Opinion

Protejamos la libertad de discusión

En gran parte del mundo expresar ideas controvertidas, especialmente las que critican a gobiernos o una religión dominante, tiene un costo mayor

MELBOURNE – El mes pasado se publicó el primer número de la Revista de Ideas Polémicas (Journal of Controversial Ideas), de la cual soy coeditor. La revista surgió en respuesta a los límites cada vez mayores, incluso en las democracias liberales, que se imponen a las discusiones para considerarlas aceptables. Fue diseñada específicamente para brindar un foro donde los autores pueden, si lo desean, usar un seudónimo para evitar maltratos —entre ellos, amenazas de muerte— o perjudicar irrevocablemente sus carreras.

Hubo una época en que las amenazas a la libertad académica en los países democráticos provenían principalmente de la derecha. Un caso muy famoso a principios del siglo XX en Estados Unidos fue el de Scott Nearing, un economista con tendencias de izquierda de la universidad de Pensilvania, quien fue despedido porque su activismo a favor de la justicia social no les cayó bien a los banqueros y líderes corporativos del consejo de administración de la universidad.

Cincuenta años más tarde, en la época de McCarty, mucha gente fue puesta en listas negras o despedida por apoyar ideas de izquierda. Cuando llegué a Princeton en 1999, Steve Forbes (quien por entonces hacía campaña para convertirse en candidato republicano a la presidencia) pidió que se rescindiera mi nombramiento porque no le gustó mi crítica a la doctrina tradicional de la sacralidad de la vida humana.

Actualmente, sin embargo, la mayor oposición a la libertad de pensamiento y discusión proviene de la izquierda. Un caso ejemplar se dio en 2017, cuando Rebecca Tuvel publicó “En defensa del transracialismo” (In Defense of Transracialism) eHypatia, una revista de filosofía feminista. El artículo de Tuvel preguntaba por qué quienes apoyan decididamente el derecho a elegir el propio género niegan el derecho similar a elegir la propia raza. Más de 800 personas —en su mayoría, académicos— firmaron una carta exigiendo que Hypatia retirara el artículo. También hubo quienes pidieron que Tuvel, una joven académica sin puesto permanente, fuera despedida.

Shannon Winnubst, una filósofa feminista y miembro del colectivo que escribió la carta, explicó que lo hizo porque sabía “el daño que este tipo de estudios causa a los grupos marginados, especialmente los académicos negros y trans”. Winnubst no intenta refutar el argumento de Tuvel, solo busca demostrar que puede ser perjudicial para algunos (aunque sin especificar la naturaleza ni la gravedad del daño).

Cuesta imaginar un contraste más claro con la defensa clásica de la libertad del pensamiento y la discusión que planteó John Stuart Mill en Sobre la libertad. Mill tiene en cuenta que permitir la libertad de expresión puede causar ofensas. “Pero no hay paridad alguna”, responde “entre el sentimiento de una persona hacia su propia opinión y el de otra que se sienta ofendida de que tal opinión sea profesada; como tampoco la hay entre el deseo de un ladrón de poseer una bolsa y el deseo que su poseedor legítimo tiene de guardarla”.

Aceptemos o no el paralelo que plantea Mill, como mínimo no resulta obvio que, porque una opinión pueda ofender a algunos, sea ese un motivo suficiente para suprimirla. Considerar seriamente esa postura limitaría de manera drástica el alcance de la libertad de expresión en una amplia gama de cuestiones éticas, políticas y religiosas.

La Journal of Controversial Ideas es una revista académica interdisciplinaria con revisión de pares. Las presentaciones deben superar un control inicial que excluye aquellos artículos que, a criterio de un editor, no tienen probabilidad alguna de recibir recomendaciones favorables de los revisores. Los que no son rechazados en forma sumaria se envían a expertos en el tema para que los revisen.

Los revisores consideran entonces si la presentación discute una idea polémica y, en ese caso, la solidez de la evidencia o el rigor del argumento. Solo las presentaciones que argumenten adecuadamente la justificación de sus conclusiones serán aceptadas. Otros criterios de publicación son que los artículos no deben ser polémicos en su carácter y solo deben criticar ideas y argumentos, no a las personas que los proponen.

Todo esto, más allá del foco especial en las ideas controvertidas, es una característica de la mayoría de las revistas académicas. Lo que distingue a la Journal of Controversial Ideas, sin embargo, es la opción que tienen los autores de usar un seudónimo para protegerse de los distintos tipos de intimidación que podrían preocuparlos si proponen ideas controvertidas. Si, más adelante, desean ser reconocidos como autores de sus artículos, es posible confirmar sus identidades. Tres de los diez artículos del primer número fueron publicados con seudónimos.

Otro aspecto importante de la revista es que cualquiera con una conexión a Internet puede leerla en forma gratuita, sin publicidad paga. Los editores se comprometieron a no doblegarse ante la presión pública para retirar un artículo, a menos que se demuestre que contiene datos falsos o plagio. Debido a que la revista solo se publica en línea, los editores no estamos en deuda con ninguna institución o editorial. Recibimos apoyo financiero de una amplia gama de donantes que comparten nuestra preocupación por las restricciones a la libertad de expresión, por lo que no dependemos del favor de ninguna persona o grupo particular. (Si lo desea, puede unirse aquí a quienes nos brindan su apoyo).

Cuando protegemos a los autores de los obstáculos a la libertad de pensamiento que mencionamos no debemos olvidar que en gran parte del mundo expresar ideas controvertidas, especialmente las que critican a gobiernos o una religión dominante, tiene un costo aún mayor. El Proyecto para el Monitoreo de la Libertad Académica (Academic Freedom Monitoring Project) de la Red de Académicos en Riesgo (Scholars at Risk Network) informó que durante los 12 meses previos al 10 de mayo de 2021, hubo 259 ataques a académicos, estudiantes y universidades (entre ellos, 66 asesinatos, actos de violencia o desapariciones y 92 encarcelamientos). China, Rusia, Turquía, Irán y Birmania después del golpe son los responsables de la mayoría de sus casos.

Sin embargo, expresar ideas puede llevar a prolongadas sentencias de cárcel, incluso en países que no consideramos dictaduras represivas. En Tailandia, a principios de este año, una mujer a la que solo se conoce como Anchan fue sentenciada a 43 años de prisión por publicar en las redes sociales grabaciones de audio de un pódcast que criticaba a la monarquía.

Invitamos a quienes corren el riesgo de ser encarcelados, amenazados, hostigados o intimidados, o cuyas carreras pueden verse perjudicadas si publican ideas en su nombre, a que nos las envíen con un seudónimo. Las ideas bien argumentadas se sostienen y pueden ser juzgadas por sí mismas, sin necesidad del verdadero nombre del autor.

*Este artículo se publicó originalmente en Project Syndicate.

 



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