Opinion

La CELAC no va a salvar al continente americano de ecocidio

AMLO y sus aliados tienen que construir su liderazgo y alianzas en torno a la protección de la biosfera, es decir, la protección de la vida

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) no es santo de la devoción de todos los mexicanos, y ciertamente no es venerado en muchos países del mundo. La política exterior tampoco había sido su fuerte. Pero pocos podrán impugnar su nuevo giro en esta materia, y su reciente decisión de reactivar a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).

Hasta hace poco tiempo AMLO había sido cuestionado por su ausencia en los foros internacionales. Con la salvedad de un breve galanteo con el expresidente de EE. UU., Donald Trump, el presidente mexicano había mantenido un perfil bajo en materia internacional. Pero en las últimas semanas AMLO dio un gran vuelco con un audaz plan internacional que podría llegar a buen puerto, o, naufragar en poco tiempo. Por iniciativa suya, el sábado 18 de septiembre se realizó en la Ciudad de México la VI Cumbre de la CELAC. La agenda original incluía la creación de grupos de trabajo enfocados a reformar la Organización de los Estados Americanos (OEA), la creación de un fondo económico de atención a desastres en la región, un plan de respuesta sanitaria a la covid-19 y el lanzamiento de una Agencia Latinoamericana y Caribeña del Espacio, entre otros importantes asuntos.

Sin duda, la propuesta del presidente y la Cumbre propiamente generaron olas, especialmente dada la exhortación a reformar la OEA. Hoy día muchos coinciden en definir a este organismo como un obsoleto instrumento de intervención injerencista que “ya no representa los intereses legítimos de la región, porque ha tenido una serie de intervenciones en favor de Gobiernos ilegítimos […] y ha avalado golpes de Estado”, según comentarios del expresidente colombiano, Ernesto Samper.

La controversial propuesta de AMLO y demás mandatarios ha tenido reacciones encontradas: a juicio de algunos analistas como Raúl Benítez, no es viable sin el apoyo de Brasil, además de que no son pocos los Gobiernos en la región alineados a Estados Unidos. De su parte, el excanciller Jorge Castañeda, para quien la Cumbre fue “un fracaso rotundo”, delató su “incapacidad de siquiera formular una propuesta alternativa a la OEA”. Pero para la exembajadora mexicana Roberta Lajous, la iniciativa no es del todo mala o ingenua y en general hay consenso de que la transformación de la OEA es condición de posibilidad para lograr los más viejos anhelos de ‘interamericanismo’.

Las graves omisiones de la CELAC

Mas allá de las controversias en torno a la OEA, hay que subrayar que, tanto en la “Declaración de la Ciudad de México”, como en los debates previos, hubo graves omisiones y lamentables ausencias. Por un lado, no hubo representación de los pueblos originarios y afrodescendientes, por otro lado, no hubo mención sobre una de las mayores amenazas que enfrenta el subcontinente: el crimen de ecocidio.

La verdad es que, en un continente devastado por colapso climático y colapso bioambiental, no hay regionalismo que valga. En un continente desértico, no hay, ni mecanismo de concertación, ni unidad, ni diálogo interamericano que valgan. En un cónclave sin la presencia de los pueblos indígenas, no hay diálogo verdadero. Avanzar —como propone el documento citado— “en la unidad en la diversidad a partir del consenso regional”, sin la concertación y presencia de los pueblos indígenas y afrodescendientes, no es avanzar. El ‘interamericanismo’ es un delirio cuando se cimienta sobre lodo.

Lo anterior no le resta méritos a la iniciativa de reactivar la CELAC porque, como afirma el senador Mexicano Germán Martínez Cázares, “todo intento de integración en América es bueno y debe ser aplaudido”. Pero, si en su carácter de organismo regional, la nueva CELAC realmente aspira a la unificación y liderazgo continental, no basta con desafiar, como expuso el canciller Ebrard, al consenso de Washington, que impuso en la región latinoamericana catastróficas políticas neoliberales. Dicho consenso debería, en mi opinión, remplazarse por un nuevo contrato consensual al que podríamos llamar Consenso regional de Pachamama.

La nueva CELAC debe, a mi juicio, centrarse en promover regionalmente la tipificación del ecocidio como crimen internacional bajo la jurisdicción de la Corte Penal Internacional (CPI), apoyando las enmiendas al Estatuto de Roma recientemente propuestas por un panel independiente de renombrados juristas, a fin de criminalizar el Ecocidio.

En otras palabras, la nueva CELAC debería fraguar un consenso regional encaminado a lograr un continente sin ecocidio. Si López Obrador y sus aliados realmente buscan cambiar la correlación de fuerzas en la región, superando los afanes hegemónicos de Estados Unidos y gestando una nueva relación de cooperación con aquel y con Canadá, tienen que construir su liderazgo en torno a la protección de la biosfera, es decir, la protección, a nivel continental, de la vida misma.

