Opinion

Gabo y Darío

Gabriel García Márquez y Félix Rubén García Sarmiento, además de un apellido, comparten un rasgo más de sus luminosas vidas

En enero de 1943, poco antes de cumplir dieciséis años, Gabo debió dejar la casa familiar y sobrevivir por su cuenta, pues la prole numerosa de sus ocho hermanos había doblegado los enjutos ingresos de la economía familiar. La madre le ajustó, en máquina Singer de pedal, un traje con chaleco de manta negra del padre, y así ataviado salió de su natal Aracataca, llevando consigo sabidurías de las mujeres que lo criaron; interminables conversaciones con el coronel Márquez, su abuelo, sobre la Guerra de los Mil Días; imágenes de muertos que deambulaban en su casa y el vecindario, con los que se habituó desde su infancia y un cardumen de mariposas amarillas pululando en su cerebro.

El viaje hasta Bogotá lo hizo en lancha por los ríos Mojana, San Jorge y Magdalena, hasta Magangué, donde abordó barco venido de Barranquilla. Entonces, el Magdalena –arteria fluvial e histórica de Colombia- era navegado en barcos de tres pisos con dos chimeneas, “que pasaban de noche como un pueblo iluminado y dejaban un reguero de músicas y sueños en los pueblos sedentarios de la ribera”. Según el estado del barco y del río, el viaje a Puerto Salgar, al pie de los Andes orientales, podía durar una semana o dos, sin motivo de preocupación para nadie, porque la nave, lenta o varada, se convertía en inmensa parranda flotante, acompañada con las algarabías de garzas, loros y micos.

De Puerto Salgar, Gabo escaló Bogotá en un tren, parecido al trencito amarillo que de niño veía llegar todos los días a las once de la mañana a Aracataca. En los tramos más empinados, el ferrocarrilito resoplaba y necesitaba que los pasajeros bajaran y subieran a pie hasta la siguiente cornisa, mientras alcanzaba los 2600 metros de altura de la capital colombiana -a más de mil kilómetros de su casa- donde lloró desolado la tarde fría y sombría que llegó, “la más funesta de mi vida”. Pero había que echar pa´lante. Obtuvo beca para estudiar tercero de bachillerato en el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá, pequeña ciudad colonial a 50 kilómetros de Bogotá, con altitud y fríos similares a esta, donde internos estudiaban 250 muchachos de todas las condiciones etnoculturales del país, todos becados, enlazados entre sí por el genético rasgo común de la pobreza.

Antes de la narrativa, Gabo estuvo atraído por la pintura. “Era capaz de dibujar una mujer, una flor o un burro, sin levantar la mano”. Y por la poesía, pues su memoria almacenaba a los clásicos españoles, que recitaba y cantaba a ritmo de vallenato. Rubén Darío entró en su vida y en la del Centro Literario de los Trece, gracias a Carlos Martín, rector del Liceo y poeta del grupo Piedra y Cielo. A inicios de cuarto de bachillerato, y durante los seis meses que duró su rectorado, los centró en la obra y figura del nicaragüense, de quien podía analizar durante una hora los motivos de sus sonetos, invención metafórica y ritmo poemático. Y, entre poema y poema, les iba contando la vida del maestro nicaragüense en anécdotas pintorescas y sugestivas.

Les hablaba del niño soñador que fue Darío en una aldea de Nicaragua y criado por su tía abuela; que leyó a los tres años, destacando entre sus primeras lecturas Las mil y una noches; de la sorpresa que tuvo el día que apareció una señora muy bella, vestida de negro, asegurándole que era su verdadera madre. Asimismo, les contaba que el padre del modernismo americano se había criado a la sombra de un viejo coronel que le narraba historias de guerras pasadas; que un día el niño poeta conoció el hielo como auténtica revelación; que publicó sus primeros versos rimados a los trece años y que estudió con los jesuitas.

Desde entonces, el muchacho de Aracataca -flaco y de ojos desorbitados-, quedó magnetizado por la figura y obra de aquel desconocido, pues él había sido niño soñador en una aldea del Caribe, al cuido de su abuela y su tía abuela; leyó descuadernado Las mil y una noches; y un día, con menos de cuatro años, lo deslumbró la presencia de una bella y joven señora, vestida de rosa, con perfumes y aderezos de ciudad, que le aseguró que era su madre. Además, se había criado a la sombra de un viejo coronel que le contaba mil y una historias de las guerras civiles y un día lo llevó de la mano a conocer el hielo; publicó sus primeros versos rimados a los trece años y estudió con los jesuitas.

Tantas coincidencias entre su vida y la del poeta nicaragüense reforzaron la admiración que desde entonces sintió por Rubén Darío, al punto que este asomaría de modo particular en El otoño del patriarca, como influencia y personaje. En una de las menciones de Darío en El otoño… destaca la pompa con que, por la llegada del poeta, fue engalanada la casa del poder, donde se suponía sobrevivía el patriarca dictador.

…Veíamos los muros fortificados en la colina de la Plaza de Armas, la casa del poder, con el balcón de los discursos legendarios y las ventanas de visillos de encajes y macetas de flores en las cornisas, que de noche parecía un buque de vapor navegando en el cielo, no solo desde cualquier sitio de la ciudad, sino también desde siete leguas en el mar, después de que la pintaron de blanco y la iluminaron con globos de vidrio para celebrar la visita del conocido poeta Rubén Darío, aunque ninguno de esos signos demostraba a ciencia cierta que él estuviera ahí, al contrario, pensábamos con buenas razones, que aquellos alardes de vida eran artificios militares para tratar de desmentir la versión generalizada de que él había sucumbido a una crisis de misticismo senil… 

Hoy, Gabriel José de la Concordia García Márquez y Félix Rubén García Sarmiento, además de un apellido, comparten un rasgo más de sus luminosas vidas: su lejanamente cercana inmortalidad.

 



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