Opinion

Elecciones calientan los ánimos

"Las últimas seis elecciones han roto lazos de amistad y la séptima va por el mismo camino. Muchas familias terminan partidas en dos"

Como ha ocurrido durante más de dos tercios de siglo (1947-2021), las elecciones se han convertido en caldo de cultivo para que los nicaragüenses expresen sus emociones. Alborotan los ánimos. Las desavenencias aumentaron estimuladas por la polarización geométrica que vive el país desde 2008, después que el Consejo Supremo Electoral (CSE) cometiera fraude. Pocos los imaginaban. Los disturbios en las calles terminaron con rajaduras de cabezas, vehículos destruidos, periodistas agredidos y disputas territoriales en las inmediaciones del hotel Hilton Princess. Era impensable que el CSE arriesgaría un prestigio maltrecho, en unas elecciones municipales. Los movimientos realizados por el partido gobernante presagiaban que la polarización venía en ascenso. Algo evidenciable.

Lejos estamos del deseo que los cotejos electorales sean una contienda cívica, los dirigentes de los partidos políticos se empecinan en predisponer a los nicaragüenses unos contra otros. En río revuelto cazan a su antojo. Saben extraer dividendos de los pleitos que ellos mismos propician. Con sus diatribas intoxican el ambiente. Sus intervenciones están orientadas a fortalecer la confrontación, no el debate de ideas. Eso es lo que menos importa. Las elecciones son prácticamente un ring de boxeo. Las encuestas bajo encargo sirven para tomar el pulso a los electores. Si los resultados indican que van abajo en las preferencias de votación, azuzan a sus seguidores y las contradicciones políticas estallan. No importa si para perturbar los ánimos mientan descaradamente. Les tiene sin cuidado. 

Las últimas seis elecciones han roto lazos de amistad y la séptima va por el mismo camino. Muchas familias terminan partidas en dos. Especialmente cuando hay de por medio prebendas. Los beneficios recibidos son recompensados de la peor manera. La irritación familiar se manifiesta a través de rupturas inexplicables. Un indicador de lo serio que se toman la política y una muestra de su incapacidad para discernir o poner límites a los embrollos a los que les precipitan los políticos. Las granjerías recibidas pueden mucho más que la paz familiar. Mientras la política nicaragüense esté infectada por el prebendarismo, los políticos gozarán de una gran ventaja. Las viandas ofertadas pocos las rechazan. Amistades y familias quedan mal dispuestas. Totalmente divididas.

La incorporación a la contienda política de las redes sociales en Nicaragua, ocurrió de forma gradual. Siguiendo la costumbre de líderes de otras naciones, gobernantes y dirigentes de agrupaciones de distinto signo político, se sintieron atraídos por su uso. Con idéntica fruición son utilizadas por usuarios de todos los bandos. Las redes desplazaron a la televisión del lugar privilegiado que tenía en las lides políticas. Hoy ocupan la centralidad de la política. Con una enorme ventaja. No están sujetas a ningún filtro o mediación, como ocurría antes. Un solo ejemplo basta en el área centroamericana. Nayib Bukele las utiliza de manera profusa. Es su principal herramienta para dirigirse a los funcionarios públicos, seguidores, adversarios y para denostar contra periodistas. 

Los gobernantes nicaragüenses gozan de mayor ventaja frente a las demás expresiones políticas. Son dueños del duopolio televisivo y disponen de numerosas radioemisoras y dispositivos digitales (La voz del sandinismo, El 19 digital, Redvolución, Barricada y un largo etcétera). Crearon una red de jóvenes comunicadores. A lo anterior habría que sumar los troles, encargados de distraer y sentar posiciones a su favor. Son delegados para llevar la batuta en el confrontamiento contra fuerzas políticas adversas. Inundan las redes exaltando realizaciones de los mandatarios y generan dudas sobre la honestidad y pertinencia de quienes se oponen a la gestión gubernamental. Sobre ellos recae la tarea de ejecutar cruzadas de descrédito contra quienes se oponen al Gobierno. 

La escogencia de las redes para librar las batallas políticas no es tangencial, son las mejores aliadas para vilipendiar, estigmatizar y enconar los ánimos. Tres años continuos de enfrentamiento político, avalan su importancia para poner en mal predicado a los contrincantes. Galvanizan las conciencias, predisponen a los adversarios, alimentan odios, incrementan los resentimientos, producen antipatías y fomentan las controversias. El parteaguas se produjo el 19 de abril de 2018 y desde aquel entonces, en vez de liberar una atmósfera cargada de nitroglicerina, los usuarios continúan emponzoñando el ambiente. Las redes son las abanderadas para sostener la lucha interminable que libran seguidores y opositores al comandante Ortega. Los usuarios no manifiestan cansancio. 

