Opinion

El regreso de Vargas Llosa

Al peruano le gusta del sexo picante y las relaciones enrevesadas. Cinco esquinas es una manera de eludir todo convencionalismo

No es que El sueño del celta (Alfaguara, 2010) me haya desilusionado ni que El héroe discreto (Alfaguara, 2013), me supiera mal, pero en Cinco esquinas (Alfaguara, marzo 2016), Vargas Llosa regresa revitalizado, dispuesto una vez más a seducirnos. Vuelve a diseñar —con estilo inconfundible— un tejido de múltiples colores, donde todas las historias están en función de la trama principal: el chantaje a que es sometido Enrique Cárdenas por una prensa chicha al servicio de intereses espurios. El viejo oficiante del periodismo, víctima él mismo de chismografías, se planta para contarnos —en clave explícita— los excesos en que incurre la prensa contemporánea. Una prensa que se regodea en la impudicia. Traduce al campo de la ficción los argumentos con que hilvanó La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012). Trasvasa de un género a otro los mismos argumentos sin traiciones ni fisuras. En eso radica la magistralidad de Mario Vargas Llosa, en esta nueva incursión por el mundo de la novela. Dos formas distintas de aproximarse a un mismo fenómeno. Dos discursos sobre un mismo tema.

Orson Wells convirtió a Ciudadano Kane (1941), en una película emblemática, al recrear la vida del magnate de la prensa escrita estadounidense, William Randolph Hearst, quien dedicó buena parte de su existencia a forjar un imperio mediático. Encumbraba o rebajaba las historias personales según los dividendos en juego. Con el ascenso de los medios y la centralidad adquirida en el presente, el poder que disponen se acentúa. En una escala superior, la revolución científico-técnica los convierte en omnipresentes y omniabarcantes. Están en todas partes. Despliegan su abanico esplendoroso las veinticuatro horas del día los trescientos sesenta y cinco días del año. A las intromisiones del poder estatal se suma el poder de vida o muerte adquirido por los anunciantes. En Cinco esquinas, el patrocinio de una prensa venal y corrupta, por parte del gobierno de Alberto Fujimori, a través de su principal operador político, Vladimiro Montesinos, configura un lienzo que resume los tormentos y vicisitudes padecidas por políticos y empresarios durante su estancia en el mando.

En los juegos de poder, algunos medios ocupan lugar privilegiado, como aliados incondicionales de quienes los utilizan de forma sistemática para destruir reputaciones, crear desasosiego, incertidumbre, amenazar, chantajear, extorsionar, mal disponer y escandalizar. Cuando Rolando Garro —director de Despapes— visita a Enrique Cárdenas, lo hace con la intención de sobornarle. Consciente del momento que vive la prensa amarillista, dice al empresario: Ese es el periodismo que más vende y el más moderno del mundo de hoy. Importa el rating lo demás es poesía. Desde hace rato Vargas Llosa viene denostando contra una prensa que destruye honras y soborna conciencias, con la intención aviesa de afianzar en el poder a los inescrupulosos de toda la vida. Destapes es subvencionado con el único propósito de servir a los intereses más vergonzantes del fujimorismo. Vargas Llosa construye en Cinco esquinas un relato con todos los ingredientes propios de su cocina. Violencia, sexo y dinero, se conjugan al servicio de la narración principal: desnudar a los cultores de esta forma de periodismo.

Con enorme elocuencia y sensibilidad artística, define el carácter y delinea los rostros de quienes sostienen una concepción perversa del periodismo. Crítico obstinado de la civilización del espectáculo, el declamador Juan Peineta, sintetiza el paso de lo sagrado a lo profano. Simboliza la decadencia dentro de un mundo que rinde culto a la farándula. Peineta es un ser pasado de moda. Un representante del ayer. Aquejado de una precoz senilidad, su desmemoria indica la precariedad de una actividad que mantenía viva la poesía. Para no morirse de hambre acepta relevar a un payaso. Los tres chistosos se ubica como programa estrella de la televisión. Es la contracara de una sociedad que rinde culto a lo nimio, sonso y estéril. Peineta se muestra adolorido. No logra conciliar su conciencia escindida. “Ahí fue donde jodiste tu carrera de artista… Te vendiste por la codicia, renunciaste a la poesía por la payasada, de puro angurriento le clavaste una puñalada al arte. Ahí comenzó tu decadencia”. No puede vivir en paz consigo mismo. Está claro de las diferencias abismales entre una ocupación y otra.

