Opinion

Nuestra libertad está confiscada

La peste hipotecó nuestra libertad, nos mantiene encerrados, después de nueve meses seguimos sin un horizonte claro

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres
dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra
ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida,
y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.
Don Quijote de la Mancha

 

El valor más preciado

La libertad es uno de los valores más preciados de los seres humanos, no hay país en el mundo que no incluya el derecho a la libertad en sus textos constitucionales. Para los iusnaturalistas la libertad es un don natural, a ningún Gobierno o autoridad le debemos la libertad que gozamos. Su otra cara es el encierro. Guardar cárcel es una de las restricciones más severas que puede imponerse a una persona. Como Ícaro, deseamos tener alas y un padre como Dédalo, para qué nos enseñe a volar y sentir la alegría que supone viajar hacia las confines del universo. Estremecernos ante el vértigo de las alturas, y vencer el miedo de saber que nuestras alas pueden derretirse cuando nos acercarnos al sol. La libertad supone riesgos.

Nadie quiere vivir en cautiverio, ni si quiera de manera voluntaria; los únicos que lo padecen son los perseguidos políticos y esto porque se ven forzados por circunstancias especiales. La libertad implica que nadie puede impedirnos caminar libremente por el mundo. Los seres humanos tenemos sed de espacio. Estar varados entume las piernas. Anhelamos volar como Juan Salvador Gaviota, aprender a hacer cabriolas en el aire con el fin de alcanzar nuestro sueño: la libertad. Aprender a volar supone aprender a ser libres. El pensamiento jamás podrá ser encarcelado. Mussolini tomó prisionero al sardo Antonio Gramsci, con el propósito de que no pensara. Estando preso escribió Cuadernos de la Cárcel, su obra monumental.

Los déspotas y tiranos no pueden encarcelar el sentimiento de quienes decidieron jugarse la vida por la libertad de sus pueblos. Por mucho que se esmeren, fracasan. Julius Fucick escribió su reportaje mientras sufría los desmanes de la Gestapo. La complicidad de los carceleros fue determinante. Una por una fueron saliendo de la cárcel las páginas de Reportaje al pie de la horca, su obra imperecedera. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, dio vida en iguales circunstancias a su Diario de un preso. Para burlar a sus verdugos contó con la connivencia de un guardia nacional. Le proporcionó lápiz y papel; luego su mujer —Violeta Barrios de Chamorro— se encargó de sacarlas de las ergástulas somocistas.

La peste nos mantiene presos

La peste hipotecó nuestra libertad, nos mantiene encerrados, después de nueve meses seguimos sin un horizonte claro. Gobiernos y personas que eliminaron la prohibición, la están pagando caro. Con la desescalada, el rebrote en algunos países ha sido peor que cuando la peste se manifestó al inicio. El número de muertos es mayor. En un solo día (15 de julio/2020) Florida tuvo 132 muertes, superior a las 120 personas fallecidas la semana anterior. En España ocurrió un fenómeno parecido. Experimentó una subida vertiginosa, tuvo 580 nuevos casos el jueves 16 de julio. Casi 200 más que el día anterior, cuando se contabilizaron 390 fallecidos. En la historia de la humanidad, la peste española es tenida como un desastre similar.

Las prohibiciones de salir a la calle por las noches, los Gobiernos la impusieron con la finalidad de aminorar muertes y contagios. Hay quienes desafían la ordenanza. En Nicaragua, con una población que sobrevive con dos dólares diarios, las secuelas son catastróficas. La peste se ensaña con los pobres. Si no salen a trabajar no comen y si lo hacen corren el riesgo de contagiarse. No tienen alternativa, se ven forzados a incumplir los protocolos médicos. Las personas de la tercera edad y enfermedades crónicas tienen terminantemente prohibido salir, su inmovilidad debe ser absoluta. Su radio de acción se circunscribe al perímetro de sus viviendas. No pueden ir más allá, una amarga restricción. Son más proclives a infectarse y morir.

