Opinion

Inmenso se vio Román. Lo despojaron

Es doloroso ser despojado de un triunfo, aunque no tanto como ser despojado de la libertad, y “Chocolatito” debe pensar en eso mientras reflexiona

La gran noche de “Chocolatito” González, fue oscurecida por un fallo equivocado. Hay peleas bravas, de intensidad sostenida con un violento ritmo de golpeo, difíciles de juzgar round tras round entre las columnas de humo, con los peleadores danzando sobre las brasas en busca de prevalecer, pero aún admitiendo la multiplicación de dificultades, no sentí confusión para visualizar al vencedor: Román “Chocolatito” González. Me gusta el viejo estilo de anotación que permitía rounds empatados porque evita peligrosas desviaciones. No fijé ganador en los asaltos tercero y sexto, y tuve serias reservas en el décimo, registrando al final ventaja de dos puntos para Román.

Cuando “El Gallo” dice que consideró un empate -fallo que hubiera sido un premio para el esfuerzo que desplegó-  se estaba refugiando en el rincón de la resignación, más allá de la demostración de coraje. Ha sido un pelea jadeante, sin pausas, que sometió a prueba la capacidad física de los gladiadores. Más joven que El Gallo se vio Román pese a sus 33 años por 30, cerrando la pelea con la agitación de un volcán. Es decir, aún tiene mucho que ofrecer como ombligo del espectáculo en las categorías pequeñas. “Siento que gané”, expresó con sencillez, mordido otra vez en su historial como ocurrió en la primera pelea con Rungvisai, y agregó estar listo para una tercera pelea, que de realizarse este año, podría manejarla mejor. Anoche, en su máxima elevación, Estrada quedó corto respecto al nica, y lo sabe.

Ha sido la mejor pelea de “Chocolatito”, por el nivel de exigencia del adversario; por sujetar en los momentos de mayor agitación la agresividad de “El Gallo”, volcándose con combinaciones culminadas con esa derecha de notable trazado y llamativa explosividad; porque su propuesta permanente, aunque previsible, era efectiva e inevitable. Atrapado por el fuego del combate, Román no buscó como establecerse en la media distancia con su larga izquierda funcionando como estocada, prefirió, desde el segundo asalto a diferencia de la pelea anterior, ir directamente al golpeo fuerte atacando a la cabeza y al cuerpo, buscando no como noquear, sino como hacerse sentir con su mayor poder, y confiando en su capacidad de asimilación, fortalecida por una preparación física apropiada para semejante reto.

Digo que no era difícil determinar al ganador, porque las respuestas a las interrogantes esenciales, clarificaban cualquier titubeo: ¿Quién ejerció mayor presión, contragolpeó con más precisión tanto en la corta como en la media distancia, no cedió espacios ni dio tregua, se mostró más potente y cerró más fuerte? Sin duda, “Chocolate”. Y si se necesitaba despejar cualquier duda, ganar como lo hizo el último asalto, trabando dos veces el movimiento de piernas de Estrada, le ponía selló a su victoria más resonante, y al mismo tiempo, iluminada de brillantez. No creo que al sonar la campana final, alguien tenía algo más que pedirle a Román, afectado por la injusticia del fallo, incluido el absurdo 117-111 de un árbitro que debe regresar al abecedario del boxeo.

Un gran “Gallo”, respondiendo con rapidez y suficiente precisión en los momentos de mayor angustia, exhibiendo un atrevimiento temerario, aunque debilitado en fortaleza y movimientos de piernas en la recta final, obligó a un gran “Chocolate” en una noche vibrante, en la que los dos peleadores alcanzando su máximo voltaje, mantuvieron en pie a los espectadores, como lo hacen peleas memorables. Ganó Román. De eso, seguramente todos estamos claros, pero en boxeo muchas veces la justicia es tuerta, y muerde grandes esfuerzos. Es doloroso ser despojado de un triunfo, aunque no tanto como ser despojado de la libertad, y “Chocolatito” debe pensar en eso mientras reflexiona. Quedó listo para seguir ampliando su historia, si quiere hacerlo.

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