Opinion

El legado democrático de PJCH el 10 de enero, ante la dictadura de Ortega

El personaje ausente que hoy tomará posesión, no es un presidente legítimamente electo, sino el carcelero de toda una nación

Este 10 de enero se conmemoran 44 años del magnicidio de mi padre, el periodista, director de La Prensa, y luchador político antisomocista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, ejecutado bajo la dictadura de Anastasio Somoza Debayle en 1978. 

Su doloroso asesinato marcó un antes y un después en la historia de Nicaragua. La indignación generalizada que provocó en todos los sectores del país y el reclamo de justicia, desembocaron en un estallido de protesta nacional, que desató la insurrección popular contra Somoza. 

Dieciocho meses después, la dictadura de Somoza que parecía imbatible, fue derrocada por un movimiento político-militar liderado por el Frente Sandinista, apoyado en una gran alianza de unidad nacional e internacional. 

Al concluir el proceso constituyente en 1987, el 10 de enero quedó instituido en la Constitución de la República como la fecha en que en Nicaragua se inicia un nuevo período de Gobierno, como un tributo al Mártir de las Libertades Públicas, y como un compromiso de Estado con su legado de democratización y justicia social. 

Sin embargo, hoy 10 de enero se inaugura el cuarto ciclo consecutivo de una dictadura, el año 15 de la dictadura familiar Ortega Murillo. Una dictadura totalitaria que representa la antítesis de lo que simboliza Pedro Joaquín Chamorro, un hombre que predicó con el ejemplo.

Los principios y valores de democracia plena y elecciones libres;  pluralismo político y rendición de cuentas; no reelección, separación de la cosa pública de los intereses privados, y lucha contra la corrupción; reformas con justicia social; libertad de prensa y libertad de expresión, se promovieron en la primera transición democrática que presidió en 1990 mi madre Violeta Barrios de Chamorro, antes que empezara el descarrilamiento de la democracia, hasta que finalmente fueron conculcados bajo la dictadura Ortega Murillo.  

En 2012, la Asamblea Nacional declaró a Pedro Joaquín Chamorro, Héroe Nacional, pero el discurso de odio de Daniel Ortega y Rosario Murillo, y su desesperación por atornillarse en el poder, ha intentado por todos los medios borrar su legado de la memoria colectiva. Lo han denigrado, perseguido, y han intentado encarcelarlo, pero han fracasado una y otra vez.

Durante el estallido de la rebelión de abril en 2018, las banderas de democracia, libertad y justicia social de Pedro Joaquín Chamorro resurgieron con más fuerza, y esos mismos ideales sostienen hoy la resistencia de más de 160 presos políticos en las cárceles, demandando el fin de la dictadura y elecciones libres.

Este 10 de enero de 2022 una dictadura familiar corrupta pretende imponerse por encima de las aspiraciones de la gran mayoría azul y blanco de los nicaragüenses, que reclaman una república democrática. 

El personaje ausente que tomará posesión hoy, no es un presidente legítimamente electo, sino el carcelero de toda una nación, el jefe supremo de los paramilitares. Un tirano atrincherado en el búnker de El Carmen que le tiene miedo a la libertad, el dictador señalado de crímenes de lesa humanidad que no se atreve a recorrer las calles de su país, sin una voluminosa escolta policial armada hasta los dientes.

Ortega y Murillo ordenan y mandan, pero ya no gobiernan. Y tampoco pueden ofrecerle ninguna salida de paz, democracia, y progreso a los nicaragüenses, porque no pueden gobernar sin estado policial y sin presos políticos. Eso lo saben muy bien los empresarios, los productores y los profesionales; los jóvenes y emprendedores que están emigrando de forma masiva de un país sin futuro. Lo saben también los mismos sandinistas, hasta los aduladores y la cúpula gobernante, y sobre todo los empleados públicos, civiles y militares, que también son rehenes de la dictadura.

En realidad todos saben, incluidos los delegados internacionales de Gobiernos que asisten al acto de usurpación del poder, que hoy no empieza un nuevo período de Gobierno en Nicaragua, sino la cuenta regresiva de una dictadura que está en crisis terminal. 

Ortega y Murillo pueden prolongar su agonía por un tiempo, imponiendo mayores cuotas de dolor y sacrificio a la nación, pero más temprano que tarde la resistencia cívica de los nicaragüenses enterrará a la dictadura, y con el legado democrático de Pedro Joaquín Chamorro, Nicaragua volverá a ser República.


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