Opinion

La noche de los alfileres

Santiago Roncagliolo ratifica su condición de escritor compulsivo de ensayos y ficciones.

A menos de dos años de distancia, Santiago Roncagliolo ratifica su condición de escritor compulsivo de ensayos y ficciones. Se ha entregado a escribir con pasión desbordante. No cesa de hacerlo. Si tomamos como punto de partida Memorias de una dama, (2009), obra que complementa a su manera La fiesta del Chivo (2000), de su coterráneo Mario Vargas Llosa, comprobamos que ha hecho de la escritura una fiesta compartida. Los lectores somos los grandes favorecidos. Un año después escribió Tan cerca de la vida (2010), publicó de manera consecutiva Óscar y las mujeres (2013) y La pena máxima (2014). No incluyo en este breve repaso sus primeras novelas, ni los ensayos y cuentos publicados en 2012. En términos aritméticos solo dejó de publicar en 2011 y 2015. Eso no supone que haya dejado de escribir. En el segundo mes del presente año apareció La noche de los alfileres (Alfaguara, 2016), novela que confirma su maestría en el manejo del thriller y el suspense.

Conocedor del éxito unánime alcanzado con Abril Rojo, obra con que ganó el Premio Alfaguara de novela 2006 y el Independent Foreign Fiction Prize 2011, trae de regreso a Félix Chacaltana Saldívar (La pena máxima), el antihéroe que siempre está donde no debería estar. La novela viene intercalada con la narración de los juegos en que participa el onceno peruano, durante el Copa Mundial de Futbol 1978. Los milicos argentinos obtuvieron la sede. Con esta obra, Roncagliolo reafirma la tesis que sus creaciones deben tener como contexto la historia político- militar del Perú. El sentimiento de supeditación a leyes y mandatos, conduce indirectamente a Chacaltana a colaborar con los militares, en la desaparición y muerte de varios militantes de izquierda. Obsesivo, descubre al autor del asesinato de su amigo Joaquín Calvo. La noche de los alfileres testimonia su capacidad para establecer una atmósfera irrespirable, en la que cuatro adolescentes juegan a ser malos.

Al determinar que cada uno cuente en primera persona la forma que participó en el secuestro y asesinato de la señorita Pringlin, le permite reiterar su propensión por el uso del micro relato. El recurso imprime celeridad a la historia. Carlos, Beto, Moco y Manu, son obligados a revivir el pasado. ¿Expiaran sus culpas? Veinte años después de guardar silencio son convocados a rememorar el drama frente a una cámara. ¿Disparate o ardid? Contar la historia de atrás para adelante despeja cualquier duda sobre el destino que espera a los autores de la tragedia. El procedimiento no resta ni disminuye el suspenso. Cuando pareciera que ha estirado la cuerda por completo, Roncagliolo hace cabriolas, reemprende y amplía el relato. La tensión crece a medida que la narración avanza. Un subterfugio probado. En Óscar y las mujeres utiliza el mismo mecanismo. En La Noche de los alfileres despliega una gran capacidad fabulatoria. Sus giros sorprendentes producen goce y perplejidad.

Los adolescentes provienen de hogares emproblemados. ¿Será esta la razón de su comportamiento con la señorita Pringlin? Su complicidad nace de la aversión que experimentan en su contra. Una profesora drástica, fría, terca y sobrada en sus desmanes. ¿La comunidad de intereses de los alumnos del colegio de varones La Inmaculada —a cargo de sacerdotes jesuitas— se debe al únicamente al despertar de su hormonas? Son propensos a exteriorizar la euforia de una sexualidad que no conoce sosiego. Sus bromas giran alrededor del sexo. Los  juegos de palabras están cargados de doble sentido. Son pajistas, con excepción de Carlos, que mantiene un romance con Pamela. Moco encuentra en la masturbación un dulce pasatiempo. No tiene reparos en sacarse la pichula en clase. Cuando se jala la pinga adquiere una concentración absoluta. El detonante surge el día que la señorita Pringlin expuso ante los alumnos sus consideraciones sobre el aparato reproductor.

Cursaban cuarto de secundaria, estaban llenos de acné y el profundo deseo de llamar la atención de sus compañeros. La edad que el esnobismo estalla. Con tal de dejar atrás el anonimato, cualquier astucia resulta válida. La señorita Pringlin—abanderada confesa de la abstinencia— insistía en la necesidad de evitar el contacto carnal. Condenaba toda forma de diversión. Aterra a los estudiantes indicándoles los riesgos de contraer sífilis. Para persuadirles les muestra una verga con un furúnculo en la cabeza. Como Beto tenía un grano a la orilla de la boca, Moco provocó risas al comentar en voz baja, que “a Beto le había dado sífilis en el labio”. Al abalanzarse sobre sus presas, el introvertido Manu rompe el silencio y pregunta en voz alta: Yo quería saber… Arma el despelote. Dotó de municiones a la señorita Pringlin. Manu deseaba que lo expulsaran del colegio. Lo había logrado en cuatro ocasiones y estaba en búsqueda de la quinta. Dispone el ánimo para conseguir su objetivo.

