Opinion

La precariedad de la victoria de Biden

Biden ganó el voto popular, pero el electorado estadounidense sigue profundamente dividido, por lo cual, le costará ejercer el poder ejecutivo.

CHICAGO – Joe Biden sobrevivió una campaña electoral agotadora y una elección electrizante. Todavía tiene que eludir los obstáculos legales que le pondrá el equipo de campaña del presidente Donald Trump. Aunque lo más probable es que el 20 de enero de 2021 se instale en la Casa Blanca, una vez allí se preguntará si el premio que tanto tiempo buscó no será un cáliz envenenado.

Al asumir el cargo, el presidente Biden se encontrará con un malestar económico generalizado, la escalada estacional de una pandemia mortal y un entorno internacional despiadado. Son desafíos que pondrían a prueba al más talentoso de los dirigentes. Pero a estos obstáculos hay que sumar un gobierno dividido, un poder judicial hostil, una burocracia federal debilitada y la persistencia del populismo trumpista dentro de la opinión pública.

En otros tiempos, un presidente recién electo podía esperar algo de cooperación del partido opositor en la aprobación de leyes. Pero Biden no puede aspirar a nada parecido. La representación republicana en el Congreso ha superado con creces los pronósticos electorales, y no verá razón para hacer concesiones. Si los republicanos conservan la mayoría en el Senado, podrán y querrán debilitar al gobierno de Biden, con el objetivo de crear condiciones para una contrarreacción antidemócrata en la elección intermedia de 2022. Los proyectos de ley progresistas nacerán muertos, y no se introducirán imperiosas reformas constitucionales en relación con el Colegio Electoral, las leyes electorales y la presidencia. Es probable que los estadounidenses tengan que soportar esporádicos «cierres» de la administración pública, en medio de una guerra civil fría que perpetuará un statu quo de parálisis, y eso en el mejor de los casos.

Además, los republicanos obstaculizarán desde el Senado muchas de las designaciones de Biden. Probablemente no le impedirán cubrir la secretaría de Estado o la fiscalía general, pero se asegurarán de dificultarle la ocupación de otras vacantes en el ejecutivo. Y visto que sus tácticas despiadadas en lo referido a las designaciones judiciales no les reportaron un castigo en las urnas, trabarán y demorarán la confirmación de jueces federales.

Biden enfrentará obstáculos formidables incluso si los demócratas obtienen la mayoría en el Senado. Con la confirmación de Amy Coney Barrett una semana antes de la elección, los republicanos tendrán una mayoría de 6 a 3 en una Corte Suprema que ya venía siendo la más conservadora desde los años treinta. La Corte actual seguirá desgastando los cimientos jurídicos de las agencias regulatorias estadounidenses y defendiendo valores sociales conservadores, como ha hecho durante las últimas dos décadas. Incluso si Biden consigue sortear la división del Congreso para que se aprueben leyes progresistas, todavía estará expuesto a que las anule la Corte. De hecho, es posible que el tribunal supremo le dé el golpe mortal a la Ley de Atención Médica Accesible, el logro emblemático del anterior jefe de Biden, Barack Obama.

Con un ejecutivo en el que probablemente habrá puestos sin cubrir, y un poder judicial hostil, a Biden le costará ejercer el poder ejecutivo. Durante la era Trump, las agencias federales han perdido entusiasmo (y personal cualificado) y lo más probable es que les lleve mucho tiempo reorganizarse. Las despobladas agencias tardarán en deshacer el daño hecho por Trump a la regulación medioambiental, sanitaria y de protección de los trabajadores, y todos sus intentos chocarán con los cuestionamientos jurídicos de jueces federales designados por los republicanos (y en particular por Trump).

Asimismo, la Corte pondrá paños fríos al uso ambicioso del poder regulatorio y ejecutivo para reformar el sistema inmigratorio o enfrentar el cambio climático (según el modelo iniciado por Obama). Aunque Biden heredará bastante autoridad legal para tomar medidas contra la pandemia, los jueces designados por Trump opondrán resistencia cuando esa autoridad entre en conflicto con la libertad religiosa y los derechos de propiedad (como ya han hecho ante medidas similares de los gobernadores).

Finalmente, está la difícil cuestión de la opinión pública. Biden ganó el voto popular, pero el electorado estadounidense sigue profundamente dividido. Aunque Trump no logrará que los tribunales validen sus acusaciones de fraude electoral, es probable que sus intentos de convencer a los votantes republicanos de que los demócratas se robaron la elección tengan efecto duradero. Si logra que suficientes votantes piensen que el resultado es ilegítimo, a Biden le costará todavía más conseguir el apoyo de republicanos desafectos y sus representantes electos para sus políticas. Además, tendrá que vérselas con una coalición demócrata inestable, que puede explotar en cualquier momento dando lugar a una batalla entre izquierdistas, moderados y antitrumpistas independientes.

Por todos estos motivos, Biden no contará con el beneficio de la tradicional luna de miel que otros presidentes recién electos han disfrutado. Se presentó como un unificador, pero igual que Obama antes de él, pronto aprenderá que no se puede ganar el corazón de quien te desprecia.

Dicho eso, la derrota de Trump es un triunfo para la democracia estadounidense. Trump ha sido el presidente más divisivo y destructivo en tiempos modernos. Su incapacidad para obtener un segundo mandato (a pesar de contar con las muchas ventajas de un presidente en ejercicio) transmitirá a políticos ambiciosos el mensaje de que el populismo y la demagogia no son la llave de la victoria. Aunque más no sea por eso este es un momento para disfrutarlo.

* Este texto fue publicado originalmente en Project Syndicate. Traducción: Esteban Flamini


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