Opinion

El novelista y sus fórmulas

Joël Dicker, quien ha sobrepasado los nueve millones de ejemplares vendidos, se desplaza por un camino trillado. ¿Se convertirá en búmeran?

“Nuestra vida es banal y necesitamos algo

como la literatura que nos lleve en otra dimensión”.

Joël Dicker

El suizo Joël Dicker porta dos marcas en su proceso creativo: el largo kilometraje de sus novelas y el uso reiterado de fechas y horas en el desarrollo de la trama. Desde su thriller consagratorio, La verdad sobre el caso Harry Quebert (Alfaguara, 2013), estas características fueron más que evidentes. ¿No teme ser objeto de críticas por recurrir a una especie de cartabón? Lectores avispados no le dispensarán este facilismo. Embarcarse sobre un camino recorrido en otras ocasiones, resta originalidad a sus propuestas. Una modalidad de la que debería apartarse. La manera como se repite, en vez de acercar a lectores experimentados, a la larga terminará alejándolos. Como los ajedrecistas, debe tener innumerables aperturas. ¡Sorprendernos en cada ocasión!

Un reproche persistente contra Paulo Coelho ha sido construirse un molde y verter sobre él cada uno de sus libros de autoayuda. Su sensiblería y frases de ocasión, redundan una y otra vez. Por donde se analice, no hay visos de desertar de este mecanismo. En vez de contar dramas amorosos que constituyan un desafío creativo, optó por deslizarse por la pendiente facilona de urdir historias que de antemano sabemos tienen reservado un final feliz. Típico drama hollywoodense. No desea complicarse. Una vez encontrada la fórmula no puede desprenderse de ella. Nadie quiere más de lo mismo. Literatura bazofia. Las ventas —único parámetro al que se atiene— señalan a los editores que van por el camino deseado. Triste, ¿verdad?

El triunfo de ambos escritores se debe entre otras razones, a que los lectores exigentes están a la baja. En la disputa entre la imagen y la palabra escrita, un planteamiento a todas luces erróneo, el decantamiento de los jóvenes a favor de la imagen ha sido en demérito de la lectura de obras clásicas. Su inclinación por los bestsellers es manifiesta. En un mundo donde predomina la incertidumbre, las personas prefieren textos adormecedores. Se publican por decenas. Su proliferación resulta sorprendente. En Estados Unidos creció la asistencia psicoterapéutica; propicia el narcisismo y la despolitización, encarnados por el expresidente Trump. Fukuyama se hace cargo del fenómeno en Identidad. La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento (2020).

La novela más reciente de Dicker porta las mismas rayas sanguíneas que La verdad sobre el caso de Harry Quebert y La desaparición de Stephanie Mailer (2018), dos de sus obras emblemáticas. En El enigma de la habitación 622 (Alfaguara, 2020), utiliza los mismos recursos literarios. Uno reconoce sus huellas por haberlas convertido en rasgos de identidad. No introduce variaciones o giros diferentes. Encontró una forma de la que no quiere desasirse. Como Coelho, utiliza la misma técnica. Las tres novelas de Dicker están enfocadas a resolver crímenes donde parecía imposible dar con los culpables. Todavía no ha sentido la tentación de crear un policía o detective paradigmático como lo han hecho otros cultores de la novela negra.

Dicker encontró un nicho cautivo en Europa y Estados Unidos. Sus libros han sido traducidos a cuarenta idiomas y ha sobrepasado los nueve millones de ejemplares vendidos. Por mucho que sostenga ser enemigo de las etiquetas, cualquier lector más o menos enterado, termina comprobando una forma escritural idéntica en sus tres obras cimeras. Se desplaza por un camino trillado. ¿Se convertirá en búmeran? En el Festival Valencia Negra, celebrado en 2017, demostró que tiene un alto sentido de su condición de escritor. Su éxito repentino lo atribuye a su entrega a la escritura, con lo que asegura desmentir a quienes sostienen que se necesitan años, para escalar las alturas. Se sabe apuesto y bien pagado. Se trata a todas luces de un fenómeno literario.

