Opinion

Lecciones de nuestra historia: Las crisis de sucesión

La ética, los valores, la gobernabilidad democrática en Nicaragua, y la generación del cambio

Esta conferencia se basa en una reflexión apretada sobre la historia de Nicaragua, historia, que no por ser historia, deja de ser y estar presente, porque cada uno de los acontecimientos y figuras de nuestro pasado, tienen su parangón en la actualidad.

A finales del Siglo XVIII, principios del XIX, en los albores de la independencia de la América española, sus pobladores se sentían abrumados por los temores de perder la protección imperial, y se preguntaban, ¿serían ellos capaces de gobernarse sin los mandos de la benevolente y juiciosa autoridad real?

Por trecientos años, en el afán centralista de los Habsburgo o de los Borbones, todas las decisiones concernientes a la gobernación de las Colonias de Ultramar, las tomaba el Consejo del Soberano, independientemente de si se trataban del esplendoroso Virreinato del Perú, o de la modesta Audiencia de los Confines.

Las nuevas repúblicas hace 200 años

La respuesta de los criollos a los temores de la orfandad imperial y del gobierno propio, fue lo que se conocía en esos entonces como el “arte científico” del buen gobierno.

Tal como fue el caso con los Estados Unidos de Norte América, se trataba de elaborar una constitución, convencidos que un código formal enraizado en la filosofía política de la Iluminación llevaría al buen gobierno, garantizándoles a los fundadores de las nuevas repúblicas, que tendrían orden sin tiranía y libertad sin anarquía.

En estas nuevas repúblicas, incluyendo en las Provincias Unidas de Centroamérica, y por supuesto, en el Estado de Nicaragua, sus notable se abocaron a redactar constituciones,

unas liberales, otras conservadoras, pero todas inspiradas de una forma u otra en la estadounidense, y con el propósito de que les sirviesen de guía para formar como decían los antiguos: “gobiernos de leyes y no de hombres”.

En la gran mayoría de los casos, nuestras primeras constituciones no perduraron, fueron descartadas por nuevas constituciones, o modificadas constantemente, con el propósito siempre de acomodar los caprichos de esas figuras que serían conocidas como los caudillos

(los remedos del rey), quienes pretendían personalizar el poder público, y de igual modo que los monarcas de otrora, actuar soberanamente.

Pero, con lo que no contaban los fundadores de las nuevas repúblicas, era con la

impronta colonial.

Es decir, tres siglos de gobiernos basados en la lealtad y en la obediencia absoluta a la figura del Soberano, quien, a su vez, promovía la desconfianza entre sus súbditos americanos, acentuando sus temores y sus diferencias, “echándolos a pelear”, hundiéndolos en una permanente maraña de pequeñas intrigas, en las que todos trataban de demostrarle al Soberano su “lealtad sin ejemplo”, y obtener de su Magnificencia algún favor, un puesto, una licencia comercial, un emblema de honor.

El método de gobierno sigiloso y divisivo de la Corona quedó plasmado claramente en una de las Ordenanzas Reales de finales del Siglo XVIII: “Remitidme vuestros pareceres secretos y os prometo que no tendrán que ofrecer pruebas judiciales y extrajudiciales”.

En el Reino de Guatemala, hoy Centro América, los pleitos eran innumerables, entre guatemaltecos y los llamados provincianos, entre una provincia y la otra, entre ciudad Guatemala y Quetzaltenango, entre San Salvador y San Miguel, entre Tegucigalpa y Comayagua, entre Cartago y San José, entre León y Granada.

 La desconfianza, las guerras fratricidas, y William Walker

Y los pleitos se multiplicaban al interior de cada ciudad. Las familias del “centro”, quienes eran los pretendientes de una descendencia de “puro y limpio linaje” como lo confirmaban sus blasones, se peleaban con los capitanes de barrios, quienes, a su vez, igual que las familias del centro, se peleaban entre ellos.

Ante semejante impronta colonial, nuestros magníficos edificios legales de los primeros años de nuestra independencia sucumbieron, y caímos en ese péndulo perverso entre anarquía y tiranía.

