Opinion

En el aniversario de la pandemia, el Reino Unido incrementa su arsenal nuclear

Los arsenales nucleares son potencialmente generadores de epidemias y pandemias. Su posesión podría considerarse crimen de Ecocidio

En 2012, siendo alcalde de Londres, Boris Johnson había quedado suspendido al aire cuando, durante los festejos olímpicos, los cables de una tirolina que lo elevaba sobre la capital londinense se atascaron. Quienes lo miraban desde abajo, no sabían si se trataba de un payaso disfrazado de alcalde, o de un alcalde vestido de payaso. Años más tarde, en 2019, ya siendo Primer Ministro, Johnson se disputaba los reflectores mediáticos internacionales con su homólogo y héroe, Donald Trump, para modelar alopecias envueltas en melenas amarillas. Posteriormente, en 2020, tras la consumación del Brexit y tras el arribo del Coronavirus a Inglaterra, se convertiría en maestro del arte de lavado de manos.

Lo que nadie esperaba de este truhan profesional era su decisión, dada a conocer en los últimos días, de incrementar, en plena pandemia, el arsenal británico de armas de destrucción masiva.

La noticia sería divulgada con la publicación de un documento oficial inicialmente filtrado a la prensa y titulado “Estrategia Integrada de Seguridad, Defensa, Desarrollo y Política Exterior”.

El Reino Unido había alcanzado el mayor número de muertes por Coronavirus en Europa, con una de las peores tasas de mortalidad del mundo, y el Primer Ministro se sentía derrotado por un invisible enemigo. Su magullado ego y testosterona tendrían que ser restaurados: si no pudo vencer al diminuto SARS-CoV-2, la mejor manera de redimirse era apostando al armamentismo nuclear. Contra las amenazas microscópicas, siempre son buenas las armas atómicas –le habría aconsejado algún embriagado asesor.

Efectivamente, Inglaterra acaba de mostrar al mundo su disposición de violar Tratados Internacionales de los que había sido parte desde 1968 y bajo los cuales se comprometía a la no-proliferación, el desarme y la reducción progresiva de arsenales nucleares.

El Reino Unido no solamente violó compromisos adquiridos en previas décadas mediante el Tratado de No-Proliferación (NPT) del cual fue copartícipe desde sus inicios; sino que es uno de los pocos países que se negaron a firmar el nuevo Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPNW) entrado en vigor en enero del año en curso. A diferencia del NPT, el TPNW establece que son ilegales la posesión, el perfeccionamiento, almacenamiento, ensayos, y transporte de armas nucleares.

El nuevo plan de Johnson, también conocido como “Gran Bretaña Global”, incluye el incremento, por más del 40%, al tope de ojivas nucleares del programa Trident. El documento en cuestión establece también un aumento presupuestal al Ministerio de Defensa, justamente cuando el Sistema Nacional de Salud (NSH) ha estado al borde del colapso a causa de la pandemia.

Organizaciones diversas como la Campaña por el Desarme Nuclear (CND) y Pax Christi critican los recientes recortes al presupuesto de ayuda humanitaria internacional y la decisión gubernamental de actualización nuclear anunciada a escasos días de que el gobierno se negase a pagar un incremento salarial por encima del 1% a las enfermeras que, desde el inicio de la pandemia, han estado en la primera línea de defensa de los hospitales –esas mismas enfermeras que atendieron al Primer Ministro cuando él enfermó de Covid-19.

Pero hay otra ironía en la visión post-Brexit del señor Johnson: el documento mencionado es presentado como una “visión global” ante las grandes amenazas de nuestro tiempo, entre las cuales subraya el cambio climático.

Lo que no dice el extenso documento es que, los planes de mitigación de cambio climático y el simultáneo incremento del arsenal nuclear, son incompatibles: la industria bélica nuclear es, por naturaleza, generadora de cambio climático y destructora de los ecosistemas que se requieren para mitigarlo. La carrera armamentista nuclear es, lógicamente, enemiga de la biodiversidad y del clima.

