Opinion

El premio mayor para una novela menor

Abrigo dudas si “Los abismos” merecía el Premio Alfaguara 2021. Entre 2,428 autores participantes y siete (novelas) previamente seleccionadas

I

¿Cómo escapar de los juicios de críticos en cualquier orden del saber? Después de leer Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada en occidente (Editorial Paidós, 1994) de Régis Debray, concluí igual que muchos, de su fertilidad. Su cultura, sensibilidad y conocimientos, son claves a la hora de enfrentar textos sobre los que posaron la mirada. Desde luego existen atorrantes vestidos con piel de oveja. No me refiero a estos, llegué al convencimiento que, en la Era del Mercado, muchas personas han puesto su sabiduría al servicio de intereses económicos, sobre cualquier otra clase de consideración. Especialmente en el campo científico y literario. Unos negando el cambio climático y otros encomiando novelas, cuentos y poemas, más allá de su calidad literaria.

La reconstrucción arqueológica emprendida por Debray, empalma pasado, presente y futuro. Al describir y criticar el origen y naturaleza del arte y sus nexos con la fotografía, la televisión, el cine y el ordenador, su ejercicio resulta ilustrativo y categórico. Desde perspectivas diferentes, su análisis sobre la pintura es parecido al efectuado por Ernesto Sábato, en El escritor y sus fantasmas, (Seix Barral, 2011). Coinciden en el tratamiento y la forma como develan su esencia. La mirada retrospectiva de Debray es reveladora. Sábato pasa revista por creadores, artistas y críticos, estemos o no de acuerdo con sus tesis, para que comprendamos su necesidad. Demuestra su importancia. Subrayo lo anterior al iniciar mi recorrido por la novela Los abismos, de la colombiana Pilar Quintana.

En la Era del Mercado prevalecen otros criterios más allá de los estéticos, el libro terminó convirtiéndose en objeto mercantil. Es su santo y seña. Por mucho que insistan y se opongan los intelectuales, rompiendo lanzas contra quienes enarbolan las banderas del mercado, especialmente en la tradición cultural francesa, no han podido abollar sus fortalezas. Continúan siendo inexpugnables. Leí en dos ocasiones la novela de la colombiana, buscando aquellos aspectos que el jurado calificador juzgó adecuados, para concederle el Premio Alfaguara de Novela 2021. Busqué la supuesta potencia de su lenguaje y “su prosa sutil y luminosa”, sin dar jamás con unos atributos que parecen sobrevalorados. La linealidad y simpleza de la trama, restan fuerza a la historia.

Estoy convencido que quienes leyeron Un mundo para Julius (40 Años, Edición Conmemorativa. Alfaguara, 2011), creyeron justo contrastarlas. Una de las fundamentaciones del jurado para escoger la novela de Quintana, obedece a que su personaje principal, Claudia, resulta ser una niña, igual que un niño lo es en la obra cimera de Alfredo Bryce Echenique. Una comparación ilustrativa. Ayuda a percibir lo difícil que supone dotar voz en primera persona a una niña y dejar que sea ella quien module la narración. ¿Cómo hacer para que resulte creíble? Sobre todo, si es contada en tiempo presente. El lenguaje exige adecuarse a la edad. No es una evocación del pasado.

Es dudoso que una niña recurra a palabras sumamente complicadas. La sobrepasan. Los abismos, carece de la complejidad narrativa de Un mundo para Julius, la muerte de su padre cuando él tenía un año de nacido y el futuro casamiento de su madre con Juan Carlos, suponen un desafío. En la vida de su madre hay un antes y un después. Bryce Echenique logra configurar mundos contrapuestos. No así en Los abismos. Una historia facilona sin ninguna fuerza narrativa. En casa de Julius no existían las diferencias impuestas por el padrastro. Su familiaridad con la servidumbre persiste aun con las rabietas que ocasionan a Juan Carlos. La parentela entre Julius y Claudia son las coincidencias que guardan por acribillar a preguntas a los empleados. Su cercanía revela que los niños todavía no han sido víctimas de la influencia de los adultos.

