Opinion

¡El traidor!

El diario secreto del hijo del Mayo, (Jesús Zambada) ubicado en la cúspide como “jefe de jefes durante el último siglo de narcotráfico en México".

“El gobierno siempre va a tener más balas,

no tiene caso pelearse con ellos”.

Jesús, Mayo Zambada

 

Meterse a husmear en los entresijos del narcotráfico es tarea riesgosa, muchos policías han muerto al intentarlo. Nada preocupa más a los capos, ¡qué alguien siga sus pasos! Son refractarios a toda forma de investigación. A muchos ha costado la vida preguntar por la dirección de un pezzonovante. Los más curtidos desean mantener sus nombres lejos de los reflectores, conservar un perfil bajo y vivir cobijados bajo las sombras. Otros gustan ser el centro de atención, que les compongan corridos, narren sus hazañas, aspiran a que su vida quede grabada en la pantalla. Son amigos de fiestas ruidosas. Todo lo contrario de lo que mandan los protocolos, no llamar nunca la atención para evitar que fiscales, policías y jueces les persigan, apresen y juzguen.

El mundo de los narcos posee sus propias reglas, son reacios a intromisiones de extraños, códigos con los que juzgan a los demás y a sí mismos. Cualquier dato sobre sus vidas podría ser fatal. Trazan un círculo de hierro al que solo pueden acceder sus secuaces más cercanos: guardaespaldas, enlaces con políticos, jueces y policías, gerentes de sus bienes y jefes de sicarios. Mientras menos personas sepan de su paradero, mucho mejor. Temen a las filtraciones. Evitan toda vulnerabilidad. Las lealtades se compran, tienen precio y sus cabezas se cotizan en el mercado de las drogas por organizaciones rivales, por gobiernos y policías. Cuando alcanzan notoriedad, los capos se ven obligados a no dormir nunca en el mismo lugar.

Desde hace más de una década, la periodista mexicana Anabel Hernández, se ha empecinado por indagar las formas operativas de los narcos. Asumiendo riesgos, no cesa en su empeño. No para de indagar. En su afán por ofrecernos una visión totalizadora, sus investigaciones incluyen a políticos y gobernantes, jueces y policías, fiscales y militares. Su actitud le creó animadversión entre las más altas autoridades mexicanas. No ha tenido reparos en denunciar la complicidad que reciben los narcos de militares y jefes policiales. Sus indagaciones la llevaron a corroborar que los capos de los cárteles más renombrados de México, forjan alianzas con los mismos jefes de Estado. En sus libros los presidentes aparecen con nombres y apellidos.

Enemiga de bombazos y alarmas, Hernández prefiere ir a fondo, así tenga que esperar meses y años hasta conseguir el dato preciso. Opera con la parsimonia del documentalista y la curiosidad del historiador. Se desliza con la meticulosidad del reportero y sangre fría del investigador policial. Dispara con puntería de francotirador. No le gusta desperdiciar municiones. Camina con pie firme. Sabe con exactitud donde encontrar la información requerida para hacer su trabajo. Anabel Hernández se ha convertido en un referente para conocer el mundo de las drogas. Un trabajo comparable al de los mexicanos Javier Valdez Cárdenas del semanario Riodoce, asesinado a balazos en Culiacán y de Jesús Esquivel de la revista Proceso.

Su libro El traidor- El diario secreto del hijo del Mayo, (Grijalbo, 2020), un compendio de las operaciones desplegadas por Jesús Zambada García, alias Mayo Zambada, ubicado en la cúspide como “jefe de jefes durante el último siglo de narcotráfico en México”. La investigación le llevó casi una década. Tuvo la fortuna de encontrarse con Fernando Gaxiola, el abogado de Vicente Zambada Niebla, hijo del Mayo. Gaxiola la buscó después que Hernández se refirió al Mayo como el poder detrás del trono del Cártel de Sinaloa. Una verdad indisputable para Hernández. Vicentillo había sido detenido en Ciudad de México, el 18 de marzo de 2009, su encuentro con Gaxiola se produjo casi dos años después, el 25 de febrero de 2011. Un regalo caído del cielo.