Nuestras guerras fueron de una gran crueldad, manifestaciones de odios ancestrales, trasmitidos de una generación a otra, los que nos hacían vivir atrapados en los resentimientos del pasado, evitando que pudiésemos avanzar hacia un mejor futuro, despedazándonos entre nosotros, igual a como lo hacíamos durante la colonia eterna, pero esta vez, sin el árbitro todopoderoso del Soberano que contuviese nuestra violencia.

Y los nicaragüenses de entonces nos mirábamos con tanta desconfianza, que apenas confiábamos en los miembros más inmediatos de nuestras familias, siempre temerosos del “alacrán en la camisa”, prefiriendo depositar nuestra confianza en los extranjeros.

El Jefe de Estado, Manuel De la Cerda, en una de nuestras primeras guerras fratricidas, le confió el mando de su soldadesca a un personaje recién llegado de Guayaquil, con otro extranjero como su segundo, igual a como lo habían hecho los señores de León en otro de nuestros primeros conflictos, cuando les dieron el mando de sus fuerzas a Juan Salas, un peruano cuya actividad en Chinandega era una tienda de sombreros, y de quien, “sólo se sabía lo que el mismo contaba”, según frase lapidaria de José Coronel Urtecho.

De allí, que no nos debe sorprender la llegada de W. Walker a Nicaragua, y que, en el proceso de convertirse en el poder dominante de nuestro país, hubiese gozado (lamentablemente) del apoyo de una gran parte de nuestra población.

Durante la presencia de Walker en Nicaragua, hay dos episodios que dicen mucho de lo que he querido resaltar, y tienen que ver con la figura del general granadino, Ponciano Corral.

Encarcelado por Walker y acusado de “traición”, se le dio a Corral la opción de ser juzgado por sus compatriotas o por los oficiales del ejército del estadounidense.  Don Ponciano prefirió ser juzgado por los extranjeros. El día de su fusilamiento, W. Walker miraba el espectáculo desde el balcón de una de las pocas casas granadinas de dos pisos, y al lado de él, lo acompañaba como testigo del fusilamiento, Máximo Jerez, uno de los contrincantes de Ponciano Corral, el otro protagonista nicaragüense de esta historia.

El trauma de la Guerra Nacional y la república conservadora

El trauma de la Guerra Nacional y varias décadas de conflictos y destrucción, le trajeron a Nicaragua 8 años consecutivos de paz, pero estos fueron posibles sobre las bases del general victorioso, Tomás Martínez, el hombre fuerte, el caudillo, el remedo del rey.

Es cierto que el general Martínez ejerció el poder con ciertas condescendencias por las formas republicanas, pero se reeligió de inmediato para un segundo periodo presidencial, en contra de los mandatos de la Constitución de 1858, y cuando llegó el momento de una segunda sucesión, optó por seguir mandando, pero por medio de Fernando Guzmán, el tío de su esposa, para después, según Martínez, volver a ejercer el mando por tercera vez.

Sin embargo, Guzmán mantuvo su compromiso ético con los emergentes valores republícanos, y se vio obligado a enfrentarse militarmente a las fuerzas combinadas de los dos grandes caudillos de la política nicaragüense de entonces, Tomás Martínez, por el Partido Conservador, y Máximo Jerez por el Partido Liberal, derrotándolos milagrosamente en el campo de batalla.

Lo notable de Fernando Guzmán no fue su proeza militar, sino más bien lo que hizo posteriormente, cuando gobernó de acuerdo con las normas constitucionales, velando por la fluidez de la sucesión presidencial, sin ninguna pretensión de reelegirse, aunque la constitución se lo permitía después de un periodo de haber concluido el suyo, y menos aún, de insistir en que un familiar lo sustituyese en el cargo.

Fernando Guzmán supo dejar el escenario — se supo ir — y con su comportamiento les demostró a sus compatriotas que hay momentos en la vida de una nación, que un sólo individuo, imbuido en los valores democráticos, puede ser un gobernante transformador, sobre todo, cuando su buen ejemplo les sirve de referencia a los que le siguen, como fue el caso con los cinco presidentes que les siguieron en el cargo, y sobre la base de esos años de estabilidad institucional, el país desarrollo su infraestructura ferroviaria y sus fuerzas productivas.

Sus sucesores continuaron ampliando el círculo de confianza entre los nicaragüenses que inició Guzmán, seguros de que los que vendrían respetarían la integridad de las normas que regulan la conducta de aquellos que administran la cosa pública.

