Opinion

Melissa y la pandemia

Vestida con el traje protector azul

en la cara la visera transparente

la mascarilla en la boca y la nariz

mi hija Melissa

doctora, especialista en medicina familiar

en medicina natural e integrativa

muchacha que desde niña lloraba por los mendigos

y en el primer año de medicina

por los perros que operaba

y los conejillos de indias,

me manda la foto donde parece una astronauta

lista para abrir la puerta y salir al espacio.

“Aquí voy” escribe en el pie de foto

y allá va, mi niña, al frío planeta de la pandemia

en misión de rescate.

 

De un día al otro, sigiloso y mortal

el virus se hizo carne y habitó entre nosotros

De cuerpo a cuerpo extendió sus puentes:

puntas de los dedos, saliva, el beso, la mano, la cercanía

fueron el inició de su desaforado, inconsciente viaje

transmutándose, transportándose

trastornando la existencia

amenazándola.

 

 

Mi hija Melissa tiene dulce voz de soprano.

La quieren los pacientes

Ella los quiere. Hará sus rondas enfundada en ese traje

Oculto su rostro, sus manos

El paciente desconsolado respirando con dificultad

Y ella tranquilizándolo, afirmando la vida.

 

De un día al otro el mundo se ha inundado de enfermos

Fiebres, tos y la ingrata asfixia

cuando no llega el oxígeno.

Se detienen las ciudades sitiadas

por el enemigo microscópico.

Los aviones en sus hangares.

El cielo despejado, los aeropuertos vacíos.

El silencio en las calles.

El retorno de los jabalíes y venados.

En la noche salen de los balcones

cantos y aplausos.

Salen de los hospitales médicos y enfermeras

agotados.

Los presidentes callan y hablan los científicos.

El mundo cibernético

es un universo de espejos parlanchines.

Allá mi hijo en Londres.

Allá mis otras hijas en Los Ángeles.

Los nietos encerrados en las casas

recibiendo clases a distancia.

Separados todos.

Prohibido salir del encierro.

Sálvese quien pueda en este cataclismo inesperado.

Cataclismo del cuerpo y del capitalismo.

Cerrá la puerta, que nadie pase

al sancto sanctorum de tu hogar.

Tus manos limpias

frotadas con jabón una y otra vez.

El día largo,

las horas haciendo remolinos en la moqueta del piso.

Envidias al gato que no se aburre

de mirar por la ventana.

 

Pero los escritores leen libros en sus móviles.

Los museos abren sus galerías virtuales.

La ópera se transmite gratis.

Los músicos hacen conciertos sin auditorio.

Jóvenes llevan comida a los viejos.

Vivimos pendientes de Italia, de España,

de los que viven y mueren.

 

Mi hija Melissa

Doctora, especialista en medicina familiar

en medicina natural e integrativa

se viste como astronauta.

Deja sus niños en casa.

Deja su miedo guardado.

Y va a plantar la batalla

porque mientras quede uno

dispuesto a salvar a otro

no se rendirá la vida

la ciudad

la humanidad

y bajo un cielo lavado

habrá que recomenzar.

 



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