El encuentro entre Hernández y Gaxiola ocurrió en un restaurante cercano al Aeropuerto Internacional O’Hare de Chicago y resultó providencial. No solo por la información puesta en sus manos, también porque esta vez Anabel no expuso su vida para conseguirla. En esos días Hernández, radicaba en Ciudad de México, era escoltada las 24 horas del día. Vivía tiempos adversos. Tenían orden de asesinarle. Gaxiola la buscó por orientaciones de su cliente. Vicentillo se encontraba preso en el Metropolitan Correctional Center (MCC) de Chicago. El hijo del Mayo había escuchado una de entrevista radiofónica de Anabel —uno de sus pocos pasatiempos— y tuvo la corazonada de confiarle información solo conocida por los capos.

La abundancia de información y nombres de los implicados en el trasiego de estupefacientes, compra de conciencias, venalidad policial, complicidad presidencial y judicial, entrega millonaria de dólares, listado y ubicación de empresas propiedad del Mayo y familia, nombres de gerentes, gatilleros, sicarios, militares del más alto rango, fiscales, funcionarios de la DEA, compradores y distribuidores dentro y fuera del territorio mexicano, monto de las transacciones, puertos de entrada de la droga, disputas territoriales, trasiego hacia Estados Unidos, rutas de distribución y transporte por tierra desde Costa Rica hasta Guatemala y ciudades infectadas por la narcoactividad, forman parte de esta nueva investigación de Anabel Hernández.

Apenas empezó a desmadejar el ovillo, Hernández solo debía esperar que la gallina de los huevos de oro, empezara a depositarlos en su canasta. Veterana en un universo saturado de muertes, corrupción e impunidad, tropezó con una historia fascinante. Desde 1998 miembros de la cúpula del Cártel de Sinaloa —Mayo y Chapo— tenían contacto directo con la DEA. Como en las series de narcos, los cabecillas de este cártel le entregaban información privilegiada, que compartían después con el Gobierno de México, principalmente con la Marina, para arrestar a líderes y lugartenientes de los cárteles enemigos. La DEA le daba a cambio protección. Con el caso del general Cienfuegos las relaciones del Gobierno mexicano con la DEA siguen tensas.

Los datos Anabel los presenta en armonía con las revelaciones de Vicentillo, un grifo abierto ante las autoridades estadounidenses, vomitaba información a borbollones. Hernández tejió su narrativa confrontando los documentos puestos a su disposición por Gaxiola (todos escritos a mano por Vicentillo), con los operativos desplegados por las autoridades mexicanas y la DEA. Todo encajaba a la perfección. La información entregada por el delator era exacta. La información Hernández la pasó por el filtro de la contrastación. Estaba consciente que si soltaba información falsa sería objeto de represalias y su prestigio como investigadora vendría a menos. Dejaría de ser una autoridad en el tema de la narcoactividad. No podía permitirse un desliz.

En la negociación sobre el juicio contra el hijo del Mayo, las dos partes estaban  quisquillosas, pactaron no publicar información incriminatoria contra la DEA. Vicentillo revela a Hernández que su padre y el Chapo sabían que se entregaría a las autoridades estadounidenses. ¿Sabrían que iba a proporcionar información sensible? No pudo librarse de brindarles información acerca de las actividades de ambos capos. Urgido por salir de la cárcel y quedarse en Estados Unidos, de acuerdo con los códigos del narco, Vicentillo terminó convertido en soplón. Anabel afirma que antes que su libro empezara a circular, el hijo del Mayo ya estaría libre. Sometido a supervisión durante cinco años, no puede consumir drogas, deberá estudiar y buscarse un empleo.

Concluidas las indagaciones, Hernández siente haber armado el rompecabezas. La pieza faltante era el Mayo y su permanente base de operaciones en Los Ángeles, California, tan importante como su sede en Culiacán. Desde su trono decide a dónde, cómo y cuándo se envía la droga. “El Mayo es el rey, quien desde hace décadas decide quién vive y quién muere dentro de su organización”. Sus negocios legales le permitirían vivir a él y su familia por varias generaciones. Sus socios cambian, el único que permanece es Jesús Zambada. Anabel piensa que el Mayo no debe preocuparse. Para Estados Unidos no es un objetivo y en el discurso del presidente Andrés Manuel López Obrador, es inexistente. Creo que quien debe cuidarse siempre, es ella.

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