Opinion

La crisis diplomática con España del régimen Ortega Murillo

La bravuconería de la Cancillería nicaragüense profundiza el estado de negación en una subcultura criminal que hay que combatir

El régimen nicaragüense profundiza el estado de negación y recurre a técnicas propias de las subculturas criminales al responder a los llamamientos que la comunidad internacional realiza ante la desviación manifiesta del poder público en el país y el descarrilamiento del aparato estatal.

En respuesta al comunicado (065) del 9 de agosto de 2021 del Gobierno de España, en el que destacó (en lenguaje formal y diplomático) algunos de los recientes “acontecimientos políticos en Nicaragua” y resaltó el deber que tiene el Estado nicaragüense de cumplir con sus obligaciones soberanas en materia de derechos humanos, el régimen nicaragüense reaccionó atacando al denunciante y exaltando valores superiores que aparentemente le brindan protección.

La respuesta del régimen está contenida, entre otras, en una nota que el ministerio de Relaciones exteriores de Nicaragua remitió el 10 de agosto de 2021 a la Cancillería española. La nota no aborda ninguno de los puntos de preocupación presentados por el Gobierno español, que incluyen gravísimas violaciones a los derechos humanos y a los principios del Estado de derecho.

Los puntos expuestos por España hacen eco de las preocupaciones que otros Gobiernos de variadas tradiciones en todo el mundo y, recientemente, la Secretaría General de la Organización de las Naciones Unidas han manifestado. No hay nada extravagante ni nada que no sea evidente, en su contenido. El Gobierno español formuló un llamado a reencausar el poder público en Nicaragua, invocando el respeto debido a principios básicos del derecho internacional.

La reacción nicaragüense se resume en dos artilugios que erige como escudo: el primero, la apelación a una noción de soberanía nacional como demarcación impenetrable, que excluye al régimen de cualquier control externo; y el segundo, el ataque directo a quienes denuncian las arbitrariedades. En este caso, el ataque es en contra del Estado español por el involucramiento de las autoridades en condenables actos de represión pasados y su responsabilidad en graves violaciones a los derechos humanos. Los hechos relevados son ciertos y la responsabilidad del Estado español es indiscutible; pero, esa realidad en nada alivia la responsabilidad del régimen nicaragüense en las violaciones al derecho internacional en las cuales actual y activamente interviene.

Aunque la bravuconería de la Cancillería nicaragüense parezca un delirio, vale la pena considerarla por su efectividad como método de negación, al menos en relación con un no despreciable sector de la audiencia (nacional e internacional).  Desconcertantemente, hay varios sectores que aplauden este tipo de salida patriotera y discrepante.

Las técnicas de neutralización que utiliza el régimen nicaragüense para evadir sus responsabilidades son calcadas de las técnicas que la criminología ha expuesto, a partir del trabajo de Sykes y Matza (1957), en relación con las subculturas criminales: niega la responsabilidad propia, niega el daño, niega a las víctimas, condena a los que condenan y exalta valores superiores.

Stan Cohen, un sociólogo sudafricano, aplicó estas técnicas de neutralización al discurso que adoptan los regímenes violadores de derechos humanos para negar sus acciones y sus implicaciones, incluyendo su responsabilidad en abusos y atrocidades. En una sintética obra, Estados de negación (2001), Cohen expone el comportamiento de los regímenes que, como el orteguismo, acuden a la negación y a la mentira sistemática para producir una penumbra que esconde la realidad y los protege. Se trata de un proceso oficial y organizado que busca controlar la realidad y producir un efecto refractario, contra cualquier tipo de control externo o independiente.

Para Cohen, estas técnicas de neutralización son “aquellas formas de racionalización del comportamiento desviado que son aprendidas y utilizadas a la par de modelos de comportamiento y valores alternativos, de modo que se neutraliza la eficacia de los valores sociales”.

El ataque al otro, como técnica de neutralización

El régimen opta por el retraimiento y azuza un estado de condena: ataca a un enemigo en vez de cuestionar la justificación propia y profundiza el fanatismo para evitar la confrontación de la mirada de los otros (todos los de afuera).

