Opinion

Una discusión para perder el tiempo

Quienes defienden la idea de la verdadera democracia, pueden seguir tranquilos y felices con sus ángeles sin sexo

La discusión sobre la democracia, qué es democracia y, más todavía, cuál país tiene la verdadera democracia, ya se asemeja a la bizantina discusión sobre el sexo de los ángeles, mientras el mundo sigue andando con sus miserias a cuestas.

Quienes defienden la idea de la verdadera democracia, pueden seguir tranquilos y felices con sus ángeles sin sexo. Como, un aficionado a la política, yo prefiero hablar de los demonios con sexo, poder y riqueza.

Comenzaré por situarme en un lugar común, pero histórico: en el país de la verdadera democracia, pasaron 174 años, hasta el año 55 del Siglo XX (Rosa Park, Little Rock, ¿los recuerdan?), para que el racismo dejara de ser un deporte jurídicamente reconocido.

Y, hasta hoy, esa democracia ya suma en su haber 70 años más de racismo de hecho y sin derecho, para alcanzar 244 años de racismo con categoría olímpica, pues aún muchos negros la siguen viendo negra por ser el blanco preferido de los policías campeones de tiro al negro.

Ese récord ya no hay país en el mundo que se lo pueda quitar. Aunque que haya quienes continúen creyéndola una democracia tan verdadera, que a lo mejor consideran que si existiera otra democracia más perfecta… tendría que ser en el otro mundo, en el de los ángeles sin sexo.

Ahí se los dejo, y tomo los demonios con sexo, poder y riqueza. Por ejemplo, que en los Estados Unidos funciona una democracia muy singular, y esto no es posible ponerlo en duda.

Son tan ciertas esas singularidades, que profesionales de clase media andan “cuesta abajo y rodada”, agobiados por el costo del apartamento, el abono al banco por la vieja deuda adquirida para poder pagar los estudios en una universidad (no digo “privada”, porque llovería sobre mojado); por el préstamo para comprar el carro, o la camioneta último modelo, pero el salario de la empresa donde trabajan ya no les alcanza, y de pronto tampoco ellos alcanzan en la nómina empresarial.

Otros, que tomaron su oportunidad en el país de las oportunidades, fundaron empresas especializadas en mandar a desalojarla o a desalojarlo con todos sus maritates, y les recuerdan que tienen la suerte de que la democracia tiene buenas calles para dormir. Y pueden usar cualquiera, la calle que les guste, para eso están en un país libre.

Pero, pueden completar su dicha y tanta felicidad, cuando se dan cuenta de que en la calle hay otros en peores condiciones, porque no tienen ni carro en donde pasar la noche.  En la democracia verdadera no hay distinción de género, porque a quien echan a la calle puede tener el sexo que quiera. Y, estando en el país en que están, toda persona tiene el derecho de acomodar sus trapos, y extender un asiento de su carro o su camioneta para dormir, aunque no sea a pierna suelta.

(Para que no me vean tan enfocado en una sola democracia, en la semana anterior conocí la noticia de que en Alemania –el tren de la economía europea— había más de cincuenta mil ciudadanos libres de dormir en las calles, dos mil de ellos en Berlín).

Otros, que tampoco dejaron pasar su oportunidad, les facilitan acomodar su vehículo en un parqueo a bajo costo, especial para carros-dormitorios. Y si el parqueo no tiene servicio en donde puedan descargar los restos de lo que comieron gratis en un caritativo lugar todo lo que al cuerpo ya no le sirve, lo hallará en otro negocio, hasta con duchas de alquiler. Ningún tipo de negocio puede faltar en el país de la mejor democracia que se puede encontrar en los mercados del mundo.

Ahora, hago esta odiosa comparación: allá, esa gente es pobre, aunque no lo reconozca. En mi dictatocrático país, quien llega a tener un carro, una camioneta o cualquier otro vehículo –aunque lo haya comprado usado y al crédito— se considera el riquito del barrio, aunque piense que no es pobre… porque tiene carro.

Esto nos hace volver con la mula al trigo: en este mundo, todo es relativo. Lo que en un país algo parece grande, en otro se ve pequeño. A simple vista, el de “allá” vive en mejores condiciones de pobreza, pero solo son diferencias formales, porque ambos, como seres humanos, sufren golpes a su dignidad, relativamente iguales.

A los cultores de la democracia verdadera, en cuanto más acomplejados están más tiempo se lo pasan alabándola. Y se les ve hasta por encima que añoran una democracia que aquí nunca tuvimos. Y si la hubiese habido, no se parecería a la gran democracia del Norte, a la cual se olvidan de darles las gracias por habernos visitado con sus marines y regalado la dictadura anterior.