En una sociedad en la que no prevalece la confianza entre sus miembros, hay carencia de capital social, no hay respeto por los derechos del otro, y todo es arrebato. En el poder y en el mando, lo que importa es quién tiene la garra más atrevida. El respeto esencial por la dignidad humana se esfuma.

Ante esta situación, una sola generación de valores ciudadanos compartidos no es suficiente. Esos buenos valores se tienen que trasmitir a las sucesivas generaciones, puesto que sin estos valores no hay resguardos que protejan la normativa democrática. Por un lado, se necesita de gobernantes respetuosos de los principios que sostienen la democracia, y por el otro lado, se requieren buenos ciudadanos para que los gobiernos que se rigen por las leyes perduren, y se consagre la soberanía popular, la cual es puesta en práctica cuando esos mismos ciudadanos pueden elegir y controlar a sus gobernantes.

De allí que no puede haber gobernabilidad democrática, sin ciudadanos éticos, sin ciudadanos que se respeten, y que confíen entre sí, que reconozcan el rol que cada uno de nosotros tiene en la vida en comunidad.

Los caudillos: Zelaya, Somoza, y Ortega 

La ruptura de sucesiones presidenciales ordenadas, y la incapacidad de esa generación de nicaragüenses de la segunda mitad del Siglo XIX de trasmitirles sus valores republicanos y democráticos a las nuevas generaciones, fue lo que nos llevó a vivir por 17 años bajo los mandos de la formidable autocracia militar del General José Santos Zelaya (1893-1909), quien aprovechó la impaciencia de las nuevas generaciones con la marcha lenta hacia el progreso, para justificar su poder absoluto, devaluando la separación entre los Poderes del Estado, como si esto fuese un ardid fraguado por las viejas elites para detener los cambios que Nicaragua tanto requería.

Entre la autocracia de Zelaya y el régimen dinástico de los Somoza, Nicaragua se sumió en guerras civiles, a las que les siguieron gobiernos débiles, amenazados por generales impacientes por su turno de gobernar, todo lo cual justificó las ocupaciones militares de los Estados Unidos, el nuevo arbitro de nuestras desavenencias, con su legación en Managua pretendiendo micro-administrar nuestros asuntos, en medio de las luchas guerrilleras, acuerdos de paz incumplidos, asesinatos políticos, y golpes militares.

Para entonces, había pasado medio siglo durante el cual las normativas republicanas y democráticas servían solamente de fachada, en el mejor de los casos una aspiración lejana, con una ciudadanía que en su gran mayoría mostraba escepticismo con nuestra capacidad como agregado social para sostener prácticas democráticas, llevando a algunos de nuestros estudiosos a referirse a Nicaragua como el “país de los irredentos”, como si nuestro carácter nacional fuese defectuoso, incapaces del autogobierno.

El ejemplo de Guzmán, lo habíamos olvidado por completo.

El primer Somoza fue otro remedo del rey, el más exitoso de todos hasta ese momento, y fue capaz de trasmitirle el mando a sus hijos, los que gobernaron como él, exigiendo lealtad absoluta de sus seguidores, pero a su vez, “echándolos a pelear”, alentando las rivalidades entre las familias de notables somocistas, promoviendo la desconfianza y la fragmentación en su propia tribu, siempre disponibles para escuchar “vuestros pareceres secretos”, prometiéndoles como Carlos IV a finales del Siglo XVIII, “que no tendrán que ofrecer pruebas judiciales y extrajudiciales”.

Hasta el propio Frente Sandinista, un partido con cuadros formados sobre la base de un marco ideológico, con una estructura propia del centralismo democrático de la doctrina leninista, y cuya justificación de representar la vanguardia revolucionaria descansaba en su agenda de transformación social, y en su martirologio, en sus exiliados, en sus encarcelados, en sus torturados, en sus muertos, terminó sucumbiendo a la impronta colonial.

Con los años, el Frente Sandinista se transformó de partido en aparato, y su Dirección Nacional fue sustituida por el mando absoluto de Daniel Ortega, quien dejó de ser un marxista institucional para transformarse en otro caudillo, igual que el general Emiliano Chamorro, quien solía decir que el Partido Conservador era él, despojándose en el proceso, de la gran mayoría de sus compañeros de militancia histórica (que durante la Revolución Sandinista no mostraron ninguna simpatía por la democracia), para ejercer el mando por medio de su familia inmediata.