Roncagliolo aprovecha las intervenciones de los jóvenes para definir sus orígenes. Carlos, hijo único de una pareja que no acaba de definir su separación definitiva. Sensato. Un tanto maduro. Beto, tiene una hermana. Estudioso. Con un padre homofóbico, machista repele y odia a los homosexuales. ¿Nunca supo que tenía uno en casa? Moco proviene de un hogar feliz, se desajustó con la muerte de su madre. A su edad mantiene a su padre y a él mismo. Vende películas pornográficas. Todo lo ve a través de los ojos del cine. Manu, hijo de un teniente coronel, lo idolatra. Su padre era el mejor del mundo, había ganado en combate la Medalla al Mérito Mariscal Andrés Avelino Cáceres, por su participación en la guerra contra Ecuador en 1981. Enviado a combatir a los terrucos, cuando regresa ya no es el mismo. Una víctima más en esa guerra fratricida. En su desgracia arrastra al hijo. Manu jamás logra entenderse con su madre. La culpa por el abandono del padre.

Dispuesta a corregir la conducta de los cuatro muchachos, la señorita Pringlin asume la tarea con empecinamiento. Es dura como el acero y filosa como una cuchilla. El desafecto de sus discípulos proviene de su mal genio. En vez de percibirla como una educadora que apuesta por su bienestar académico, los muchachos la perciben como un arpía. Su rectitud la conduce hasta las casas de sus alumnos, para advertir a sus padres acerca de su mala conducta. Moco se muestra agresivo. Al enterarse de las condiciones en que vive —al lado de un alcohólico— y conocer cómo se gana la vida, la señorita Pringlin lo amenaza. Está dispuesta a separarlo de su padre. Lo desquicia. Beto advierte a Manu que la sanción impuesta por la señorita Pringlin —el día que se atrevió a formular la pregunta— no figura en los reglamentos del colegio. Carlos es descubierto teniendo sexo con Pamela. Jamás imaginó que la madre de su novia era la señorita Pringlin. Desean darle una lección. La secuestran.

El cautiverio no la amedrenta, se crece ante sus verdugos. Se comporta de manera valiente. La mantienen atada y amordazada en el sótano de su casa. En un ejercicio masoquista —mientras cada uno hace guardia por separado— le quitan la mordaza. La señorita Pringlin aprovecha para romper sus defensas. Sabe más de sus vidas que ellos de la suya. No depone su dignidad ni está dispuesta a contemporizar. Los desconcierta. No saben qué hacer. Riñen entre sí. Ante la decisión de liberarla, Moco enfurece. Asume el liderazgo. Surgen los inconvenientes. ¿Cómo salir del carro de su profesora? Beto es el único que sabe conducir. Lo hace para llamar la atención de Manu, de quien está prendidamente enamorado. Carlos vive su romance en la parte alta de la casa. Pamela le confiesa sus temores por el regreso de su madre. Carlos resuelve el dilema llevando a la práctica las enseñanzas de su madre: “Nunca abandones a alguien que te quiere”. Junto con Moco es partidario de matar a la señorita Pringlin.

El relato fluye, lejos de agotarse, el narrador nos lleva de sorpresa en sorpresa. Su imaginación se desplaza como un torrente inagotable. Introduce una nueva variante. La señorita Pringlin pasa de víctima a victimaria. Carlos es sometido por su suegra. La Browning 9mm con que deseaban matarle apunta hacia ellos. El horror a la muerte se revierte. Sienten miedo. La señorita Pringlin jala el gatillo. La pistola no dispara. Es inservible. Se enfrenta y persigue a sus antiguos captores. Los muchachos huyen como niños asustados. Al subir la escalera que conecta con la primera planta, Manu abre puerta y la golpea. La señorita Pringlin cae al vacío y se desnuca. Solo resta deshacerse del cadáver, tarea que resulta exitosa. Cinéfilo empedernido, es Moco quine los ha convocado y chantajeado. Desea documentar los hechos. Acceden a recapitular la desdicha. Roncagliolo podía alargar el drama. No obstante decide poner fin a la historia. Sus posibilidades para continuar eran infinitas.


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