Opinion

La disyuntiva de CxL

Convertirse en una fuerza equilibradora y asumir el reto de compartir su casilla, o contribuir a que se repita el fracaso de 2006

Cuenta la leyenda que el partido Ciudadanos por la Libertad logró su personería jurídica mediante una negociación de Eduardo Montealegre con Daniel Ortega. El dando y dando, se dice, consistió en que Ortega le perdonó a Montealegre el escándalo de los CENIS y le prometió personería jurídica para un nuevo partido (después de arrancarle el PLI en 2016) si la nueva formación política rompía su alianza con el MRS y le impedía a éste, por ende, contar con un vehículo para ir a una contienda electoral. Ortega convenció a sectores de la empresa privada del “peligro” del MRS (ahora UNAMOS)

La misma campaña de desinformación del Orteguismo, hizo circular la idea inicialmente de que la rebelión de abril había sido gestada por el MRS. Querían así intentar de que los jóvenes sandinistas que se unieron a la rebelión y que habían sido catequizados en el rechazo al MRS, se sintieran “utilizados” por éste; querían también meter en miedo a la empresa privada con la idea de un sandinismo radical que no tendría la “visión” de cogobernar con ellos. Como no les funcionó, el régimen removió la histórica memoria genética del antimperialismo y elaboraron el discurso actual del golpe de estado gestado por Estados Unidos.

Es así como Ciudadanos por la Libertad se constituyó como una opción alternativa al PLC, frente a dos sandinismos igualmente mal interpretados: el “suave” de Ortega, que en abril 2018 abandonó el espejismo con que encantó al capital y confirmó su vocación dictatorial; y el sandinismo renovado y socialdemócrata, erróneamente juzgado como “radical.”

Tras observar las diferentes apariciones y posiciones de CxL , no logro entender como un partido, que en esta circunstancia de crisis nacional, poseía una casilla que, por nueva y menos contaminada, pudo ser el vehículo para una alianza electoral unitaria, ha optado más bien por convertirse en factor de división. Es paradójico que, en vez de ofrecerse como puerta y puerto de las energías dispersas de la oposición, hayan optado por subordinar su potencial unificador y facilitador a concepciones ideológicas excluyentes.

El esfuerzo de alineación y acuerdos entre partidos que significó la Coalición Nacional, irónicamente dada a luz por la Alianza Cívica, no sólo se vio debilitada por la presencia polémica del PLC, sino por la negativa de CxL a unirse. Si CxL hubiese tenido una visión de unidad, y el interés de Nicaragua como prioridad, tendría que haberse unido a la Coalición Nacional. Allí dentro hubiese tenido, sin duda, una posición fuerte para negociar. Habría podido ganarse el respaldo de la Alianza Cívica y hasta de la UNAB y con ellos, ya sin el PLC, constituir un liderazgo unitario y solidificar la unidad, alrededor de la ventaja de una casilla nueva, con menos cola que los demás partidos.

El sesgo ideológico de CxL, se hizo evidente cuando cerró su acuerdo con la Alianza Cívica tras la salida de esta de algunos “incómodos miembros” con pasado sandinista. En la última conferencia de prensa, por otro lado, la molestia por las preguntas de los periodistas hizo que Doña Kitty, ya alterada, revelara su opinión de que tanto la UNAB, como la Coalición no representan a nadie.

Permítaseme preguntar: ¿Cuáles son las grandes agrupaciones políticas opositoras en este país?  Ciertamente que, en la sociedad civil, la diversidad de opiniones y criterios ha engendrado grupos de pequeña escala, pero esta escala varió cuando la diversidad decidió agruparse en la UNAB. Tampoco la Alianza Cívica representa ya a los sectores que fueron llamados por la Iglesia al Diálogo de mayo de 2018. Hay varias personas a título personal. El Movimiento Campesino, los partidos de la Coalición Nacional también son de número indeterminado, como lo son el PLC y el mismo CxL.

Hoy por hoy no se puede medir la fuerza de la oposición por el tamaño de cada grupo político, ni puede ser éste el criterio para conformar una alianza electoral. Lo que sí sabemos es que el descontento nacional está muy extendido, y que la voluntad de compromiso del pueblo no dependerá del número de miembros de X o Y fuerza; dependerá de liderazgos confiables, propuestas concretas y acciones que les convenzan de que sus esfuerzos y riesgos valen la pena.

Paradójicamente, es la emergencia de rostros conocidos como posibles candidatos, los que empiezan a encarnar la imagen de un futuro distinto.

¿Se ha perdido ya la oportunidad de la unidad? ¿Es todavía posible?  Creo que estamos todavía a tiempo porque lo más difícil de definir, el objetivo común, está decidido. Lo que divide son consideraciones de candidaturas, listas de diputados, y el ejercicio del poder si se llegase a derrotar a Daniel Ortega; o sea discusiones adecuadas en un ambiente normal, pero superfluas en estas condiciones. Estos pegones de personalidades y ambiciones, inevitables porque somos humanos y hemos sufrido muchas traiciones y desilusiones políticas, no son más graves que los que tuvieron que remontarse tras los acuerdos de Sapoá en 1988. Sin embargo, esta vez Ortega no enfrenta la presión que enfrentaba entonces y parece que el régimen seguirá imponiendo sus medidas represivas aún durante la jornada electoral. La posibilidad de lograr una victoria electoral de la oposición en esas condiciones requiere acciones extraordinarias y una disposición de fuerzas concentradas y no dispersas, tanto para ejercer presión como para empuñar una alternativa electoral que entusiasme y movilice a la población. La disyuntiva de CxL es, o convertirse en la fuerza equilibradora y asumir el reto de compartir su casilla, sus listas y sus recursos, o contribuir a que se repita el fracaso de 2006.  La alianza ganadora de 1990 contenía todo el espectro ideológico, desde el Partido Comunista hasta los Conservadores. El contrincante sigue siendo el mismo.

Se ha hablado de la unión en base a valores y principios. Los que debieran sostenerse sobre todas las cosas en esta coyuntura son el principio de la inclusión, el principio de la tolerancia, y de la unidad democrática frente a un enemigo común.

Dados los trucos y condiciones a los que, sin duda, apelará de nuevo la dictadura sólo valdrá la pena ir a elecciones si se garantiza una votación masiva innegable en una sola casilla, certificada por la observación internacional.

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