Alguien tiene que decirle al inquilino de Down Street que las armas nucleares representan mayor amenaza al clima que las industrias extractivas de combustibles fósiles, y las industrias agrícola, ganadera, minera, pesquera y textil juntas. Es cierto que el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) de la ONU reconoce la importancia de la energía nuclear para mitigar cambio climático; pero, energía nuclear con fines pacíficos, y armas nucleares o armas de destrucción masiva, no son la misma cosa: meter dentro del mismo costal el desarrollo de industrias para generar energías limpias, y, el desarrollo de industrias nucleares con fines militaristas, es deshonesto.

Una descarga nuclear mínima durante un ataque nuclear- devastaría en muy poco tiempo al sistema natural climatológico que regula la temperatura en la atmosfera, la biosfera y demás estratos del sistema climático planetario; y devastaría irreparablemente ecosistemas enteros –sin mencionar la pérdida de vidas humanas.

La detonación de una ínfima parte del arsenal nuclear existente en el mundo –hoy incrementado por cortesía del gobierno británico- arrojaría a la atmosfera cenizas suficientes para desquiciar el clima y destruir la capa de ozono que protege al planeta de la radiación ultravioleta del sol. Su efecto podría ser mayor que el calentamiento global provocado por los gases de efecto invernadero de las industrias existentes desde el inicio del Antropoceno, conllevando a la destrucción de cosechas, daños al DNA, contaminación de océanos, ríos y fuentes de agua potable. A corto plazo, los efectos inmediatos más conocidos de las armas nucleares –la detonación propiamente, las ondas de calor, y, la radiación- son suficientes para causar una catástrofe climática-ambiental. Esto sin hablar del impacto devastador sobre la infraestructura y servicios de salud en ciudades grandes o poblados pequeños afectados por un eventual estallido nuclear.

Reportes producidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS) desde 1984 dejan claro que, al hablar del impacto de armamentos nucleares en el medio ambiente debemos incluir, el ciclo de producción, desarrollo, manufactura, pruebas, almacenamiento, reparación, mantenimiento y transporte de las armas nucleares. Dicho impacto incluye la liberación al aire, tierra y agua, por accidente o rutina, de material radioactivo.

Irónicamente, el impacto por detonación nuclear conllevaría a la liberación y desencadenamiento de microbios y virus. Los reportes de la OMS subrayan que la putrefacción de cadáveres humanos o animales y la contaminación del agua, tras un ataque nuclear, serían caldo de cultivo de microbios que generarían diversas enfermedades que se propagarían en forma de epidemias en extensas áreas. Sobra mencionar el riesgo de la aparición de nuevos virus y nuevas pandemias, frente a las cuales la presente pandemia del Coronavirus parecería juego de niños.

La proliferación nuclear como la que ha anunciado Boris Johnson es mal augurio. Este despliegue militarista, en medio de una de las mayores crisis antropológicas de la historia, coincide con un importante movimiento civil que busca reformar el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional (CPI) a fin de restaurar el crimen de Ecocidio. Ciertamente, establecer el vínculo entre la carrera armamentista nuclear y Ecocidio, conllevaría un complejo y largo proceso, dificultando aún más, la labor del panel de juristas expertos en derecho internacional que hoy dilucidan la tipificación del delito de Ecocidio. A la fecha, la sola posesión de armas nucleares no es considerada causal de crímenes contra la paz dentro del Estatuto de Roma. Pero en esta época de profundas transformaciones paradigmáticas, no es improbable que la Fiscalía de la CPI contemple la investigación de delitos por destrucción del clima y medio ambiente potencialmente causados por armas nucleares. Discernir el significado del incremento de arsenales nucleares durante una pandemia y en pleno colapso bioclimático, parecería urgente. La defensa de la vida planetaria en todas sus formas está en juego.

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