Un grave retraso político entre los nicaragüenses sigue siendo percibir al otro como enemigo. Un tema central en la política contemporánea. El cientista político italiano, Norberto Bobbio, animaba a dejar atrás esta rémora. Con razonamiento sencillo y convincente, terminaba preguntándose, ¿qué hacer con el otro, en sociedades donde las desigualdades son el pan nuestro de todos los días? Sin duda aludía a las confrontaciones de clases. ¿Encarcelarlo? ¿Matarlo? Los más persistentes en dividir a la sociedad nicaragüense, entre amigos y enemigos, son los políticos. Una tesis retrógrada en la que sus seguidores terminan enganchados. Mientras no cambiemos de actitud seguiremos empanados en el siglo dieciocho. Tenemos un enorme desafío frente a nuestros ojos. 

Cuando el enemigo es el otro, habrá que exterminarlo, encarcelarlo, confiscarle sus bienes, exiliarlo, agredirlo, restringirle sus derechos de asociación y reunión. Uno de los primeros estudiosos en dejar constancia de este comportamiento atrasado, fue el diplomático estadounidense, Ephraim George Squier. Nicaragua, sus gentes, sus paisajes, continúa siendo un clásico dentro de la bibliografía nacional. Publicado en Nueva York en 1860 y traducido al español por Luciano Cuadra Vega en 1972, para la Editorial Centroamericana, ofrece lecciones de enorme interés para quienes están dispuestos a mudar de piel. Es inconcebible que después de más de siglo y medio de haber hecho sus afirmaciones, el país se encuentre atrapado en el pasado, todo por culpa de los políticos.  

En un ambiente hostil como el nuestro, los caricaturistas con sus puyas, son los primeros en advertir el rezago político que vivimos. Ajenos a los partidos, sus caricaturas resultan urticantes. Tienen libertad para proyectarse en todas las direcciones, posición que vuelve apetecibles sus propuestas. Una vuelta de manos a sus tropelías. Los políticos en vez de verse retratados en ese espejo, se enfurruñan y restan credibilidad. ¿Nunca se habrán preguntado por qué los caricaturistas gozan de prestigio? Les amargan la vida. En su momento, el general Charles De Gaulle, víctima a diario de los caricaturistas franceses, él mismo recortaba las caricaturas que hacían sorna de la manera que ejercía el poder. ¿Se vería retratado en sus cuadritos? Mérito que pocos políticos tienen en su haber. 

Los principales blancos de las campañas de descrédito son los aspirantes a ocupar la primera magistratura del país. La aparición de candidatos al solio presidencial implicó el disparo de salida. Las razones son múltiples. Los más fanáticos lo hacen porque no desean que nadie haga sombra al comandante Daniel Ortega. Su fidelidad se traduce en denigrar de los demás postulantes, estigmatizarlos y no dar crédito a su trayectoria. Con meticulosidad arqueológica se dedican a escarbar su pasado. Para lograr sus fines no requieren utilizar carbono 14. Un solo rasgo basta para caracterizar a los contrincantes del comandante Ortega. No ha habido candidato que no haya pasado por sus trituradoras. Todos carecen de las virtudes que acreditan al mandatario como el mejor.

Con una capacidad visual de ciento ochenta grados, los seguidores del comandante Ortega, disparan en ráfaga contra pretendientes de otras corrientes o posibles alianzas partidarias. De acuerdo a las impresiones vertidas, ni uno solo reúne las cualidades deseables, excepto el suyo. Las descalificaciones saltan con facilidad. Una pequeña muestra que los nicaragüenses continuamos siendo grandes amigos de la adjetivación y enemigos jurados de la argumentación y del fair play. Entre más cercanos sienten de disputarle el cetro, mayores son las ojerizas. Se esmeran por encontrarles manchas por doquier. En una especie de round-robin, todos contra todos y cada uno de quienes desafían a Ortega con ganarle la silla. ¿Cuántos electores escapan a esta esquizofrenia?

Crear divisiones es la consigna enarbolada desde esa orilla del poder. La vieja sentencia maquiavélica es nuevamente rediviva. La decisión de enfrentarlos para debilitar a sus seguidores es evidente. Exhibirlos ante los electores es la divisa. Nada mejor que poner en marcha su maquinaria mediática, con la finalidad de generar dudas y antipatías entre la oposición. Una ratificación que los nicaragüenses somos muy pocos reflexivos. A la hora de enjuiciar al otro, pesa más cualquier defecto que cualquier logro. Calentados los ánimos, la ceguera política se impone. Sin quererlo, se pliegan al guión impuesto desde el poder. Hay que desatar la furia entre los adversarios. Así terminarán despedazándose y lo están logrando: las aspiraciones por la candidatura están desangrándoles.  

Con todo lo acontecido, pareciera que Nicaragua es un país habitado por ángeles o demonios. Por mucho que hayan cambiado algunos candidatos, su pasado les persigue. No habrá perdón ni olvido. La visión prevaleciente es blanca o negra. En un ámbito como la política, cargada de grises, no ven matices. Cualquier cercanía con el sandinismo en el pasado, se convierte de inmediato en condena y sin derecho a apelar. Tengo la impresión que los puristas dominan el panorama político nacional. Sin mácula, alguna, creen tener derecho de lanzar la primera piedra. Víctimas de sus contradicciones, dicen ser partidarios del pluralismo político-ideológico, la práctica se encarga en desmentirles. Son tan sectarios como el más intolerante seguidor del comandante Ortega. 

 

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