Opinion

¡Honduras está de fiesta y claro que tiene razones!

En Honduras pudo más el hartazgo, la decepción, la humillación, la vergüenza y el fastidio; y pudo más la fuerza del voto que la fuerza de la violencia

Aunque aún es temprano para realizar un análisis completo de los resultados electorales del 28 de noviembre recién pasado, podemos afirmar con contundencia que hemos dado un paso adelante en la recuperación de un país que estuvo secuestrado, manipulado y envilecido por un minúsculo personaje que logró llegar a concentrar altos niveles de poder gracias a su capacidad para crear cómplices y a su habilidad para controlar instituciones e influir sobre las grandes decisiones de país en función de sus intereses personales, familiares y de la red de incondicionales que salieron gananciosos de la ignominia en que hundieron al país durante más de ocho años.

Lo que parecía ser la iniciativa de un solo personaje con visión provinciana, de intención perversa y de cálculo político para convertir a amigos y correligionarios en cómplices, combinada con una visión estratégica de fuerte influencia castrense, se fue convirtiendo en un proyecto coherente y consistente, caracterizado por tener a las fuerzas armadas como brazo armado de incondicionalidad monetaria; a buena parte de la empresa privada como socia en negocios legales o ilegales, contratos leoninos y proyectos disfrazados de interés nacional; a los diputados de su partido -y de otros a disposición- como piezas clave de precio establecido en las necesarias y consecuentes decisiones políticas para mantener y consolidar su proyecto; a las cúpulas de las iglesias, en particular de las evangélicas, debidamente alineadas al son de las prebendas; al sistema de justicia -Corte Suprema de Justicia y Ministerio Público- a disposición constante para resguardar su proyecto, protegerlo y encubrirlo con la legalidad necesaria; y, finalmente, a la policía nacional y militar, para completar el círculo de criminalización de todos los que se interpusieran en su proyecto aunque fueran causas nobles y justas como la defensa de los derechos humanos, de los territorios y de los recursos fundamentales del país.

Todos ellos han sido los perdedores de los comicios electorales del 28 de noviembre: ¡todos! Y ese tan solo hecho es motivo de celebración… Son muchos los que deben estar preocupados ante el descalabro pensando que ha llegado “el turno del ofendido” y que la tranquilidad derivada de la impunidad de tantos años está a punto de acabarse, y eso es bueno y muy saludable para la sociedad en general que puede empezar a construir esperanzas y a forjar sueños.

Es cierto que falta aún ver como va a quedar constituido el Congreso Nacional, pieza clave para impulsar los cambios requeridos y el desmontaje de la estructura de impunidad que caracterizó a este proyecto nefasto. Pero podemos sentirnos satisfechos de la forma en que el bipartidismo está pagando con creces sus errores y sus ofensas a la ciudadanía que confió en ellos a lo largo de muchos procesos electorales. Ahí está el partido Liberal que sigue pagando su deuda por involucrarse directamente en un golpe de Estado a su propio partido, y se presenta ahora fragmentado, invisibilizado, deteriorado y desintegrado éticamente luego de llevar a un exconvicto como candidato a la presidencia, disfrazado de mártir (“aquel trueno vestido de nazareno”) por un grupo de seguidores de intenciones lamentables y aspiraciones de quedar incluidos en el reparto político. Pero ahí está también el partido Nacional envilecido en toda su estructura, deteriorado por la corrupción y el narcotráfico, pero, sobre todo, por haber asumido con entusiasmo su condición de cómplice. Al igual que el partido Liberal, es una institución desfasada, contaminada, manipulada por líderes nocivos y apegado a una imagen deteriorada “de fulgor escaso”. A ambos les será difícil superar su fracaso y mucho más crear nuevos liderazgos que empiecen por pedir perdón a una sociedad a la que han hecho tanto daño.

Es grande la alegría y mucha la satisfacción de haber derrotado a la maquinaria estatal coludida con la maquinaria de partido cuya estrategia central fue la compra de conciencias y la compra de votos con millonarias cantidades de dinero a disposición para atraer, inducir y envilecer a los beneficiarios actuales y potenciales de una política asistencial deformada y manipulada. Pudo más el hartazgo, la decepción, la humillación, la vergüenza y el fastidio de una sociedad exhibida nacional e internacionalmente; y pudo más la fuerza del voto que la fuerza de la violencia, y la ciudadanía demostró el 28 de noviembre que estuvo a la altura de lo que el país demandaba con sentido de urgencia: sacarlos del gobierno y empezar a construir un nuevo país… ¡Vaya mandato el que ha recibido el partido LIBRE, la presidenta electa y todos los que se sumaron a la estrategia unitaria que le dio el tiro de gracia a tanto sinvergüenza! Y es unánime el grito general que se convierte en una advertencia ciudadana: “¡NO NOS FALLEN!”

*Este artículo se publicó originalmente en Radio Progreso, de Honduras.


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