Opinion

La necesidad de un nuevo feminismo en el siglo XXI

La lucha de las mujeres por la igualdad en el ámbito privado demanda un Estado democrático y mayor incidencia en la vida pública

Es un buen tiempo para reflexionar sobre el desarrollo de nuestra especie. Si comparamos los avances tecnológicos con los avances sociales, habremos de decir que mientras por un lado hemos ingresado al futuro de las máquinas inteligentes, por el otro seguimos instalados en los mismos conflictos que han asolado a la humanidad por siglos. Si bien las guerras han cambiado de estilo, no gozamos todavía de la anhelada paz mundial. Si bien hoy nos comunicamos globalmente, las comunicaciones personales y comunitarias parecen haber dado paso a la despersonalización y al aislamiento. El contacto físico está siendo sustituido rápidamente por el correo electrónico, los mensajes instantáneos y los celulares. Los flujos y reflujos de la humanidad, ese constante ir y venir entre contradicciones, está marcado por la existencia de dos mundos disímiles: el mundo rico y el mundo pobre. Hay quienes avanzan hacia el futuro y otros que permanecen aferrados a un pasado tribal, estático y anacrónico, ya sea por razones religiosas o por una miseria económica que no les permite el acceso a los recursos necesarios para insertarse en lo que consideramos progreso.

En pocos grupos humanos esta dicotomía entre pasado y futuro es más evidente que entre las mujeres. Desde los años de la liberación femenina en los sesenta hasta el presente, las mujeres hemos venido haciéndonos sentir, a tumbos y arranques, en el panorama de la humanidad. Aunque hemos dejado de ser una humanidad signada por el símbolo masculino, los roles sexuales se resisten a ceder paso a una perspectiva más equitativa. La lucha en estos últimos años parece haber abandonado la esfera de los dos sexos: masculino y femenino, para reclamar los derechos de otros géneros marginados: los gays, las lesbianas, los transexuales. Mientras se avanza en los derechos de estos, la lucha ancestral de las mujeres por su pleno reconocimiento social se ha estancado.

Photo: Alejandro Ramirez Anderson (elToque)

El magnífico feminismo que desencadenó una de las revoluciones menos reconocidas pero más fundamentales en nuestra historia universal, se ha quedado rezagado y su debate ha dejado los asuntos de fondo para concentrarse en reivindicaciones puntuales. El derecho al aborto, importante como es, ha pasado a ser –involuntariamente, me parece- el eje definitorio del feminismo moderno. Estar a favor del aborto es lo que identifica ahora a las mujeres feministas de las que no lo son. Esa mirada reduccionista y limitada, pero capaz de encender y agitar los ánimos ha forzado al feminismo a atrincherarse y a asumir un discurso que, en la mayoría de los casos, carece de atractivo para las mujeres jóvenes. Nacidas con las ventajas con las que sus madres, con sus batallas desmesuradas e incansables, las proveyeron, las mujeres jóvenes, en su mayoría, no se sienten, ni se identifican con el feminismo. Más bien son presas fáciles de los discursos conservadores que satanizan el deseo de las mujeres de desarrollar al máximo su potencial, advirtiéndoles sobre el daño que su ausencia del hogar representará, no solo para sus hijos, sino para sus propios deseos de amar y ser amada. Es así que hoy la mujer moderna reivindica sin problemas su derecho a la más superior y exquisita educación, pero no parpadea cuando se trata de archivar sus títulos y conocimientos para dedicarse a ser madre de familia. Al contrario, hay quienes renuncian al mundo público con una actitud incluso desafiante, convirtiendo el regreso al hogar y al rol tradicional en una especie de grito de guerra.

¿Dónde quedaron los planteamientos sobre la necesidad del equilibrio?, se pregunta uno. ¿Pueden acaso cambiar las relaciones sociales si las mujeres no nos encargamos de empezar por hacerle ver al hombre que el primer “pueblo”, la primera justicia por la que tiene que luchar es la que les compete directamente, o sea la que debe existir en el seno de su propia familia? ¿Por qué tiene que ser la mujer la que asuma casi por completo la responsabilidad por los hijos si el hombre también los engendra y también se enriquecería como persona integral si se involucrara en su cuido? ¿Cuánto bien no le haría al macho suavizar su testosterona con unas gotas de ternura maternal arrullando a sus hijos, cambiándoles pañales, dándoles de comer?  Pero estas tareas, para el hombre, siguen siendo excepcionales. Los que las realizan lo hacen con la conciencia de que no les competen propiamente, lo hacen para demostrar cuán buenos son y como “ayudan” a sus esposas. La mayoría de las sociedades actuales, a excepción quizás de las escandinavas, aceptan la división del trabajo ancestral entre hombres y mujeres como un hecho inamovible, como un hecho natural.  Paradójicamente, en esas sociedades escandinavas a que me refería, esta situación ha cambiado porque las mujeres, presentes en la política en números inconcebibles en otros países, han forzado el cambio de mentalidad. Al nacer un niño, por ejemplo, a la pareja se le concede un año de licencia: seis meses para la mujer y seis meses para el hombre. El compromiso de cuidar a los hijos pasa a ser inherente así a la paternidad, igual que lo ha sido desde siempre para la maternidad.