Para construir una visión geoestratégica y un proyecto latinoamericanista histórico del siglo XXI, es fundamental incorporar seriamente una ‘agenda’ ambiental —no con frívolas pinceladas verdes o ‘simple jardinería’— como decía el viejo líder ambientalista brasilero Chico Mendes, sino con un plan a la altura de la emergencia bioclimática, que comprometa a los gobernantes de la región a forjar e implementar un paradigma de ecología política.

Pero, ante todo, los reformadores de la CELAC tienen la obligación moral de escuchar las voces de la Pachamama y aprender de Abya Yala y demás fundamentos éticos de la vida y espiritualidad comunitaria indígena del continente; escuchar las demandas de los pueblos originarios, valorando sus conocimientos ancestrales, reconociendo su cosmovisión y la riqueza y sabiduría de su relación con la naturaleza, y, respetando la integridad de sus territorios, tema sobre el cual, ciertamente, no hay referencia alguna en la citada declaración. Deben entonces los ideólogos de la nueva CELAC admitir de una buena vez que, América (y el mundo) no se salva sin la Cuenca Amazónica, y por ende no se salva sin sus pueblos indígenas, independientemente de lo que piense el presidente de Bolsonaro de Brasil que en 2017 abandonó al organismo.

Complicidad y ecocidio

La CELAC había permanecido inerme por mucho tiempo. Los bríos de AMLO, el presidente argentino, y otros mandatarios afines, no bastan para revivirla. El beso que verdaderamente la va a despertar es el que lleva la savia de los árboles, el canto de los ríos y el bálsamo de las flores. En última instancia, el continente americano había visto sus bosques, ríos, alcores y mares ultrajados bajo Gobiernos de todos los signos y todas las ideologías, es decir, Gobiernos de izquierda, centro, o derecha. Todos por igual han sido cómplices de la destrucción de los ecosistemas regionales y ecocidio a nivel continental.

La CELAC debe por tanto reconocer que la destrucción del continente se ha producido con la anuencia de todos los gobernantes, sea por omisión, negligencia, corrupción, ignorancia o complicidad de aquellos con las corporaciones transnacionales, especialmente las industrias extractivas, que durante décadas han envenenado y arrasado con los recursos naturales de la región. Sin la honesta admisión de esta premisa, y sin actuar en consecuencia, todo se reducirá a demagogia.

Hay en el citado documento (inciso 36) una breve referencia retórica, a los conocimientos tradicionales de los pueblos indígenas. Pero la nueva CELAC debe reflejar y sintetizar los cambios paradigmáticos y epistemológicos ocurridos en las últimas décadas, tanto en círculos académicos, como en la sociedad civil que ha comenzado a despertar y descubrir la sabiduría de los pueblos originarios. Para triunfar, la CELAC debe entender el proceso de descolonización del conocimiento, e incorporar en su agenda la cosmovisión y cosmogonía de los pueblos ancestrales, porque ellos son la escuela que necesitamos para proteger al subcontinente del ecocidio y genocidio prolongados, y para construir ese nuevo consenso que requiere un organismo regional a fin de operar eficientemente y hacer frente a las calamidades de la crisis bioclimática y la destrucción ambiental.

La CELAC debe tener la misión fundamental de proteger el medio ambiente, los recursos naturales y los ecosistemas del vasto Continente, los territorios indígenas, así como, desarrollar un plan jurídico para hacer valer los derechos de la Madre Tierra junto al derecho humano a un ambiente sano. La nueva diplomacia latinoamericanista debe enfocarse, además, al fomento de ordenamientos jurídicos, leyes reglamentarias y reformas constitucionales regionales a fin de homologar las leyes nacionales con la normativa internacional, y, —una vez logradas las citadas enmiendas al Estatuto de Roma— homologar aquellas con lo estipulado por la CPI en torno al ecocidio.

Convertir a la CELAC en el principal instrumento de cooperación en la región, es una de las nuevas metas, pero junto a la cooperación científica y tecnología, es necesario el fomento de una pedagogía ambiental de ecología integral. Ningún nuevo orden internacional se sostendrá por sí mismo si no va acompañado de programas educativos con una visión ecopedagógica de largo plazo.

Los viejos y nuevos enemigos

No se equivoca el canciller Ebrard al exclamar que “si nos dividen, si nos pulverizan, vamos a ser presa de uno u otro imperio, sea del imperio del que nos estamos liberando o de los nuevos imperios…”. Pero hay que recordarle al también aspirante a la presidencia de México que, los eventos climáticos extremos y las catástrofes bioclimáticas que se aproximan son las nuevas ‘fuerzas enemigas’: traerán consigo la furia del fuego, muerte, hambruna, y, tanta o más destrucción que cualquier guerra imperial.

Si realmente se busca lograr un reacomodo geopolítico y una posición hegemónica, aquellos miembros de la CELAC que son parte en la CPI tienen que votar favorablemente a la criminalización del ecocidio y llevar esta misma propuesta en bloque a la Cumbre de Cambio Climático COP26 a reunirse próximamente en Glasgow.

El asunto es claro, no hay unificación de América Latina, el Caribe y Norteamérica, sin la Madre (Tierra). No hay independencia, no hay igualdad soberana de los estados, no hay autodeterminación de los pueblos que valga en un continente desolado y destruido.


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