Opinion

Recordando a Paulo Freire a 100 años de su nacimiento

Para Freire la educación es un acto político, un diálogo constante entre docente y estudiante, en un ambiente de libertad

No te esperaré en la pura espera
porque mi tiempo de espera es un tiempo de quehacer.
Desconfiaré de aquellos que vendrán a decirme,
en voz baja y cautelosa:
es peligroso hacer
es peligroso hablar
es peligroso caminar
es peligroso esperar como tú esperas,
porque esos espantan la alegría de tu llegada.
Desconfiaré también de aquellos que vendrán a decirme,
con palabras fáciles, que ya has llegado,
porque al anunciarte ingenuamente,
más bien te denuncian.
Estaré preparando tu llegada
como el jardinero prepara el jardín
para la rosa que se abrirá en primavera.

Paulo Freire
, Ginebra, marzo de 1971.
En Pedagogía de la indignación, Siglo XXI Editores, 2012.

Paulo Freire (19 de septiembre de 1921- 2 de mayo de 1997) no necesita presentaciones, es a decir de muchos, uno de los grandes pedagogos de América Latina. Sus libros han sido ampliamente conocidos y debatidos. Los sugerentes títulos que dio a sus obras: La educación como práctica de la libertad, Pedagogía del oprimido, Pedagogía de la esperanza, Pedagogía de la Autonomía, entre los más conocidos, expresan desde el inicio su posición política y su espíritu subversivo, como fue calificado muchas veces.

Denostado hoy por las autoridades del país en que nació y creció (Brasil). El hoy presidente Bolsonaro en su campaña electoral se jactaba de que entraría en el Ministerio de Educación con un lanzallamas para eliminar a Paulo Freire. Sin embargo, el pensamiento de Freire está lejos de ser eliminado y sus libros siguen circulando ampliamente. Según la editorial Paz e Terra, las ventas de su libro “Pedagogía del oprimido” aumentaron un 60% en el primer semestre de 2019 en comparación con 2018, dice una publicación reciente.

La educación como práctica de la libertad es parte sustancial de su pensamiento. Para Freire la educación es un acto político, un diálogo constante entre docente y estudiante, en que los pensamientos de ambos son respetados y cuestionados, pero en un ambiente de libertad, que es la base fundamental de todo acto educativo. Enseñar y aprender, dice Freire, son momentos de un proceso mayor, el de conocer, que implica re-conocer.

Por eso, la labor del docente no puede ser una mera transferencia mecánica de contenidos, sino un diálogo enriquecedor entre alumno y docente, en el cual se crean las posibilidades para la producción o la construcción de nuevos contenidos.  Diálogo que reconoce los saberes previos del estudiante, ese que en muchas ocasiones se desestima o se subestima, por edad, por contexto, y por muchos etcéteras, pero que para Freire es fundamental, y así remarca que solo conociendo el contexto en el que se mueve el estudiante, es posible lograr un aprendizaje efectivo. No es lo mismo insiste Freire, hablar con el estudiante que hablarle al estudiante. De ahí su insistencia en ese diálogo fecundo entre docentes y estudiantes.

Y es por la importancia de ese diálogo docente- estudiante que Freire nos insiste en la pedagogía de la pregunta.  Con la pregunta, nace también la curiosidad, y la curiosidad incentiva la creatividad. De ahí su crítica a la educación tradicional, que llamó “bancaria”, en que se castra la curiosidad, se estrecha la imaginación, y en definitiva no se aprende. Lo interesante es que las preguntas son de dos vías, ambos, docentes y estudiantes se hacen preguntas, se cuestionan la realidad en la que viven o el contenido de lo que se está enseñando. Hay un desafío cognoscitivo, no una mera transferencia de conocimiento y mucho menos, un adoctrinamiento.

