Opinion

El club de los indeseables

Para brindarnos estos retratos, escarbaron hasta por debajo de las piedras, para mostrarlos desnudos, tumbaron puertas y ventanas

Cuando un escritor y un periodista deportivo comprometen su tiempo en escudriñar calzones, calzoncillos y otros trapos sucios a distintas personalidades del universo político, religioso, artístico, empresarial y literario, uno tiene la obligación de preguntarse, ¿Por qué lo hicieron? ¿Sería por simple jodarria? ¿Para qué conozcamos a ciencia cierta la personalidad de estas personas o bien para poner en evidencia el morbo de una sociedad como la española que consume a cántaros este tipo de publicaciones? Estamos frente a dos conocidos periodistas, uno edita la revista Malpaso y el otro es miembro de número del diario deportivo AS, propiedad de PRISA, entidad dueña de El País, de medios audiovisuales y varias editoriales. Un emporio mediático.

Sin humor nuestra vida sería árida, caeríamos en el aburrimiento, esa pizca de sal condimenta nuestros días. El humor es un anticorrosivo que limpia y da esplendor, como reza el lema de la Real Academia de la Lengua Española. Ambos autores radiografían las hipocresías de filántropos, la doble moral de ciertos clérigos, las veleidades de artistas, las miasmas que corren por las alcantarías de la política, la vanidad de escritores, la avaricia de físicos e inventores, etc. Declarados enemigos acérrimos de las imposturas, sangran a quienes creen falsos redentores, sean papas o monjas disfrazadas de ovejas. Dibujan con pulcritud la pedofilia y la corrupción en sus distintos niveles. ¡Son implacables! No tienen contemplaciones con nadie.

El humor y los humoristas, odiados por los políticos y enviados a la hoguera por censores a sueldo, tienen una puntería endemoniada. Casi siempre pegan en el blanco. Los hay de todos los tamaños y colores. Unos afilan sus lapiceros y otros alistan sus plumas. Con sus trazos muestran el verdadero rostro de quienes presumen ser salvadores de los pueblos; con agudeza, otros van desmontando gonce a gonce, las débiles armaduras de quienes creemos incapaces de violar a niñas y niños, cometer genocidios, tener una conducta despótica, ser abusadores y misóginos irredentos. Esta tarea asumen Malcolm Otero Barral y Santi Giménez, autores de un libro cuyo título produce escozor, El club de los indeseables, (MB Agencia Literaria, 2020).

Si nos atenemos a las credenciales de Otero Barral y Giménez, sus quehaceres parecieran ponerles libres de pecado. A uno le da por editar libros y al otro por escribir de futbol. Gozan de buena reputación. En el libro desguazan a cuarenticinco personalidades provenientes del mundo del espectáculo, la pintura, la literatura, presidentes de sus respectivos países, abanderados de la no violencia, una monja de currículo machaconamente impecable, actores que hicieron suspirar a millones de mujeres, pintores que descollaron más allá de las galerías, una princesa cuya boda fue televisada y vista por todo el orbe, un empresario cuya marca telefónica resulta una aguja imantada y un ingenioso que inventó el fonógrafo. Todos son sus presas.

La modalidad utilizada para esculpir El club de los indeseables, fue una especie de molde o machote, riesgo que no quisieron evitar. ¿El desbalance en su cacería fue a propósito? Su contribución en la tarea de desmitificar a Juan Pablo II, Teresa de Calcuta, Gandhi, Marx, Marlon Brandon, James Dean, Pablo Picasso, Lady Di, James Joyce, Ernest Hemingway, Frida Kahlo, Cantinflas, François Mitterrand, Camilo José Cela, Salvador Dalí, Winston Churchill, Charles Chaplin, Elvis Presley, Coco Chanel, Errol Flynn, Adolfo Suárez, Margaret Thatcher, Eisenhower y otros tantos, tiene sus bemoles. La forma aviesa asumida por Otero Barral (el segundo apellido revela que era nieto de Carlos Barral) y Giménez, no es para escandalizarse.