Declara que el otro – el español invasor – ha cometido barbaridades e injusticias. Esta lógica es sencilla y cala poderosamente. Por un lado, la condena se basa en hechos reales, al margen de que no sean relevantes al debate particular. Por otro lado, utiliza estereotipos que permiten organizar el mundo con base en unidades opuestas sencillas.  Además, por el intervencionismo extranjero que ha marcado la historia nicaragüense, ese estereotipo – el del invasor – se trasmite fácilmente. Exalta creencias compartidas y genera comunión: nosotros contra ellos, los colonizadores y violadores.

Para un lector racional de la respuesta nicaragüense al Gobierno español, la evocación de las violaciones cometidas en los ochenta por las autoridades españolas se encuentra dislocada en tiempo y espacio – es irrelevante-; pero, la referencia no tiene mucho que ver con la razón. Se trata de un proceso que emociona, expone y ensalza los odios – aquí reposa su efectividad como recurso y la extrema dificultad para encararlo mediante una argumentación racional.

La construcción antipática del otro, cabalga de lado a técnicas de neutralización sobre la conducta propia. Así, en vez de confrontar los problemas, el régimen denuncia “la cínica y continua, intromisión, injerencia e intervención en nuestros Asuntos Internos” (sic.) de mentecatos, colonialistas, agresores y saqueadores, entre otros calificativos. Todo, además, iluminado por el poder de una verdad mayúscula y elocuente que (siempre) acompaña al binomio Ortega-Murillo.

La misiva del régimen nicaragüense refleja un engaño mental cuidadosamente orquestado para falsear la realidad y justificar su ejercicio arbitrario de poder. Este tipo de amnesia inducida y programada conduce a un estado de negación, en el cual la arbitrariedad es normalizada y la injusticia propia nunca es debatida. En la respuesta nicaragüense, se hace evidente que la negación hace parte de la fachada ideológica del régimen (Cohen).

El orteguismo está imbuido de esta lógica mentirosa; la explota, desafortunadamente, con cierto dominio. Nombrarla y conocerla son pasos necesarios para la desarticulación del proceso de negación.

El compromiso con la mentira es tan profundo que, para algunos de sus protagonistas, así como para la población que vive en medio de la propaganda oficial, lo real se entremezcla con lo ficticio y la realidad se deforma “hasta el punto de que algunas personas y grupos llegan a creerse las mentiras que ellos mismos han fabricado” (Martín-Baró 1984). Este tipo de autoengaño “es solamente posible dentro de un mundo cerrado, imbuido en una realidad alternativa separada de la moralidad convencional” (Crelinstein 1993).

Por más trastornada que parezca la respuesta del régimen nicaragüense, no puede perderse de vista que el fervor con el que se predican distintas formas de negación y de mentira son también señal de credo – no es solo impostura, hay (algo de) convencimiento.

Muchos dirán que no hay nada nuevo en el discurso oficial de hace unos días; pero el texto sí presenta un sentimiento de autolegitimación exacerbado que demuestra mayor apartamiento en relación con la realidad y el derecho. Es considerable, además, que el texto de la Cancillería nicaragüense enmarca su respuesta con el epígrafe “la verdad os hará libres”, el cual reitera en una chabacana coletilla. La referencia ilustra lo enraizado que está el proceso de negación en el régimen y sus seguidores.

Como lo plantea David Riesman (1996): las personas se creen sinceras cuando empiezan a creer en su propia propaganda – a partir de este paso, la negación se torna cultural y más difícil de confrontar.

La evocación a la verdad es un poderoso recurso para que los “verdaderos creyentes” se alineen detrás del credo oficial y sus ídolos, como fanáticos (Eric Hoffer 1951). No hay compromiso ético con la verdad. La contraposición de verdad y mentira permite emocionar y, sobre todo, enojar. Esos creyentes son fieles seguidores de todo y de nada, que repiten, desde su lugar, verdades y mentiras, como si nada.

El régimen alimenta el fervor con fanatismos, fetichismos y clichés. La negación se instala como fenómeno social que cohesiona y construye identidad, entre los seguidores del orteguismo. Apelando a un pasado esquivo (por muchos, desconocido), se instalan credos absurdos y sin sustento, a través de los cuales “la mentira del padre se convierte en la convicción del hijo” (Nietzsche,  The Antichrist, 1923).

La misiva de la Cancillería nicaragüense es delirante y grosera; pero, también, es muestra de un estado de negación que se profundiza y se irradia – y que hay que combatir…


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