Opinion

La peste modificó nuestras costumbres

En Nicaragua las cifras presentadas por las autoridades sanitarias tienen poca credibilidad. No hay rectificación

La peste modificó de manera abrupta nuestras costumbres, su carácter contagioso y su naturaleza implacable con las personas de la tercera edad y enfermedades crónicas, ha provocado medidas que limitan el movimiento de los seres humanos. Enclaustrarse es la opción recomendada. Las disposiciones adoptadas para evitar su expansión, produjeron cierre de fronteras, parálisis de algunas actividades económicas, quiebra de empresas, cancelación de vuelos aéreos, detenciones, multas, entierros clandestinos, restricciones en las relaciones sexuales, fidelidad entre las parejas, incineraciones masivas, fracturas de negocios e impedimento para asistir a parques y plazas.

Muchos Gobiernos mantienen restricciones para salir de noche, lo que supone un toque de queda. Las calles han quedado desoladas. Las tomas televisivas expuestas por canales internaciones de Madrid, Roma, Paris, Berlín, Nueva York, Miami, San Francisco, Los Ángeles, presentan un paisaje surrealista. Time Square perdió glamour. Las luces hipotecaron su brillo. Nueva York, la ciudad que nunca duerme, entró en un obligado letargo. La ciudad perdió su embrujo. El rápido crecimiento del número de muertos obligó a imponer duras prohibiciones. La Tour Eiffel lucía íngrima. París dejó de ser una fiesta. El duelo determina el ritmo de las ciudades.

En Michigan, el alcalde Duane Perry, emitió una orden ejecutiva declarando “emergencia de desastre local”. La prohibición iba de diez de la noche a cinco de la mañana. Para contener la propagación, decretó que las personas que llegasen a la ciudad por cualquier motivo, debían permanecer en cuarentena por 14 días. El terror paralizó los ánimos. La incertidumbre se volvió contagiosa como el virus. Niza se vio obligada a imponer toque de queda. La reacción de Enmanuel Macron fue condescendiente. En Mónaco el Príncipe Alberto optó por medidas similares. Los comercios no podían atender a nadie después de las 10 de la noche.

La desobediencia cuesta plata, las multas a los infractores son cuantiosas. En Mónaco ascienden a 200 euros. En Murcia, España, la multa por salir sin guantes ni mascarillas es de 300 euros. La nicaragüense Gisselle González, se aventuró a salir a la calle contraviniendo la ordenanza. La policía, que toma muy en serio su trabajo, le impuso una multa de 300 euros por su atrevimiento. La imperturbable Suiza decidió imponer once multas distintas para las personas que no cumplan las disposiciones gubernamentales. Las multas son un disuasivo convincente. A nadie gusta que le metan la mano en los bolsillos. Aun así, muchos se atreven a salir a la calle.

En la provincia de Guaya, Ecuador, la peste entró con furia, las autoridades recogieron 520 cadáveres en un solo día. El cuadro era aterrador. Los expertos calculan que el número de fallecidos fue mayor. Distribuyeron 2000 ataúdes de cartón, una práctica a la que Ecuador había recurrido con el terremoto de 2016. Bolsonaro—quien afirmó que el virus “era una gripita”— permanece bajo tratamiento, por desoír a médicos y especialistas. La displicencia con que actuó llevó a que Brasil se convirtiese en el segundo país con más decesos y contagiados en el mundo. En un gesto altruista, Alemania recibió pacientes franceses para descongestionar los hospitales galos.

En Nicaragua las cifras presentadas por las autoridades sanitarias tienen poca credibilidad. La tardanza para informar y la manera como procede el personal de salud en sus comparecencias para dar a conocer el número de muertos y contagiados, resta confianza a la información oficial. El Observatorio Ciudadano reporta 2,225 muertos asociados al coronavirus. La cifra que ofrecen es 24 veces superior al conteo del Ministerio de Salud (Minsa). El gobierno solo admite 99 muertes y registra 2,682 casos positivos, en el período comprendido hasta el 14 de julio 2020. El discurso gubernamental hace crisis. No hay rectificación. Una mala señal.