Pero no, más bien esperan que les restituya su imaginaria democracia, para lo cual le rezan como a un santo en el altar de la política.  En eso compiten con los fanáticos que rezan en los altares que tienen –hasta para regalar— en la Avenida de Rosario a Daniel.

A propósito: nuestros valientes, sacrificados, heroicos periodistas y editorialistas (sobre todo alguno por “hay”) ya es hora de que, cuando informen o comenten sobre la solidaridad de la opinión internacional, no la confundan con los Estados Unidos ni digan que están “procurando liberarnos de la dictadura”.

Lo que realmente hace la comunidad internacional –cualquiera sea la causa que motive a cada país—, es colaborar, pues solo el pueblo y otros sectores sociales están procurando su propia liberación, aunque todavía les falte mucho por hacer para lograrlo. Esa idea de que de afuera vendrá la liberación es desmovilizadora, también puede crear el complejo de pueblo inválido, necesitado de tutores extranjeros. Cierro paréntesis, y sigo…

Al margen de estas cuartillas

*Que nuestra clase media se considere “rica”, porque puede acceder a un vehículo al fiado, me recuerda la ingenuidad de un amigo de infancia:

*En mí casa, decíamos papa y mama, sin acentuarlos, a lo nica. Y el amigo me dijo: ustedes son pobres, porque dicen mama y papa, pero nosotros somos ricos… ¡porque decimos papá y mamá!

*Las verdaderas democracias son dictaduras de las corporaciones financieras, industriales, e igual dominan los multimillonarios en Estados Unidos, Europa, Rusia, China, y entre sus hermanitas menores India, Brasil, México, etcétera.

*En esta dictadura de país palmado, también “tenemos” multimillonarios que viven su verdadera democracia: los Pellas, Cohen, Gurdián, Ortiz, Ortega, Murillo y todos cuantos succionan la mayor parte de la economía de posta; con la economía ósea, esquelética…nos acomodamos todos los somos pobres, y quienes no quieren serlo, y son dos veces: de dinero y de espíritu.

*Gobiernos de la democracia USA, han procreado bastardas dictaduras con sus queridas… oligarquías latinoamericanas.

*Aquí procrearon la dictadura somocista con su querida… oligarquía conservadora.

*De la actual dictadura, todos somos culpables por haber montado una revolución sobre la misma matriz económica en donde engendraron a la dictadura somocista, por lo cual… ¡nos salió cagada a su hermanita mayor!

*La diferencia con las dictaduras colegiadas, es que las “nuestras” se hicieron con caudillos de hacha y machete, primitivo criterio, y ven los derechos humanos como sus regalos de navidad, solo para quienes se portan bien… agachados durante el año.

*Pero no están libres de pecado nada original, pues tuvieron su Hitler, su Mussolini y su Franco, aunque, francamente, por ahí andan sus discípulos en Europa.

*Y no es porque lo dice Ortega, quien tiene el descaro de acusar a los de USA de portarse como dueños del mundo, y él no se ve su rabo: se comporta como el dueño de Nicaragua.

*El fraude electoral en los Estados Unidos, se gesta en la estructura de clase del país, más que en el acto de votar.

*En Nicaragua, el fraude lo gesta el dictador eliminando la prohibición constitucional de reelegirse, lo practica contando los votos, gana por ser el amo del consejo electoral y lo culmina cuando ordena que le tercien la banda presidencial… ¡aunque sea al revés!

*Allá, Trump clama contra el fraude del sistema electoral que lo hizo presidente a él…

*Aquí, se clama contra los preparativos del próximo fraude, poniendo recursos de amparo ante la Corte Suprema…

*Allá, la Corte Suprema le dijo no a Trump, para proteger la dignidad del sistema…

*Aquí, por sistema, los recursos se pudren en los escritorios de los Ramos y los capullos de Daniel, a quienes les dio un supremo corte a sus dignidades.

*Ni Hans Cristian Andersen, imaginó un cuento en donde la diosa fortuna le diera un Bezo al dueño de feisbuc y trece millones cada hora por su trabajo… de contarlos…

*Mientras se cuentan por millares quienes les trabajan se arrechan porque no les da ni Bezo más por sus bajos salarios…

*¿Para qué discutir más?: aquí todo se hace dedocráticamente, incluso los muertos que se opusieron a los fraudes cuando estaban vivos…


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