Y del mismo modo que lo han hecho todos los remedos del rey, Daniel Ortega concentró el poder en su persona, como un monarca absoluto del Siglo XVI, mientras se encargó de promover la desconfianza entre nosotros los nicaragüenses, obreros, profesionales, campesinos, estudiantes, empresarios, tratando de dividirnos en clanes en pugnas, sin sentido de comunidad, una comunidad a la cual todos debemos pertenecer, con un destino compartido, y con una visión clara de lo que es el interés nacional.

 La sucesión de mando: el Talón de Aquiles

Es cierto, hemos tenidos aciertos en estos últimos años, como fueron los paréntesis de buena gobernanza de doña Violeta y de don Enrique, pero necesitamos una generación entera de gobernantes que sepan dejar el escenario — que se sepan ir — cuando les llegue el turno de irse. Pero como he venido remarcando, la sucesión de mando ha sido el Talón de Aquiles durante la mayor parte de nuestra historia, y en la mayoría de las ocasiones han terminado en violencia, en la muerte de nuestros conciudadanos, en involución económica, en más pobreza, en la profundización de nuestros resentimientos y odios.

Qué paradoja, que cuando en nuestra región la democracia está en crisis, incluyendo en países donde creíamos que estaba consolidada, en Nicaragua,  la democracia nunca ha gozado de tanto apoyo en nuestros conciudadanos, entusiasmados por una generación de jóvenes que representa la generación del cambio, pero no  porque han sufrido toda clase de vejámenes, sino más bien, porque no se han dejado seducir por la figura del remedo del rey,  porque llevan en su corazón los  “hábitos de la democracia”, convencidos de la transferencia pacífica del mando presidencial sobre la base de la normativa constitucional y de elecciones libres y transparentes.

En septiembre del 2011, en un ensayo que prepare para FUNIDES advertía del peligro recurrente en nuestra historia, de que Ortega no se supiese ir, puesto que se consideraba, tal como lo escribí en esa ocasión, el “indispensable”, renuente a dejar de serlo, dispuesto a quedarse en el mando hasta que su astucia se lo permitiese.

Esta advertencia la he venido repitiendo desde entonces, en diferentes ámbitos de discusión, en los salones de clases, en mis conversaciones con mis compatriotas, sin importar sus preferencias partidarias o doctrinarias.

Tantas son las lecciones de nuestra historia de las terribles consecuencias de gobernantes que no se saben ir, sobre todo, cuando carecen de la legitimidad de origen, y su permanencia en el poder descansa principalmente en la coerción.

Hoy, en Nicaragua, hay una multitud de ciudadanos que no cesarán en su reclamo del “sufragio efectivo”, amparados en la Resolución emitida por la Asamblea General de la OEA del 21 de octubre del 2020, la que manda a que se procedan con reformas electorales para este próximo mes de mayo, con el fin de garantizarnos elecciones libres y transparentes.

Así que este es el momento de recordar la promesa incrustada en nuestra propia historia, de recordar a Guzmán, de dar ese primer paso, sin animo de permanencia o de que la sucesión sea a través de un familiar, como si fuese cuestión de privilegio genético. De lo que se trata es de consolidar esta generación del cambio, conscientes de que nos tocará a cada uno de nosotros de cuidar el jardín de los valores democráticos.

Quiero concluir esta conferencia con una reflexión que le escuche a un buen amigo, y que he citado en otras ocasiones, puesto que me caló profundamente, y que tiene que ver con ese sentido de comunidad en la que merecemos vivir, liberados de la asfixia de ese rincón oscuro en el que nos hemos visto confinados durante gran parte de nuestra vida independiente. Él dijo, yo aspiro “a que los nicaragüenses seamos capaces de sentarnos en una mesa común, donde alcancen todos sin excluir a nadie. Y donde el pobre tenga el lugar central”.

*Profesor Pleno INCAE. Conferencia magistral preparada para el diplomado de ética y gobernanza Universidad Católica Juan Pablo II; 25 enero 2021.


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