Otro cambio drástico impuesto por la pese ha sido en la celebración de entierros. Un cambio radical, muchos se realizan por las noches. La cantidad real de muertos sigue siendo una incógnita en Nicaragua. Las fotográficas en los cementerios se toman a distancia o bien cuando el féretro viaja camino al camposanto. Los deudos no pueden acompañar a sus muertos. Los entierros ocurren en absoluta soledad. La posibilidad del contagio limita la presencia de familiares y amigos. La disposición gubernamental es tajante. Los entierros de fallecidos por el virus deben realizarse de inmediato. El dolor y la desolación resulta mucho mayor. No hay un último adiós.

Una advertencia de la Organización Mundial de la Salud (OMS), está vinculada con las relaciones sexuales y afectivas. Llama poderosamente la atención. La peste impone nuevas formas de relación amorosa. Como resultado del distanciamiento social, las parejas recién conocidas deben abstenerse de besarse. La peste se propaga a través de la saliva. ¿Qué sensación tendrán los jóvenes al tocar a sus novias con las manos enguantadas? La peste viene a ser una variación del Sida, nada más que de otra magnitud. La libertad sexual tiende a desaparecer. Los riesgos de hacer el amor en tiempos de pandemia pueden ser mortales. No deben acostarse con desconocidos.

El encerramiento opera como ferviente aliado de la fidelidad, quedarse en casa evita dolores de cabeza y quebrantamientos amorosos. Nunca como ahora los esposos disfrutan tanto tiempo juntos. Las video llamadas hots son un sucedáneo para suplir el encuentro físico entre parejas. Las redes han puesto de moda el sexo virtual. Se practican encuentros amorosos a distancia, sin la presencia real de los novios. Otros ven justificada su atracción por las muñecas sexuales. Los memes son cáusticos. Se burlan de los casados. Con la inclinación de los nicaragüenses por hacer bromas ante las vicisitudes, alegan que por ahora no hay cuernos ni hijos fuera de matrimonio.

Los memes son un divertimento para burlar el encierro, mujeres y hombres aparecen acicalándose. Lo hacen para paliar la desdicha. El humor siempre ha sido un recurso para enfrentar la nostalgia y sortear la muerte. A falta de pan, buenas son tortillas. Mujeres y hombres airean su desgracia. Los vemos muy elegantes ir por la cocina, se trasladan a la sala, abren el refrigerador, se asoman a las ventanas, encienden el televisor, llaman por teléfono, etc. Aparecen divirtiéndose y divirtiéndonos con sus ocurrencias. ¡Qué no panda el cúnico! Detrás del ingenio, ante la imposibilidad de asistir a fiestas, tragos, comidas, bailes, muestran ansias por salir de farra.

Los deseos de libertad son mayores para algunos que el desafío que impone contagiarse o morirse por no tomar precauciones. En España y Florida, con la desescalada, saltó de nuevo el contagio. Muchas personas se lanzaron a bares y playas creyendo que todo era cosa del pasado. ¡Viva la vida! El rebrote obligó a dar marcha atrás. Las autoridades reconsideraron la medida. Contagio y muerte van de la mano. Daban la peste por desaparecida. Olvidaron que trata de un virus recidivo. Mientras no llegue la vacuna las probabilidades de volver a contagiarse subsisten. Su fabricación nos mantiene expectantes. Existe el peligro que los países ricos la acaparen.

En Nicaragua no se han tomado las medidas señaladas, la conducta de los gobernantes ha sido zigzagueante. Siguen estimulando los contactos masivos. Promueven fiestas, marchas políticas, actos cultuales, competencias motociclísticas, etc., a pesar que la peste no cede. El único cambio destacable fue la cancelación del repliegue. La celebración del 19 de julio 2020, se canceló por razones políticas más que sanitarias. Mandatarios de distintos países no son partidarios de celebraciones físicas de ningún tipo. Menos que atiendan invitaciones para asistir a eventos políticos fuera de su territorio. Orientaron concertar la celebración con actividades virtuales.

Existen muchísimos nicaragüenses que, desafiando reglas y prohibiciones, viven como si nada pasara en su entorno. Nada les perturba el sueño. Por las noches los managuas salen a divertirse. A bailar y echarse tragos. Los bares comienzan a poblarse desde las ocho de la noche. No quieren interrumpir su alegría. El encierro resulta más grave que la enfermedad. Los reportajes televisivos y los registros fotográficos en diversos medios de comunicación, testimonian de manera elocuente que no están dispuestos a transigir con nada que limite su diversión. Son los dueños de la noche. Contra todo pronóstico, desean vivir sin alterar la marcha de sus vidas. Eros contra Tánatos.


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