Las organizaciones de mujeres han ido a la vanguardia en la defensa de los derechos humanos en Nicaragua. Carlos Herrera | Confidencial

Las compañías, los hombres, deben planear sus proyectos, sus carreras, tomando en cuenta las necesidades reproductivas de sus miembros: hombres y mujeres. Estas provisiones, estos cambios en el diseño de la manera en que funcionan los empleadores y el Estado para promover un nuevo sistema de relaciones dentro de las familias, son solo aplicadas en contados países de nuestro mundo actual. En la mayoría del resto, casi la totalidad de las mujeres deben confrontar, al momento de decidir si se reproducen o no, la realidad de que la maternidad significará para ellas una reducción efectiva de sus ventajas en el mundo laboral. No es de extrañar que las tasas de natalidad hayan bajado tan estrepitosamente en los países industrializados. Uno no puede menos que preguntarse también si está de “moda” de que las mujeres renuncien a la libertad que tanto costó ganar para revertir a los roles tradicionales, no es el resultado de la denodada batalla que han librado los hombres dentro de sus mundos corporativos para proteger sus espacios y asegurarse de que esa competencia femenina que se avizoraba como una potente marejada en los setenta, se viera forzada a desistir de sus intentos de igualdad al verse de cara a realidades tales como la “doble jornada”, o la cacareada “soledad de la mujer exitosa”.

De más está decir que, en muchas regiones del mundo, este conflicto entre hogar y trabajo, vida pública o vida privada, ni siquiera representa una opción para tantas mujeres que aún viven sus vidas en condiciones de virtual esclavitud, sometidas arbitrariamente a bárbaras costumbres sancionadas por usos culturales o religiosos. Que en el siglo XXI aceptemos aún, como humanidad, los crímenes de “honor”, las lapidaciones, el encierro y falta de derechos con los que existen miles de mujeres en el Medio Oriente, Asia, África y América Latina, es una muestra de lo sesgado que es el concepto de civilización y desarrollo, y de la tolerancia con que el mundo patriarcal justifica su incapacidad de demandar un trato humanitario para las mujeres cuando es capaz de imponer embargos y desencadenar guerras en nombre de amenazas, a menudo fabricadas, que convienen a sus intereses políticos.

Las nicaragüenses reclaman que sus derechos sexuales y reproductivos están limitados a la voluntad de terceros. Carlos Herrera | Confidencial

Paradójicamente, lo que podríamos considerar como la crisis del movimiento femenino o sea las dudas y angustias que llevan a la mujer hoy en día a  renunciar frecuentemente a su vida pública en aras de las labores que le han valido reconocimiento universal ad eternum, contiene, desde un punto de vista optimista como el mío, la semilla de una nueva propuesta. Me he preguntado a menudo si un mundo femenino sería diferente; si haría falta, dentro de toda esta tendencia a globalizarnos y entrar a cualquier precio en el futuro tecnológico, introducir la ética femenina: una ética de compasión, de conciliación, de cuidarnos los unos a los otros, una ética maternal. Quizás las mujeres que hoy abandonan sus trabajos para retornar al hogar no estén dispuestas a renunciar a esa ética y equivocadamente, a mi manera de ver, pretenden tapar el sol con un dedo refugiándose en el solaz de una intimidad donde aún pueden pretender que sus cualidades matriarcales salvarán al menos a sus pequeñas familias. La realidad, sin embargo, es que ese tipo de comportamiento de avestruz solo ayuda a perpetuar la problemática de la desigualdad y no librará a sus hijas de enfrentarse a esa desgarradora opción entre el desarrollo de su potencial o el sacrificio de este en aras de la crianza de los hijos. A las mujeres de hoy en día, todavía en los inicios del siglo XXI, nos urge volver a refrescar los profundos contenidos emancipadores de las feministas de mediados del siglo XX y volver a plantearnos el asunto de la igualdad, no meramente como una lucha por la mejoría de nuestro género, sino como una necesidad vital de la humanidad de renovarse a partir de un pensamiento hasta ahora relegado a los espacios privados. El mundo moderno con su crisis de valores necesita de la experiencia acumulada de las mujeres en el terreno de la conciliación, del diálogo, de volver a priorizar las relaciones humanas, a ser buenos vecinos, a cuidar a los enfermos, defender a los débiles, de cuidarnos los unos a los otros. Pero no serán las estructuras actuales de Estado y sociedad las que nos permitirán a las féminas, porque sí, una mayor incidencia en la vida pública. Seremos nosotras, con nuestra inventiva y creatividad, las que deberemos volver a las trincheras que hemos abandonado para recapacitar sobre lo andado, volver a retomar los nudos filosóficos que impulsaron los cambios transcendentales y salirnos de la tendencia a poner curitas sobre nuestra problemática. Solo así seremos protagonistas en la construcción necesaria de un mundo mejor para todos.

 



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