Opinion

Epitafios en la arena

Con la recuperación de la democracia, habrá una oportunidad para todos de ejecutar políticas concertadas de memoria, verdad, justicia y reparación

El domingo 12 de septiembre 2021 se movían titulares y comentarios polémicos en redes sociales sobre una construcción del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo en el cerro Motastepe, un enorme montículo de arena y grava de aproximadamente 359.5 m.s.n.m., ubicado al oeste de Managua, capital de Nicaragua. Habían enviado a reinstalar grandes siglas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), en una estructura pesada de concreto sobre laderas inestables del cerro, pero ¿Cuál es la diferencia si en todo el país prolifera la propaganda oficialista?

Sin duda alguna es debido a ecos de voces del pasado, una memoria reciente, suprimida y negada a cambio de la paz, una paz acompañada de impunidad, del trauma somocista y guerra civil de los años 80. Además de ser un espacio geográfico vulnerable para construcciones; ha sido  testigo mudo de la trágica historia sociopolítica y extractivista de los recursos naturales del país centroamericano, ha sido un espacio público donde se han manifestado marcas comerciales y memoriales de conflictividad en las luchas de poder.

Con la revolución lo usaron para alzar victoriosas las siglas del FSLN como una estrategia propagandista de legitimación, fines de dominación y confrontación durante la guerra, después con el Gobierno del doctor Arnoldo Alemán (1997-2002) fue retirado el título sandinista como parte de las políticas públicas de memoria excluyentes para desaparecer del espectro público el sandinismo y sus simbolismos.

Daniel Ortega y Rosario Murillo enviaron a reinstalar las siglas de su partido político (FSLN), que representan la matriz de un sistema autoritario y réplica materializada de la cultura de violencia, caudillismo y dictadura funesta que se ha desgraciado históricamente en el país. Nuevamente con la intención de enviar un único mensaje al pueblo “la permanencia de Ortega-Murillo en el poder”, que supondría la continuidad indefinida del estado policial, partido único, violencia, censura, sistemáticas violaciones de derechos humanos, impunidad, crisis económica y migración forzada.

Daniel Ortega lleva 14 años en la presidencia de Nicaragua y ya está listo para realizar un simulacro de comicios con partidos políticos satélites y candidatos de paja, sin oposición, ya que todos sus adversarios han sido encarcelados, obligados al exilio o inhibidos de participar; sin observación internacional sin seguridad ni garantías constitucionales; y por si fuera poco, en plena impunidad respecto de las graves violaciones de derechos humanos en el marco de las protestas sociales iniciadas en abril 2018, donde resultaron más de 328 personas asesinadas por la represión estatal, más de 2000 heridos, centenares de detenidos, despidos y expulsiones de trabajadores y estudiantes, y más de 103 600 personas que tuvieron que huir debido a la persecución, según la CIDH en su Informe Anual 2020. Capítulo IV.B Nicaragua

El 7 de noviembre, Ortega-Murillo habrán consumado oficialmente un golpe de Estado a los principios constitucionales de la democracia nicaragüense y la contenida en la Carta Democrática Interamericana, aún a sabiendas de que el único resultado será la ilegitimidad de origen y el rechazo de la comunidad internacional tanto de derecha como de izquierda.

Ortega ya no tendrá apoyo de la izquierda internacional, ni podrá escudarse en el discurso ideológico de una izquierda reprimida por imperialismos de derecha, ya que hace tiempo fue expulsado de las plataformas de izquierda y ahora la Unión Democrática Renovadora (UNAMOS) antiguo Movimiento Renovador Sandinista a quienes Ortega-Murillo persigue, son los respaldados y reconocidos internacionalmente, esta partida juega a favor de toda la oposición. No obstante, Ortega-Murillo parece apuntar a llevar la crisis a los extremos hasta lograr asegurar una dinastía familiar y de partido único al mejor estilo cubano.

Todos estos aspectos antidemocráticos pasarán a ser los fundamentos plantados en la arena de la ilegitimidad donde se sentará Ortega-Murillo para el periodo 2021-2025, al igual que los cimientos de sus siglas en el cerro Motastepe colapsará  un día por su propio peso, el peso de la  inconstitucionalidad, la ilegalidad y criminalidad, con las que pretende mantener su desgobierno.

Al parecer Ortega-Murillo, sus compinches y los cuerpos castrenses no han entendido la historia de su país, un país hecho para la libertad, la democracia, la justicia y que ha luchado por ello contra cielos y contra humanos, saliendo triunfante en todos los casos, uno a uno los dictadores cayeron y este no será la excepción.

Sin embargo, esa caída depende mucho de la beligerancia de la oposición formal de izquierda y derecha, para alivio de estos, preveo que sus liderazgos y precandidatos que se mantienen presos políticos hasta la fecha, serán liberados con condiciones, juzgados y amnistiados antes de finalizar octubre 2021, ya que Ortega no querrá ir a comicios con presos políticos. La oposición tendrá que firmar tregua a las diferencias y reagruparse, consolidar la unidad política desde el reconocimiento mutuo, tolerancia, altruismo, profundo respeto al país y juntos ofrecer rutas estratégicas, planes que devuelvan la esperanza y el entusiasmo al electorado de seguir luchando por un mejor país, ya después podrán levantar el telón ideológico y disputarse el poder en democracia.

Con la recuperación de la democracia, habrá una oportunidad para todos los sectores del país (incluyendo lo que quede de la fuerza política del orteguismo), de ejecutar políticas concertadas de memoria, verdad, justicia y reparación, acompañadas por la comunidad internacional y se acople a los estándares de la misma, para que ya nunca más surjan polémicas de  epitafios en la arena, sino lecciones edificadoras de epitafios en nuestra memoria social.


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