Tan convencido está de sus dotes de escritor, que en su parto más reciente (El enigma de la habitación 622), se cuela como personaje en la novela. Participa directamente en la resolución del asesinato ocurrido en el Palace de Verbier, un hotel tranquilo en los Alpes suizos. Luce vanidoso al corroborar que todas las personas relacionadas con la investigación, sepan quién es él —el escritor, se llama a sí mismo a lo largo del thriller. Un asesinato irresuelto genera curiosidad a su vecina de cuarto, Scarlett Leonas, su animadora y aliada. Cada vez que decae su ánimo, Scarlett asume el papel de ayudante y cómplice en las averiguaciones. La trama se resuelve gracias a la insistencia y estímulos recibidos de parte de su bella colaboradora; audaz y persistente.

Siempre he sentido placer por autores capaces de escribir novelas donde filtran el proceso de su elaboración o son capaces de describir su participación en un asesinato. Me basta un ejemplo. El escritor catalán Arturo Pérez-Reverte me sedujo con su novela Hombres buenos (Alfaguara, 2015). El celebrado autor de El italiano (2021) pone frente a nuestros ojos —para que lo disfrutemos— su decisión de meterse en el pellejo de los dos académicos de la lengua española, realiza el mismo peregrinaje, cuando ambos fueron enviados a Francia para adquirir los 28 volúmenes de la Encycolpédie o Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, editada entre 1751 y 1772, bajo la dirección de Denis Diderot y Jean-Baptiste le Rond d’Alembert.

Pocos autores sienten valor de efectuar este striptease, despojarse de trapos y ropas, para que podamos asomarnos a su proceso creativo. Se resisten a exhibir los recursos de utilería que utilizan para elaborar una obra atractiva para nuestro paladar. Es uno de sus secretos mejor guardados. Con tantos lectores, Dicker apuesta que llegó la hora de introducirse en sus obras por la puerta grande, igual que hacen los policías encargados de dilucidar crímenes con los que desafía la imaginación de sus lectores. Da dos pasos adelante. Está convencido que le asisten suficientes razones para teorizar sobre su arte narrativo. Como Rilke, afirma sentir un deseo irreprimible por escribir, para luego darnos una definición de lo que para él es una gran novela.

Al meterse en el terreno de las teorizaciones deja ver su zona porosa. Sería idiota no reconocer que es lector empedernido de autores rusos y franceses. Aunque sus disquisiciones carecen de la altura que alcanzan Vladimir Nabokov, Umberto Eco o Sergio Ramírez, para citar un autor nicaragüense. Dice que una gran novela es un cuadro. Después ofrece una definición de quién es para él un gran escritor. Se trata de un buen pintor. Luego añade, “En el museo de los grandes escritores, cuya llave tienen todos los libreros, miles de lienzos nos esperan. Si entramos una vez —clama convencido— nos convertiremos en clientes habituales”. ¡Dios mío! Estos desplantes no le cuadran. Dicker debe continuar su camino. Desluce. Lo suyo son los Longseller. Nada más.

Jamás pondría en entredicho su dominio de la técnica del flash back. Su experiencia no le viene del cine, sino propiamente de la literatura. Tiene una habilidad pasmosa para concebir tramas enrevesadas. Las cajas chinas resultan para Dicker un recurso fructífero. Abre puertas y ventanas a su antojo de manera interminable. En la medida que desarrolla lo acontecido en la habitación 622, el prestidigitador se demora en descubrir el acontecimiento. Se muestra avaro en el avance. Lo hace hasta cuando le vino la regalada gana. El nombre del asesino de Jean-Bénedict Hansen, es el verdadero enigma. No suelta nada. Solo cuando ha armado todas las piezas del rompecabezas, sabremos quién fue. Amante del disfraz, en esta novela Joël Dicker alcanza la cima.


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