Vargas Llosa sentenció: “En la civilización del espectáculo el cómico es el rey.” Conjura sus demonios. Peineta testimonia de manera desgarradora el tránsito hacia una época donde lo banal alcanza sitio especial. La televisión —apunta el portento en Cinco esquinas— está mortalmente reñida con la poesía. Dejó de ser una actividad digna. Cayó en desuso. El registro de Vargas Llosa resulta fiel. En términos más o menos parecidos —en La civilización del espectáculo— lamenta la desaparición de lo que él llama alta cultura. Asistimos a la consagración de los best sellers y al esplendor de las novelitas rosas. La novela épica viene en retirada. Vargas Llosa retrata esta mutación. La prevalencia del periodismo de farándula inunda las páginas de los medios más serios. La vida de los artistas —respetable desde luego— importa más que la suerte de filósofos, poetas, dramaturgos y académicos. En el Perú de Fujimori, la prensa chicha reviró para inmiscuirse en política. Sesgo captado con precisión y rigurosidad por Vargas Llosa. Devela sus mugres y desvergüenzas. Todo su descaro.

Dueño y soberano de una técnica muy particular, Vargas Llosa se desdobla. Durante las primeras 209 páginas opta por la narración lineal. A partir de la 210 introduce un giro sustantivo. Vuelve por sus fueros. Agarra la sintaxis por el cuello y la retuerce. Superpone diálogos y altera los tiempos verbales. Nada a sus anchas. El pasado convoca al presente. Gozoso recurre al flashback. Las historias alcanzan mayor intensidad. Discurren a una velocidad vertiginosa. Entonces revela la orgía del empresario Cárdenas. Destapes publica las fotos del lance que lo pone al borde del infarto. El empresario aparece haciendo lo propio e impropio con unas putas. Cuando Vargas Llosa decide contarnos esta parte de la historia, Cárdenas ya había sido exculpado del asesinato de Rolando Garro. El tunante había sido enviado a matar por el Doctor. El verdugo a su servicio murió por violar las reglas del juego. Con la publicación de las fotos, Destapes alcanza tres reimpresiones. El escándalo vende porque hay quienes lo compren. A Garro le causó la muerte.

El nudo dramático lo resuelve en el Capítulo XX (Un remolino), donde convergen todas las historias. Su agudeza narrativa y destreza técnica se deslizan a velocidad geométrica. En breves párrafos devela las peripecias y amarguras por las que pasan los personajes. Me dejo llevar por la celeridad con que ata y engarza los cabos sueltos. Estoy de nuevo frente al narrador que me ha seducido desde que leí por primera vez La ciudad y los perros (1963). La novela conmemorativa de sus ochenta años será sometida a riguroso escrutinio. ¿Estará agotado? ¡Comprobé que no! Con perspicacia cierra casi todas historias pero deja abierta dos puertas. La conversación de Julieta Lezamón, nueva directora de Destapes, con Ceferino Arguello, su fotógrafo, constituye el preámbulo de lo que vendrá después. Julieta o La Retaquita, discípula agradecida de su maestro Garro, rompe el silencio, acusa al culpable de las injusticias y desafueros de Destapes: El Doctor está detrás del asesinato de Garro y de toda la podredumbre que destila el semanario. Esa hoja pestilente, como lo llama Vargas Llosa.

Destapes sufre una metamorfosis radical, un tanto inesperada, de manera repentina se transforma en un semanario lúcido, al servicio de mejores causas. La mudanza sabe postiza. En un acto de prestidigitación, Vargas Llosa convierte al malo de hace unos momentos en el bueno de ahora. Un exceso. Destapes —símbolo y numen del periodismo encanallecido— muda bruscamente de política informativa. ¿A qué obedeció esta vuelta de tuerca? ¿No era más adecuado idear otra forma para contar la conversión de La Retaquita y de su cuerpo de redacción? Era más pertinente dejar que el semanario terminará hundiéndose en su propio fango. ¿Qué milagro operó en la personalidad de Julieta Lezamón para convertirse en una especie de heroína? ¿Fue tocada por la mano de Dios? Decisión que conduce a Vargas Llosa, a suscribir en todas sus letras, el maniqueísmo que campea en los medios. ¿Los malos de ayer serán los buenos del mañana? La severidad de su enjuiciamiento a la civilización del espectáculo sufre un traspié imprevisto. ¿Debemos albergar una posibilidad de cambio?

Como en sus novelas anteriores, el sexo entra por la puerta grande; invade sus páginas del primero al último capítulo. El peruano gusta del sexo picante. Le atraen las relaciones enrevesadas. Desde su novela inaugural, las prácticas sexuales que se le antojan rompen cualquier formalismo. Cinco esquinas es una reiteración de esas maneras de eludir todo convencionalismo. Primero encama a las amigas —Marisa y Chabela— en un tórrido romance. ¿El nombre de Chabela no les recuerda nada? Son criaturas sin remordimientos. Gozan y se divierten. Sus desfogues y arrebatos resultan estremecedores. Vargas Llosa está a salvo de todo puritanismo. Nunca menciona la palabra lesbianismo. Marisa provoca fantasías a Enrique, su marido, hablándole de su relación con la mujer de Luciano, su mejor amigo. La ruptura de la amistad entre las dos parejas jamás es considerada una opción. Después forman un trío. Enrique saborea la dicha de estar con ambas. En el último capítulo —Happy end— da un paso adelante. Luciano, esposo de Chabela, pide incorporarse. ¡Arman un cuarteto!


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