo!

 

 


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