Opinion

Educación y comunicación

En Nicaragua no existen políticas para orientar la incorporación de los recursos tecnológicos en las aulas

I

Cada cierto tiempo aparecen pedagogos reivindicando el valor trascendental de las aulas de clases. Una verdad inobjetable. Especialmente si se trata de volver apetecible el lugar donde congregan a los alumnos. Profesores entusiasmados con la formación académica de sus estudiantes, siempre han apostado por volver las aulas en sitios acogedores. En un trabajo publicado en Niú de la revista Confidencial, el 12 de noviembre, (Diez ideas para crear buen ambiente en las aulas de clase), escrito a cuatro manos por Elena Quevedo y Fernando Díez Ruiz, proponen recomendaciones formidables. Las diez prescripciones deberían ser atendidas al pie de la letra: generar empatía, tomar decisiones por consenso, forjar espíritu de grupo, estimular al alumnado, etc.; discrepo de la tercera, creer que los actores más importantes en el proceso enseñanza-aprendizaje son los profesores.

Ningún seguidor de Paulo Freire —entre los que me encuentro— acepta como válida una propuesta que coloque en situación asimétrica, las relaciones profesor-estudiante. El brasileño esbozaba sus tesis de manera muy clara. “Nadie educa a nadie, nadie se educa solo”, sostenía el maestro. En la solución de la tensión dialéctica de esta sentencia, radica el secreto de todo proceso educativo. La primera de las diez ideas, constituye una apuesta en la que todo educador debería militar. “Ser un modelo para el alumnado”. Una exigencia que, para los educadores empecinados en la formación de ciudadanía y pensamiento crítico, adquiere carácter especial. Una propuesta ética que rebasa las aulas de clase. Ser coherentes entre lo que dicen y lo que hacen, constituye el núcleo medular de su posición frente al estudiantado. Ser referentes en los que puedan atenerse sus alumnos.

En momentos que la educación está sujeta a enormes transformaciones, producidas por el despliegue de las redes y plataformas digitales, muchos docentes podrían pensar que las formulaciones de Acevedo y Díez Ruiz llegan un poco tarde. En sociedades como las nuestras, cabalgamos a medio camino entre la utilización incipiente de la parafernalia tecnológica y la presencia estudiantil en las aulas de clase. Sus ideas siguen siendo pertinentes. En Nicaragua no existen políticas para orientar la incorporación de los recursos tecnológicos en las aulas. Para ser exactos, carecemos de políticas de esta naturaleza. Existe un vacío. Sería deseable tenerlas para no seguir caminando a tientas. Con una población mayoritariamente joven, el uso de las redes y el acceso a internet, se tornó cuestión de todos los días para el sector juvenil. Están plantados frente a ellas.

II

En lo que yerran los educadores españoles, es pensar que “El aula es nuestro primer entorno fuera del hogar y aquel en el que más horas pasamos alumnado y profesores. Para que sean horas de disfrute y aprendizaje, para que fomentemos la transformación, el ambiente es fundamental”. Una afirmación totalmente desfasada y fuera de lugar. La aparición de Ideología y Aparatos Ideológicos de Estado (1970), escrito por el sociólogo francés, Louis Althusser, sirvió para bendecir y consagrar que el Aparato Ideológico Escolar, constituía el primer aparato ideológico de Estado. El binomio Familia-Escuela ocupaba la cúspide. El ascenso de la escuela desplazó a la iglesia del lugar cimero que ocupaba junto con la familia. Las razones aducidas por Althusser son las mismas esgrimidas por Acevedo y Díez Ruiz. La escuela retenía en las aulas por más tiempo a quienes ingresan a estudiar.

El ascenso de los medios de comunicación implicó una nueva reformulación. El primero en América Latina en dar cuenta del nuevo fenómeno fue Javier Esteinou Madrid. En un texto pionero, Medios de comunicación y construcción de la hegemonía, (1984), volteaba de pies a cabeza la tesis de Althusser. Aunque por razones de probidad, debemos decir que quien se adelantó en determinar el primerísimo lugar que ocupaban los medios (radios, periódicos, folletines, revistas, etc.), en la construcción de la hegemonía, fue el sardo Antonio Gramsci. Althusser jamás menciona la palabra hegemonía. Siguiendo la línea de investigación iniciada por Gramsci, el mexicano Esteinou Madrid, destaca que el primer contacto de la niñez —mucho antes que la escuela— es con la televisión. Todavía sigue siendo mayor el consumo de horas frente al aparato de socialización que en la escuela.

Las primeras experiencias educativas en América Latina, recurriendo de manera directa a los medios de comunicación, estuvo a cargo de la Universidad de Stanford. El desarrollo de las primeras generaciones satelitales permitió estructurar en 1968, un plan de estudios para ser impartido a estudiantes brasileños. La iniciativa tuvo doble significado. Además de recurrir a los medios para impartir clases, implicó saltarse los sistemas nacionales de telecomunicación. Las clases fueron impartidas de punto a punto, sin pasar por los servicios de telecomunicación brasileños. La experiencia Estados Unidos-Brasil marcó el inicio de nuevas maneras de impartir clases e incidió el concepto de soberanía. La televisión pasaba a ser privilegiada por niños, adolescentes y adultos. El parteaguas indicó que más temprano que tarde nada sería igual en la relación entre países.

