Opinion

“Lo que se hereda, no se hurta”

Lo decían los abuelos, y la situación actual de nuestro país no los desmiente.  Se ve como en un espejo, la manera de cómo se están reflejando las imágenes nada gloriosas de un pragmatismo resignado, donde el sentimiento nacional –ya no digamos el sentimiento nacionalista— no asoma con mucha frecuencia. Y cuando asoma, se nos presenta de tan bajo nivel, que a estas alturas del Siglo XXI se parece mucho al anti patriotismo conservador de finales del Siglo XIX y de comienzos del siglo anterior.

Es que frente al orteguismo, devenido en algo menos patriótico que el  liberalismo zelayista de principios de los años veinte, hay sectores de oposición que se comportan tan resignados ante la política imperial de los Estados Unidos como los conservadores de entonces, con un entreguismo inalterable, como si los cien años transcurridos fuesen de solo unos pocos días. Solo han cambiado de escenario y vestimenta, y en vez de viajar en barco desde Corinto hacia Washington, lo hacen vía aérea. Es decir, los entreguistas de hoy solo reflejan el presente en sus aspectos formales, pues en cuanto al sentido de patria, siguen envejecidos.

El orteguismo también representa parte del pasado somocista en su actuar al margen de lo constitucional, con un centralismo político familiar, en el irrespeto a las libertades públicas y los derechos humanos de los sectores populares, su enriquecimiento compartido con el gran capital, más unas fuerzas armadas al uso y manejo personal del caudillo. Pero, claro, hace lo que los Somoza jamás podrían haber hecho: disfrazarse con un fraseo revolucionario estancado. Y el discurso, los Somoza utilizaron un liberalismo trasnochado.

El orteguismo, a diferencia del somocismo, se cuelga una etiqueta revolucionaria para ser aceptado –y aunque parezca absurdo, también defendido— por países latinoamericanos con procesos revolucionarios y progresistas legítimos. Uno de los pocos hechos que los diferencian, es que los Somoza eran aceptados por las dictaduras latinoamericanas porque también eran “made in USA”, como era el sello original de su propia dictadura. Pero, en nuestro país, y con permiso de Perogrullo,”el orden de los factores no altera el producto”.

Menos alterada, aparece la conducta de los opositores de hoy, un calco de la conducta de los opositores de ayer: antes contra el somocismo, como ahora contra el orteguismo, ceden lo principal de sus responsabilidades, de sus acciones políticas obligatorias y cifran sus esperanzas, en las decisiones de los gobiernos de los Estados Unidos. Ayer las Notas Knox, hoy las Nica-Act y la ley Magnisky, y siempre rehuyendo el contacto y la movilización con el pueblo por temor a sus iniciativas y las demandas en pro de sus intereses, jamás coincidentes con los suyos.

Por eso, también marginan a los pocos partidos o movimientos que no comparten todos sus puntos de vistas de su pro yanquismo y aún demuestran cierto pudor para no caer abiertamente en el pragmatismo resignado, pero coinciden con la derecha y el discurso yanqui –entre otras cosas— contra el proceso venezolano. De todos modos, con actitudes medio-todo y medio-nada tampoco se liberan de  culpas ante el pueblo, aunque por eso no dejan de ser rechazados por la derecha pura y dura.

Lo lamentable de todo esto, sigue siendo la postergación de la unidad democrática, viendo hacia adentro, cambiando estilos en sus acciones políticas y escogiendo mejor a los aliados políticos, los que –para ser confiables— deberán tener mayor acercamiento y apoyo a los movimientos sociales, pero sin pretensiones hegemonistas, sino con el compromiso abierto y siempre teniendo en cuenta los interese s nacionales por encima de ambiciones de grupos.

Ha sido tan distinta la ruta seguida tras la unidad popular patriótica, que los políticos y analistas políticos de la derecha han sido renuentes a criticar y menos a buscar cómo atraerse o ganarse para sus posiciones políticas a los representantes de los empresarios de su propia clase. Al contrario, han sido pasivos y a veces tímidamente críticos frente ellos, desde que el Cosep –su representación orgánica más activa— se convirtió en el mejor aliado de Daniel Ortega. Apenas, algunas veces, le señalan al Cosep su complicidad con la demolición de la institucionalidad a cambio de obtener privilegios económicos de parte del gobierno orteguista.

Pero tan conscientes de su papel ante Ortega está el Cosep, que ni siquiera asimila la actuación de su antecesor orgánico y de clase –el Cosip y luego Cosep de los años 70— que manifestaron sus contracciones con Somoza y después su ruptura con él, pese a que, en apariencia, con este tenían más afinidad de clase que con Ortega. Así es el poder de los intereses de clase ante las cuestiones políticas.

En conclusión, los opositores burgueses y pequeñoburgueses dominantes en la oposición actual, están demostrando estar un poco más rezagados que los del pasado, en cuanto a su dependencia ante la política exterior de los Estados Unidos.


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