Opinion

La escurridiza unidad

Quien aspire a gobernar este país, tendrá que gobernar para todos, sean del color político que sean

Hasta el 18 de abril de 2018, la oposición en Nicaragua no lograba gran cosa. Una serie de grupos organizados tales como el Movimiento por Nicaragua, Hagamos Democracia, el MRS, el Grupo de los 27, el Movimiento Autónomo de Mujeres, el Partido de Acción Ciudadana, y el más destacado de ellos, el Movimiento Campesino, se pronunciaban constantemente alertando a la población sobre la dictadura que se consolidaba. En el país se iban cerrando los espacios democráticos, pero pocos parecían darle importancia. Las convocatorias a protestas eran atendidas por los mismos rostros conocidos. La indiferencia de la mayoría, lo recuerdo bien, a muchos nos parecía inexplicable frente a la acelerada disolución que hacía el Gobierno de las bases fundamentales de la democracia. Los campesinos eran los únicos que mostraban un músculo combativo a pesar de las represalias.

Todo eso cambió -sobra decirlo- durante las jornadas de abril de 2018. El magma, el descontento acumulado y sobre todo la represión, alteró el curso de los acontecimientos de manera radical.  Quienes estaban dispuestos a dejar pasar las manipulaciones políticas de los Ortega Murillo, demostraron que no podían tolerar la violencia gratuita que turbas, policías y paramilitares, desataron. “La violencia genera violencia” dice la máxima. La capacidad organizativa opositora que faltó durante los primeros nueve años del reinado del sandinismo Orteguista surgió de forma espontánea. El país entero reaccionó como un todo.

Pocos Gobiernos alrededor del mundo han optado por la represión indiscriminada. Con menores demostraciones de repudio cayeron dictadores como Ben Ali en Túnez, Mugabe en Zimbabue, Mubarak en Egipto. Pero en Nicaragua, la dictadura institucional se convirtió en pocos meses en dictadura militar. Ortega y Murillo mostraron que defenderían su poder a sangre y fuego.

En medio de esa experiencia sangrienta, nueva para las generaciones nacidas en los 80 y 90, la retirada forzosa para proteger la vida no se consideró una derrota. Quién ha vivido la libertad y crecido bajo otras reglas, no asimila fácilmente el cambio mayúsculo que la violencia introduce en la situación política. Apegados al esquema de la libertad ciudadana que privó desde 1990, incluso durante el gobierno de Ortega con la excepción de Ocupa INSS en 2013 y la represión en el campo, las multitudes de 2018 iniciaron su proceso de organización para continuar la lucha. La percepción inicial era cortoplacista: la dictadura estaba debilitada y caería. Ninguna de las nóveles formaciones políticas se dispusieron para un largo período. Se acudió a un segundo diálogo todavía bajo la idea de que se contaba con una posición de fuerza.

El análisis que aseguraba que se podría sustituir a la dictadura a corto plazo, ya fuera a través de su renuncia o de elecciones adelantadas resultó equivocado. Ese pronóstico ha tenido consecuencias negativas para el proceso organizativo de las fuerzas políticas surgidas en abril. La euforia masiva, como dice el dicho popular, intentó poner la carreta antes que los bueyes. Esta mentalidad generó muchos de los comportamientos que obstaculizan la consolidación de una fuerza opositora unida que pueda hacer la diferencia y vencer las dificultades que enfrentamos.

La perspectiva de una victoria a corto plazo generó, por ejemplo, una temprana lucha interna dentro de las diferentes fuerzas para posicionar sus apenas elaboradas propuestas políticas como las rectoras de la Nueva Nicaragua. En vez de un proceso de análisis conjunto de las fuerzas y debilidades comunes ante un panorama diferente al esperado, las facciones surgidas de la prisa inicial por asegurar el rumbo ideológico y político del nuevo poder han permanecido atrincheradas y a menudo en furiosa competencia. Para unos había que evitar que la izquierda se apoderara del poder, para otros, que lo hiciera la derecha. Lo peor es que esa competencia no se ha basado sobre definiciones claras de los planteamientos de unos u otros. No se ha visto que se hayan juntado las diversas fuerzas para discutir su visión particular del país que cada uno desearía construir y acordar un programa de consenso. Las diferencias se basan en los prejuicios de unos sobre los otros, en especulaciones sobre cómo actuaría cada uno en el Gobierno y hasta en resentimientos personales.

Por otro lado, la idea de un inminente arribo al poder generó también el surgimiento a priori y con escasa legitimidad de origen, de propuestas de nombres de quienes podían ocupar la presidencia. Los nombres y las asociaciones de estos con diversas agrupaciones en pugna, agudizó la competencia sobre supuestas propuestas divergentes.

Tanta era la prisa que se hizo un acuerdo tácito sobre dos valores que no tienen la misma significación para todos: democracia y justicia. Habría estado bien tener al menos esas bases si se hubiese dado un cambio de gobierno a raíz de abril, pero en las condiciones actuales urgiría dilucidar lo que cada quien entiende y los compromisos que está dispuesto a aceptar o no para que ambos conceptos puedan concretarse.

En lo que pude percibir mientras estuve en la Alianza Cívica, los conceptos de unidad que se manejaban al formarse la Coalición Nacional eran los de un alineamiento de partidos y fuerzas, regidos por normas burocráticas de funcionamiento interno, a las que se dedicaron extensas y agotadoras reuniones.  Otra vez la carreta antes de los bueyes.

¿Cómo se puede movilizar una unidad para un objetivo claro como es la libertad y el fin del continuismo, la represión y el caudillismo en Nicaragua, si no se ponen las fundaciones esenciales para trabajar unidos? Esas fundaciones deben partir de un análisis frío y sin triunfalismos de las condiciones actuales; de una evaluación de las debilidades y fuerzas del conjunto para corregir unas y consolidar las otras, un acuerdo de propuestas programáticas mínimas para que la población sepa que ganar una contienda con la dictadura, además de traerles democracia y justicia, cambiará sus vidas para mejor, y un plan de lucha adecuado a las condiciones y restricciones actuales.

Da dolor de patria ver distintos grupos organizando directivas en los territorios cada uno por su lado, y llevando a sus partidarios los prejuicios y conceptos de por qué aliarse con unos y no con otros. Cuando tengamos libertad y democracia y podamos competir en elecciones libres, esto será muy válido, pero esa no es la situación cuando lo que se enfrenta es un contendiente que es común a todos.

Los distintos partidos en este país, las diversas fuerzas, no son la esencia de esta lucha. Lo son sus partidarios sumados al pueblo independiente. Son ellos y ellas quienes harán la diferencia. Dividir por pugnas de cúpulas esas voluntades, esos protagonistas de lo que ha de venir, esos que ahora sufren y quieren un país libre y en paz, no tiene justificación. Quien aspire a gobernar este país, tendrá que gobernar para todos, sean del color político que sean. Ese espíritu democrático y plural del futuro que queremos debe ser el que empiece a funcionar desde ahora. Abramos primero el camino. Si lo hacemos, ya habrá tiempo e instituciones para que cada quien jale agua para su molino.

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