Opinion

La caída del héroe

El toro cimenta su prestigio en no haber consentido a nadie sobre el lomo, el montador debe el suyo por no haber sido nunca o pocas veces derrumbado

A Jenfer Ofiel Rocha, “Rochita”.

En el desafío entre toro y montador, la ambigüedad nos conmueve. ¿Deseamos que el hombre triunfe sobre el toro o queremos que lo despanzurre? Ambos sentimientos corren parejos. Las apuestas van y vienen en direcciones opuestas. El montador quiere ver al toro sometido en su orgullo, mostrar temple y coraje, la fuerza de sus piernas. El dueño espera que el astado desquebraje al montador en solo la salida. Confía que sus deseos sean cumplidos. Serviría para demostrar que sus toros siguen siendo los mejores. Lo que pase al montador poco importa. Muchos llegamos a la barrera atraídos por la fama de Catarrán y la destreza con el lazo de Concho Villagra. Este agosto vino luciendo una mula alazana. Todos los años viene a Juigalpa a ratificar su prestigio de campisto consagrado

La comuna otorga la celebración de las fiestas agostinas, al mejor postor, cuestión de pesos y centavos. Este 1961 fue concedida de nuevo a don Humberto Castilla Solís. Construyó el palco en la parte oeste de la plaza de juegos en Palo Solo, con una sola puerta de entrada y salida. Los toros de las haciendas Hato Grande, San José y San Ramón, son llevados aguar todas las mañanas por el lado de Panmuca, hacia la finca Santa Matilde, de Humberto Mongrío. Esta vez ubicaron el coso en la parte suroeste. Chentillo, el hijo de Catarrán, entusiasmado, monta un toro de San José. Con su curtido de cuero saca dos o tres embestidas a un prieto. Carece del carácter de su padre. Hoy 14 llovió fuerte, la barrera está empozada, esto no impide la montadera. Nada puede detenerla

El toro cimenta su prestigio en no haber consentido a nadie sobre el lomo, los montadores deben el suyo por no haber sido nunca o pocas veces derrumbados. Los más avezados llegan a Juigalpa a ratificar sus dones. El prestigio alcanza tierras lejanas. Deambulan por todas las barreras chontaleñas. Algunos han empezado a incursionar más allá de nuestras fronteras. Salen en búsqueda de dinero, es la manera que tienen de ganarse la vida. Entre más grande su reputación, mayor cantidad de plata será destinada a sus bolsillos. Los toros más cerriles han sido reservados para ellos. Los de mayor peso y bravía. Los montadores prefieren hacerlo cuando la barrera está repleta. Cuando no cabe un solo alfiler. A Managua van todos los agostos. La tapisca resulta inmejorable.

El rito se cumple en cada montadera, ni toro ni montador ofrecen tregua, el ajuste de cuentas está por comenzar. Entre más afamado sea el animal las probabilidades de acrecentar su prestigio son mayores. El toro pesa 700 kilos, contra ciento setenta libras del montador. Seguimos expectantes. En unos minutos iniciará uno de los lances más esperados de la tarde. Más de una decena de personas se arremolinan a su alrededor. El montador levanta altiva la cabeza. Está convencido que saldrá vencedor en este nuevo desafío. No hay contradicciones. Los montadores usan sus propias espuelas. Los dueños de los toros no atrasan la jugada. No se entrometen. Los forcejeos entre citadinos y fuereños son para decidir quién va a montar al toro. Una disputa permanente.

Los dueños de los toros disfrutan del espectáculo, llegan a comprobar la calidad de sus astados. Humberto Mongrío, junto con mi tía Isabel Villanueva, están sentados en primera fila. Los sones revientan la tarde por toda la barrera. Enardecen nuestro ánimo. Nunca he sabido si los del toro también. Eso creemos. Concho lazó al barcino de Hato Grande, que se deja llevar manso al bramadero. El fuereño asegura bien sus manos, siente que el pretal está bien ajustado. Corren el falso. El toro se sacude en el aire. No deja de hacerlo. Corcovea, levanta las patas traseras, gira violentamente. No se usa “berijera”. Son toros de sitio. El montador no se amilana. Tampoco el toro. Todo ocurre a unos cuantos pasos del bramadero. Solo han transcurrido 20 segundos que parecen un siglo.

El toro gira hacia la izquierda, después hacia la derecha, el montador sale lanzado por los aires; quedan frente a frente, trata de escurrirse hacia las varas. El barcino lo alcanza con los cachos. Lo levanta una y otra vez, lo pisotea, vuelve a remeter, emana sangre de su rostro. Los toreros salen en su auxilio, tratan de quitarle de encima al animal y no pueden. Continúa embistiéndole. En un santiamén no queda nada por hacer. Saben que está muerto. Sienten rabia y desesperanza. ¡Hay perplejidad y desconcierto! Se duelen del montador. Apenas hace unos minutos conversaban sobre el número de toros que montaría este año. Dolor y llanto sacuden la barrera en Palo Solo. Se apiadan de su suerte. El silencio se impone en palco. Un silencio crudo y elocuente. Entristecedor.

Sus compañeros de faena serán los encargados de llevar la mala noticia. Hay congoja, sentimientos y expresiones de dolor, salen en búsqueda de sus familiares para entregarles el cuerpo. Los más bragados alaban su valentía. Murió como solo saben hacerlo los hombres, afirman indignados. En un breve repaso cuentan sus hazañas por las distintas barreras chontaleñas, donde asistía a jugarse la vida. El héroe ha caído. La tarde oscurece y la desilusión anida en sus corazones. Será enterrado con honores. El sepelio será en Juigalpa mañana por la tarde. Hoy habrá vela en casa de sus familiares. Acordaron ir acompañarle. Saben que la tradición debe mantenerse, ropa, faja, botas y espuelas que el héroe calzaba, deberán acompañarlo hasta la última morada. Esto manda el ritual.

El público irrumpe en aplausos, un desgarramiento pasajero, luego piden desaforados, como si nada hubiese ocurrido, ¡Qué siga la montadera! La bullaranga no se detuvo. En los chinamos las roconolas nunca pararon. Los campistos afuera viven ajenos a lo ocurrido dentro de la barrera. No paran de tomar. En las montaderas hay que tener en cuenta la posibilidad de la muerte. ¿Cómo no entenderlo? Solo su mujer, hijos y familiares, sienten en carne viva, lo que significa perder a un ser querido. Siendo apenas adolescente, no me interesé por saber cómo se llamaba. Hoy no quiero que la gallardía de Rochita, pase al olvido. Exalto su nombre y dejo constancia ante la historia, que se trata de uno de los grandes montadores chontaleños. Bienvenido sea al panteón de los ilustres.

 


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