Opinion

Mientras Ortega gobierne, Nicaragua se hunde

El régimen tiene sus fanáticos, pero también las élites económicas se han acostumbrado a la comunicación directa con “el o la que manda”

Sin sorpresa, escuché la exposición sobre el Índice de Progreso Social (IPS), que produce el Centro Latinoamericano para la Competitividad y el Desarrollo Sostenible (CLACDS) centro de pensamiento y de investigación aplicada de INCAE Business School. El IPS es definido como una evaluación integral del bienestar social de los países que toma en cuenta 55 variables y permite medir la eficacia con la que el éxito económico de un país se traduce en progreso social.  Se estructura en tres dimensiones: Necesidades básicas, fundamentos del bienestar y oportunidades.

Es alarmante escuchar que en Nicaragua no ha habido mejora en ese índice en los últimos diez años. Más bien vamos a la baja, de ocupar la posición 90 en el año 2011 en un conjunto de 163 países, hoy ocupa la posición 105, es decir, 15 países han mejorado su posición y el nuestro se ha quedado atrás. Hasta en indicadores que parecían estar mejor como el acceso a conocimientos básicos, los valores permanecen estables, lo que se expresa en que la tasa de graduación de secundaria no ha mejorado. El acceso a la educación superior tampoco ha mejorado, la investigación científica brilla por su ausencia. Eso sin mencionar la calidad de la educación, de cuyo deterioro somos testigos todos los días. En los otros indicadores tampoco vamos bien. El ingreso per cápita aumentó en los primeros años de la década, pero hacia 2015 comenzó su declive y actualmente, con poco más de US$1,900, según cifras oficiales, es el más bajo de Centro América y al nivel del quintil inferior de Costa Rica.

Esta debacle va acompañada de una mayor pérdida de libertad de elección y participación, incremento de la corrupción, aumento de la violencia política, falta de acceso a información pública, incremento de la voracidad fiscal, aumento de la exclusión social y un notable deterioro ambiental, que hará que seguramente nuestros nietos no tengan siquiera el país que hoy tenemos, sino peor.

Todo esto lo sabemos y conocemos los y las nicaragüenses. Quien diga que no sabía o que no es cierto es porque vive una realidad paralela de la que disfrutan pocos privilegiados, pero para la gran mayoría esta es su verdad cotidiana: pérdida de empleos y por ende de bienestar, deterioro de sus condiciones de vida y su seguridad, amenazas constantes a la seguridad física. Y, sobre todo, pérdida paulatina de la esperanza. Nicaragua no está representando una opción de vida y de futuro para miles, millones de nicaragüenses. No es casualidad que la última encuesta de Cid Gallup recoja que el 70% de los jóvenes se irían a otro país si tuviesen las condiciones para hacerlo.  Muchos aún sin condiciones se ven obligados a hacerlo.

También sabemos que el régimen Ortega Murillo no representa una opción de futuro. Si en esta década con el generoso apoyo de Venezuela y sus petrodólares, no fueron capaces de mejorar este índice que resume la calidad de vida y las oportunidades que ofrece un país, ¿qué podemos esperar de los próximos diez años en que el aislamiento internacional no los hará merecedores de ningún apoyo extraordinario? Las autocracias amigas seguramente les darán algo para mantener el aparato represivo, pero no para mejorar las condiciones de vida de la población.

Con esos indicadores tampoco habrá inversión extranjera. ¿Quién querrá invertir en un país en que la seguridad jurídica se ve amenazada constantemente, con leyes punitivas expedidas a voluntad de los dictadores, que pueden afectar a cualquier empresa o persona y con tasas de tributación en aumento y aplicadas discrecionalmente? Por esa parte tampoco podemos esperar que mejoren las condiciones. Solo la deuda externa – que se ha duplicado desde 2007 y hoy supera la exorbitante cifra de $12,000 millones de dólares – seguirá aumentando a niveles insostenibles.

Ante este panorama, lo que surgen son muchas preguntas y algunas certezas. Sin duda, el régimen tiene sus fanáticos que aún creen que existe una revolución, la que quedó en sus cabezas nada más, pero que les dejó un legado difícil de erradicar, se acostumbraron a recibir prebendas acudiendo al partido, al delegado, al zonal, al secretario político para conseguir un empleo, una beca, atención médica o funeraria según el caso.    No saben moverse solos, no saben ejercer sus derechos ciudadanos, se han acostumbrado a recibir las migajas, las limosnas, que el régimen quiere darles, las que solo se dan a miembros y activistas del partido gobernante.

Pero también, y esto es lo más grave, las élites económicas se han acostumbrado a la comunicación directa con “el o la que manda”- De esta manera obtienen exoneraciones, permisos, solvencias, atención médica privilegiada y por supuesto gratuita, a costa del INSS que pagamos todos. Basta una llamada a su contacto para que las trabas sean eliminadas por obra y gracia de ese contacto. Tampoco saben moverse solos ni saben ejercer sus derechos de ciudadanía, y sobre todo, no pueden moverse en un ambiente de competitividad. Su modelo es aquel en el cual lo importante es tener una buena comunicación con “los de arriba”, no la calidad de su producto o servicio.

Por supuesto, sus empresas desarrollan su actividad en un paraíso con sindicatos controlados. Nuevamente funciona la llamada al contacto si algún desatinado osa levantar alguna reivindicación. También los sindicatos han perdido sus derechos, los que solo son válidos en tanto sean miembros del partido.

De modo que las elites económicas se han acostumbrado a una forma de operar que algunos saben que no es correcta, pero que es funcional, y no saben si funcionaría de otra manera. Su modelo ha sido y es la ausencia de competitividad, un régimen corporativista, en donde sus privilegios están asegurados gracias a la buena relación con el gobierno de turno. Si es una dictadura, como la de Somoza o la de Ortega Murillo, eso no es relevante.   Lo importante son sus beneficios y esos están asegurados, mientras mantengan la obsecuencia acostumbrada.

La pregunta entonces es cómo, sabiendo que esto no es sostenible en el largo plazo, cuando no tenemos petróleo como Venezuela con el cual hipotecar el país y conociendo las dificultades que está atravesando Cuba, el otro referente del régimen, ¿cómo entonces, pueden continuar apostando por la continuidad de los Ortega Murillo?

A los que constituimos la gran mayoría de ciudadanos y ciudadanas que queremos continuar viviendo en este país, los que inundamos las calles en 2018, los que hemos trabajado por un futuro que siempre lo pensamos en este nuestro país, ¿vamos a permanecer impertérritos ante la pérdida de esperanza, viendo como el país se hunde, como se cae a pedazos y no levantamos la voz?

También hago la pregunta a los grandes empresarios, cuyas empresas se han forjado con el trabajo de los y las nicaragüenses ¿quieren continuar apostando por una opción que no tiene más futuro que el hundimiento del país? ¿Es eso lo que quieren heredar?  Si no es eso, la única salida es trabajar por una opción de UNIDAD que reviva la esperanza, que nos devuelva la fe en el país y en su porvenir y que en noviembre salgamos de esta dictadura, que ha demostrado que, por conservar el poder, no le importa que el país se hunda.

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