II

Desde la altura de su infancia, Claudia absorbe todo lo que acontece a su alrededor. Los sinsabores de una vida familiar metida en la grisura, llena de tedio, sin alteraciones, ni mayores pretensiones. Su madre antes de trabajar era la típica ama de casa. Ávida lectora de ¡Hola!, seguidora de Grace y Estefanía de Mónaco, de Nathalie Wood y Karen Carpenters, son sus grandes referentes. Un logro a su favor. Claudia es la primera en percatarse de la infidelidad de su madre. Los traspiés que sobrevienen, el silencio y enconchamiento de su padre, la relación afectiva con su tía y la necesidad de cómplices, convierten a Paulina, su muñeca, en una especie de aliada, única en quien confía. Las borracheras de su madre y la muerte misteriosa de Rebeca, dañan su salud emocional.

En una sociedad poblada de prejuicios racistas como la peruana, Julius se ubica en la otra orilla, resulta un transgresor. Su mirada permanece atenta a todo cuanto ocurre. Desafía la orden de congeniar con la servidumbre. Bryce Echenique carga a Julius de energía y carisma. Un niño encantador que salta sobre los convencionalismos. Sus padres viven atrapados en una burbuja, indiferentes a todo aquello que no sea lo suyo, comportamiento que a Julius poco interesa. Los abismos, carece de esa vitalidad. Claudia no vive para ella, pasa pendiente de su madre. Julius no participa de los abusos cometidos por sus hermanos con las empleadas y su madre se desvive por él. Su comportamiento provoca simpatía. Claudia, igual que Julius, todo lo ve, comprende y registra.

No existe nada más implacable, que la mirada de un niño. Sus antenas son formidables. Se enteran de todo cuanto acontece. Nada les pasa desapercibido. La mayoría de las veces callan por prudencia. Los amoríos de su tía Amelia con Gonzalo, abren las puertas a otro paisaje. Claudia comienza a darse cuenta que existe un mundo más allá del suyo. Cuando Amelia destapa los amores de su hombre con su cuñada, la niña ya lo sabía. Claudia se abstiene de manifestar en voz alta los reveses y agresiones que le martirizan. Aspira a estrechar el trato con su madre. Teme lo peor. Su desgarramiento obedece al temor que su progenitora pueda suicidarse. Sus revelaciones ponen en guardia a los demás. Claudia nunca llega a disfrutar de su existencia. Vive aterrorizada.

La chilena Carla Guelfenbein, en El resto es silencio, (Alfaguara, 2015), sitúa a Tommy, un niño enfermizo, presa de los celos médicos de su padre, en el epicentro del drama. Igual que Claudia, posee voz propia y un entendimiento digno de su edad. La trama de la novela es compleja. Tiene mucha creatividad. Atormentado por la pérdida de su madre, establece una relación íntima con Alma, nueva pareja de Juan, su padre. Los artificios utilizados por Guelfenbein, para que Tommy expulse sus emociones, son los de un adolescente de esta época. Conocedor de las nuevas tecnologías y Google, Tommy se asiste de ellas para garabatear lo que siente, sueña y desea. El viaje hacia su muerte fue por salir al encuentro de su madre. Padece las mismas obsesiones de Claudia.

Adentrarnos en el universo de autores que han escrito novelas donde los niños juegan un papel clave, posibilita comprender sus sentimientos. Por donde se analicen las novelas de Bryce Echenique y Guelfenbein, resultan más consistentes desde todo punto de vista que el parto de Quintana. Poseen gracia y frescura. Los abismos, no alcanza a cautivar. La escritora no imprime un sesgo a la novela, para demostrar que estamos frente a una niña con cualidades especiales que la convierten en figura cimera. La tensión sicológica y la distancia que mantiene con su madre, dotan a Los abismos de particularidad sugestiva. La desolación y el vaciamiento espiritual de su madre y el temor persistente de Claudia, son ingredientes interesantes y perspicaces. Después no alcanzo a ver nada excepcional.

Abrigo dudas si Los abismos merecía el Premio Alfaguara 2021. Entre dos mil cuatrocientos veintiocho autores participantes y siete previamente seleccionadas, el jurado no encontró nada mejor. ¡Podrán creerlo! Es una dicha que miles de personas continúen escribiendo novelas. Una buena señal. Contrario a todo pensamiento pesimista, la literatura sigue congregando a su alrededor a millones de lectores. Los seres humanos no pueden rendirse ante una vida miserable, cuyo antídoto sigue siendo navegar por mundos paralelos, urdidos por esos imagineros, capaces de seducirnos y emborracharnos de alegría o tristeza, en cada una de sus creaciones. Sin la literatura nuestra existencia sería menos digna y sombría. Nos mantiene vivos e ilusionados.


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