El otro es el apestoso

El distanciamiento social es una práctica a la que recurren los seres humanos, frente aquellas personas que sospechan ser delincuentes o pueden agredirlos. Ante el temor al contagio la peste impuso una nueva modalidad de distanciamiento social. Algunos médicos aconsejan mantener distancia de un metro, otros señalan que lo prudente es metro y medio o dos. En tiendas y centros comerciales de Managua, el piso está marcado. Unos decidieron que con metro y medio de distancia basta. Otros que con uno es suficiente. Las cajeras están resguardadas con protectores plásticos, como reciben los convictos las visitas en las cárceles. El otro es considerado como apestoso. Se le teme porque podría ser portador del virus.

La cancelación y postergación de los vuelos comerciales, debido al crecimiento exponencial de la pandemia, fue decisivo para que muchísimas personas continúen entrampadas fuera de sus casas. Muchos nicaragüenses todavía no logran regresar. Están varados en Guatemala y Costa Rica. Algunos Gobiernos contrataron vuelos privados para que no continuaran lejos de sus familias. Hay quienes se la pasan ahorrando para viajar por el mundo con el ánimo de visitar sus museos, conocer sus iglesias, desandar sus parques y comer en sus restaurantes. Nada de eso puede hacerse. Todo permanece cerrado. Cero visitas. Ante la falta de pasajeros muchas líneas aéreas quebraron. La más reciente fue Avianca-Brasil.

Libertad bajo riesgo

Las personas que trabajan como delivery, asumen toda clase de riesgos con tal de ganarse el pan nuestro de todos los días. Si se quedaran en casa no habría pan en la mesa, ni pago de energía, agua, compra de medicinas, ropa y calzado para su familia. Su libertad es una libertad peligrosa. En toda Nicaragua, comercios, panaderías, reposterías, restaurantes, venta de quesos, leche, cuajadas, tiendas y supermercados —para no quebrar— recurren a la entrega en casa de sus artículos, productos y mercaderías. A quienes compran no importa que el cobro por envío encarezca el producto. Prefieren quedarse encerrados antes que salir a la calle. Siguen presa del temor que supone el contagio. Un miedo paralizante.

En Managua, la dueña de Bomboniere Repostería, creó paquetes con golosinas, queques y brownies, para que niñas y niños puedan celebrar sus cumpleaños. Ante la imposibilidad de asistir a estos eventos, se le ocurrió entregarlos en casa de los invitados horas antes de la celebración. La entrega de los paquetes está cronometrada. Un alivio para las secuelas sicológicas de la niñez nicaragüense como producto del encierro. Llegada la hora de la ceremonia —todos la conocen de antemano— deben conectarse en la aplicación Zoom (videoconferencia en tiempo real), para cantarle el Happy Birthay al cumpleañero. Luego proceden abrir los paquetes, desde luego que incluyen la tradicional torta de cumpleaños.

La peste en la sociedad productivista

La leyenda recoge que en Esparta los niños con defectos físicos y los viejitos, eran lanzados por los despeñaderos del Monte Taigeto. Una manera de librarse de estorbos en una sociedad guerrera. En una sociedad productivista como la actual —con una visión espartana— hay quienes predican que lo más importante es salvar la economía. Dan Patrick, vicegobernador de Texas, fue el primero en anunciar la buena nueva. Las personas mayores de 70 años debían sacrificarse para abrir paso a los jóvenes. Él mismo estaba dispuesto a morir para evitar el colapso de la economía estadounidense. Luego invitó a las personas mayores a que imitaran su gesto. Pertenecer a la tercera edad se convirtió en delito para estos energúmenos.

Los supermercados en Nicaragua han establecido horario especial para las personas de la tercera edad. Para aminorar los peligros del contagio pueden realizar sus compras entre 7:30 y 9:00 de la mañana. Mientras la posibilidad de contagiarnos subsista, las medidas dictadas por los médicos deberían ser de estricto cumplimiento. Hay quienes caminan alegremente por las calles. Cada quien es dueño de su propio miedo. En algunos países la peste provocó reacciones autoritarias. En Hong Kong, Irak, Chile, Ecuador, Colombia, México y Líbano, las calles vacías eran vigiladas por policías, guardias nacionales y ejércitos. Un mensaje atemorizante. Nadie debía salir de sus casas. Nuestra libertad todavía sigue confiscada.


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