El libro de los españoles resulta desacralizador; otra mirada a quienes eran consideradas apreciables damas y distinguidos caballeros, sobre los que cebaron su insidia Otero Barral y Giménez. Después de la muerte de don Francisco Franco y Bahamonde, los españoles tuvieron oportunidad de dar rienda suelta a una sexualidad reprimida. El fin de la censura abrió los portones a la prensa del corazón, su máximo exponente es la revista Hola. Sentían gusto especial por el cotilleo y el chisme. Las murmuraciones saltaron a las páginas de los diarios y la TV. La libertad provoca este comportamiento. ¡Bienvenido sea el jolgorio y el desenfreno! Los españoles pudieron penetrar por fin en los aposentos de políticos y empresarios, curas y monjas.

Existe interés por conocer cómo actúo Juan Pablo II, durante su larga estadía al frente del Vaticano. En Nicaragua goza de reputación y fortuna. Muy querido más allá de la feligresía católica. Los seres humanos somos ángeles y demonios, las personas que están de cara al escenario, gobernando iglesias o países, tienen mayores responsabilidades que el común de los mortales. Son figuras públicas obligadas a rendir cuentas ante sus respectivas sociedades. Asumiendo el riesgo de ser excomulgados, no tuvieron reparos en calificar a Juan II de “retrógrado” y recordarle su triste papel como “protector de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo”. Un pederasta despiadado, violador de decenas de niños mexicanos.

Para engrosar El Club de los indeseables, convirtieron el cine en cantera inagotable. A Marlon Brandon y James Dean, con millones de fans sobre la faz de la tierra, les pegan una tunda de padre y señor mío. Los decapitaron. Con la tendencia enfermiza que sienten por adjetivar sin rubor (Juan Rulfo, los evitaba), consideran que Brandon, además de inestable, era maltratador y egocéntrico. En términos similares juzgan a James Dean, revelan que era chimpapo (para los que desconocen este nicaragüanismo, que no tenía dientes), un mano caídas a quien Brandon sodomizaba. Para escalar Hollywood, Dean “se vendió en cuerpo y alma… sobre todo en cuerpo”. Inflexibles, no le reconocen ni un ápice como buen actor. Se ensañaron.

Llama la atención la manera que enjuician a Fidel Castro, lo más destacable para ellos del líder de la revolución cubana, es que era un pinga loca. Dan la impresión que solo encamado vivía. Le atribuyen fama de macho alfa. El recuento de mujeres con las que supuestamente se acostó Fidel, es interminable. ¿Lo hacen por celos? Dicen que Hugo Chávez lo definió como “un atacón de mujeres, les da veinte besos y se pone como gallo esponjado”. Es un discursero infatigable y muy aficionado a los helados. Una de sus quejas es que Fidel resulta incongruente. Su amistad con el general Francisco Franco, Caudillo de España por gracia de Dios, es injustificable. ¿Un hombre que siempre se ubicó a la izquierda, amistado con un feroz dictador de derecha? No lo aceptan.

Creo que Otero Bernal y Giménez partieron de la creencia, que siendo suficientemente conocidas las andanzas de estas personalidades, era necesario airear o ventilar otras cosillas que la mayoría de las personas no estábamos enterados. Sienten gusto por asomarse al lado oscuro y someterlos a escarnio en media plaza pública. Sería interesante que alguien con conocimientos de sicología y siquiatría analizara esta propensión. Llaman la atención sus múltiples omisiones. Es fácil ir por el mundo haciendo chanza de los muertos. ¿Por qué no con los vivos? Si al menos hubiesen incluido a dos o tres figuras aludidas y citadas de manera tangencial en este club de execrables, hubiesen ganado mucha simpatía. ¿Por qué no lo hicieron?

Para brindarnos estos retratos, escarbaron hasta por debajo de las piedras, para mostrarlos desnudos, tumbaron puertas y ventanas. Su afán desacralizador los hizo meterse por rincones imprevistos. Una especie de voyeristas relamiéndose de gusto por verlos sin ropa —despojándolos de los bellos trajes con que estos adornan sus biografías— para exhibirlos de cuerpo entero. La caridad empieza por casa. Antes de iniciar el manoseo, lo primero que hicieron fue curarse en salud. Muestran sus manchas. Son borrachos y juerguistas, ejercen el oficio de escritores de tiempo completo, les importa poco lo que pueda decirse de ellos, forman parte de este respetable club, nada más que sin poseer los méritos de sus víctimas.


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