Opinion

El país, manos arriba

Pese a vivir apuntados por pistolas, que nos obliga a permanecer en Nicaragua manos arriba, seguimos en pie de lucha, como Alí frente a Frazier

“Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire, entumido, pobre, flaco”. Eso dice Juan Rulfo en su obra maestra Pedro Páramo, en la cual, hay momentos en que no se sabe quien está muerto y quien con vida. Precisamente, rodeados de tantos peligros y tantos fantasmas, observando como las columnas del poder se derrumban lenta, pero inexorablemente, nos parece, estar viviendo esa época, en que las conciencias deambulaban sin rumbo, los sentidos se turbaban, y el sol se apagaba, quedando solo el rugir de una resistencia indoblegable. Así que, pese a vivir en un país apuntado por pistolas, lo que nos obliga a permanecer en Nicaragua manos arriba, seguimos en pie de lucha, como Alí frente a Frazier en Manila, más allá de los estragos de un bombardeo sin tregua.

El “recurso” de la represión, se aplica en exceso cuando has perdido el control de las riendas y te convences que no puedes gobernar, solo ordenar saltando encima de todas las estructuras institucionales, aferrado a los resortes del poder. De esa forma, se intenta utilizar el miedo para mantener a raya las protestas, pero eso tampoco funciona porque el atrevimiento patriótico en sostenido crecimiento, supera todas las restricciones y no puede sujetarse. El ¿qué hacer para salir de esta crisis agobiante? no tiene respuesta en las esferas del poder, y “torear” las dificultades que se multiplican, es cada día, un problema más grande, sobre todo, cuando lo económico aprieta el cuello de diferentes maneras y el tiempo no da tregua. En la llanura, lo único posible, es resistir con consistencia y terquedad, como hasta ahora.

Por ahora, lo único seguro es la inseguridad. Salir a las calles, implica tomar todo tipo de riesgos, en vista de la dañina mezcla de lo represivo con lo delictivo. Hace once meses exactamente, saliendo de su casa en el reparto San Andrés, en Ciudad Sandino, el compañero de largo rato en Doble Play, Miguel Mendoza, un rebelde libre pensador, fue asaltado a las cinco y treinta de la mañana, apuntado por pistolas junto a su esposa Margine. Le robaron la camioneta, computadora y celular, en suma, una montaña de trabajo. El pasado miércoles, otro compañero, Camilo Velásquez, fue asaltado también pistola en mano a las seis de la mañana frente a Radio Católica, nuestro centro de trabajo. Le robaron su carro y celular. Eso es ahora “normal” dentro de la anormalidad entre la que vivimos desde hace año y medio, sin importar el país a quienes se han adueñado del poder.

Le puede pasar a cualquiera sin ninguna preocupación de las autoridades, obviamente inutilizadas. Todos sin excepción, los sometidos que padecen la ceguera que grafica Saramago, y los rebeldes a este borroso  presente y temido futuro, estamos “manos arriba”, listos para ser despojados de nuestros derechos y de nuestras pertenencias. Triste y lamentablemente, lo que estamos viviendo parece producto de la ficción, un relato tenebroso de Stephen King dirigiéndose a un final desastroso, una perturbación dolorosa e impactante . De nosotros, esta gigantesca y compacta unidad azul y blanco, no contaminada por los políticos, depende enderezar el rumbo, más allá de que las heridas sigan sangrando durante el proceso de restauración. Nicaragua, no puede seguir “manos arriba”.


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