Por su permanente crítica a los autoritarismos y dogmatismos, jamás tuvo empacho en criticar a la izquierda dogmática, pese a que se proclamó una persona de izquierda y siempre estuvo del lado de los oprimidos. Sin embargo, criticó duramente a aquellos para los cuales las verdades son inamovibles e incontrastables. El conocimiento para Freire, como todo en la investigación científica es abierto, expuesto a los cambios y a los avances de nuevos descubrimientos que pueden poner en cuestión los anteriores. Solo así se logran los avances. Nada más lejano del pensamiento de Freire que las verdades absolutas y la imagen del docente como trasmisor de esas verdades.

El otro elemento fundamental de los aportes de Freire es la importancia que le otorga al lenguaje, porque si no hay una comprensión del lenguaje en que se expresa el estudiante, nuevamente el aprendizaje no se logra. Y así, enfoca la enseñanza de la lectura precedida de la lectura del mundo. Freire explica como en su primera infancia lo primero que aprendió a leer fue su mundo inmediato que, aunque pequeño, brindaba una gran riqueza de experiencias sensoriales. Sonidos, olores, colores y texturas representan los “textos”, “palabras” y “letras” en este contexto. Esta primera lectura se ve enriquecida también por el universo del lenguaje de los mayores quienes en sus conversaciones, a las cuales se ven expuestos los niños y las niñas, expresan sus creencias, gustos, recelos y valores.

Son las mismas razones por las que en la educación inicial, la que es previa al aprendizaje de la lectura y la escritura, se recomienda tanto el fomento de la comprensión oral, la conversación y la escucha interesada del sentir y pensar de los y las pequeñas. O como lo expresan mis sabias colegas: Leer antes de leer.

Hay muchas aristas e innumerables enseñanzas en el pensamiento de Freire, que no pueden agotarse en las pocas palabras de un artículo como este. Sus recomendaciones sobre la alfabetización de adultos han impactado en muchísimos programas de educación popular alrededor del mundo, desde su natal Brasil hasta los países africanos, pasando por muchos países en América Latina, incluyendo Nicaragua. Este es quizá su legado más conocido, pero las enseñanzas de Freire no se circunscriben a la educación de adultos, sino que abarcan innumerables ámbitos de la pedagogía y constituyen la base fundamental de múltiples teorías en educación que hoy conocemos como pedagogías activas, enseñanza basada en proyectos, promoción del aprendizaje autónomo y especialmente la pedagogía critica, que, a mi juicio, es una invitación a los educadores a “estar mínimamente a la altura de nuestro tiempo” en palabras de Freire. Y, sobre todo, un llamado a tratar de comprender a los adolescentes y jóvenes en su capacidad crítica siempre atenta a la comprensión de lo nuevo. Y así dice: “no hay cultura ni historia inmóviles”. “No habría cultura ni historia sin innovación, sin creación, sin curiosidad, sin libertad ejercida o sin libertad por la que luchar cuando es negada”.

También me parece interesante destacar, ese principio fundamental que expresa en La pedagogía de la esperanza, cuando dice: “No entiendo la existencia humana y la necesaria lucha por mejorarla sin la esperanza y sin el sueño. La esperanza es una necesidad ontológica; la desesperanza nos inmoviliza y nos hace sucumbir al fatalismo de que no es posible reunir las fuerzas indispensables para el embate recreador del mundo” y, reafirma: “No soy esperanzado por pura terquedad, sino por imperativo existencial e histórico”.

Por eso, para Freire, “una de las tareas del educador o educadora, a través del análisis correcto, es descubrir las posibilidades-cualesquiera que sean los obstáculos- para la esperanza, sin lo cual poco podemos hacer”.

Son apenas algunas razones por las cuales el pensamiento de Freire sigue iluminando la práctica de aquellos educadores comprometidos con el aprendizaje de sus estudiantes y con el fomento de un pensamiento crítico que permita la construcción de nuevos conocimientos. Es como dijo Edina Castro de Olivera en el prólogo al libro “Pedagogía de la autonomía”, la de Freire es una pedagogía fundada en la ética, en el respeto a la dignidad y a la propia autonomía del educando.

 



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