III

Los miembros más destacados de la escuela sociológica funcionalista, de factura estadounidense, marcaron con hierro candente a sus seguidores. A pesar de su reduccionismo, les enseñaron a repetir fervorosos que los medios servían para informar, educar y entretener. Poco después que los pregoneros de esta doctrina acuñarán su trilogía, estudiosos franceses destacaron la existencia de dos tipos de escuelas. El aparato educativo formal y el aparato educativo informal, en manos de los dueños de los medios de comunicación. En esta disputa comenzaron a cuestionar la puerilidad de las políticas de la mayoría de medios de comunicación. Surgieron señalamientos negativos contra la caja hipnótica. Decenas de estudios circulaban por el mundo, denostando contra la televisión. Acusaciones que hasta el día de hoy no cesan. Se mantienen.

Tal vez quien mejor resume las contradicciones entre medios y escuela, sea Daniel Penacc. En un ensayo que ha hecho época, (Como una novela, 1992), el francés distingue el tratamiento que dan los padres al proceso educativo de sus hijos. La escuela y la lectura vistas como incordio, mientras elevan a la televisión en la quintaesencia del divertimento. Algo en lo que estarían de acuerdo los funcionalistas. Amenazan a los hijos que no estudian, en no dejarlos ver la caja mágica. Una forma inadecuada de resolver este falso antagonismo. Los primeros llamados a crear hábitos de estudios entre sus hijos, son los padres de familia. No hacer de los medios un lugar distinto o disociado de la escuela. La solución corresponde especialmente a padres y maestros. La competencia medios-escuela provocó un proceso de rejerarquización, colocando a la escuela en segundo lugar.

El salto cualitativo en el desarrollo mediático posibilitó reencauzar la educación hacia nuevos dispositivos. Existen líneas de continuidad entre las bibliotecas y las enormes posibilidades abiertas por los dispositivos electrónicos. El abaratamiento de los textos en línea —su precio es mucho menor que los impresos— está provocando mudanzas extraordinarias. Existe una tendencia irreversible de parte de los jóvenes, de hacer de las redes y sitios electrónicos, sus preferidos. La crisis de los medios impresos no se debe solamente a que las nuevas generaciones hayan dejado de ser lectores voraces, también obedece a que estos mudaron de territorio. El móvil satisface distintos gustos y ofrece múltiples posibilidades de acceso al conocimiento, debe ser considerado por los pedagogos, como un paso adelante. Están obligados a conectarse con sus predilecciones.

IV

Gramsci ofrece una de las mejores respuestas a los funcionalistas, “Todo acto educativo es un acto de comunicación, pero no todo acto de comunicación es un acto educativo”. El italiano fue el primero en iluminarme sobre la influencia determinante de los medios en la construcción de la hegemonía. Juegan un papel fundamental en la dirección cultural, política y moral de la sociedad. En Cuadernos de la cárcel (1929-1935) Gramsci prefigura que los medios pasarían a jugar un papel esencial, la televisión no había explosionado. Norberto Bobbio exclamó preocupado, qué hubiese sido de nosotros si Hitler hubiera contado con ella. A partir de finales de los noventa del siglo pasado, pocos estudiosos de los procesos de enseñanza-aprendizaje, desconocían el lugar central que ocupan los medios en la conquista de la mente y de los corazones. Son las crestas de la hegemonía.

Durante los años ochenta se generó conciencia sobre el papel crucial que juegan los medios en la sociedad contemporánea. El Instituto de Estudios de las Transnacionales (ILET), formuló los primeros llamados, advirtiendo la urgencia de incorporar el análisis de medios en la escuela. Los trabajos del chileno Fernando Reyes Mata, deben tenerse como pioneros. Existe una tardanza inexplicable. Los medios deberían ser objeto de atención preferente de estudio en las escuelas primarias, secundaria y universitaria. Con la misma atención e interés con que se analizan los partidos políticos, deberían estudiarse los medios. Sobre todo ahora que el paisaje mediático ha cambiado totalmente. Estamos frente a una revolución tecnotrónica —para usar la expresión Zbigniew Brzezinski— que trastocó los cimientos de lo que la comunicación era hasta hace unos veinte años.

Las redes sociales son el epicentro de la comunicación contemporánea. Internet modificó por completo las formas de acopiar, recibir y difundir información. Los jóvenes prefieren las redes antes que a la televisión. Su naturaleza lúdica pareciera hacer suya la tesis de Johannes Huizinga. El holandés era partidario de que el proceso educativo fuese alegre, divertido. Nada más atractivo para la juventud que YouTube, Instagram, Twitter, Tik Tok, Webinars, Meta (antiguo Facebook). Los buscadores de Google permiten acceder a toda clase de datos, información, libros, investigaciones, ensayos, etc. El aparato educativo escolar retiene a sus alumnos cinco horas, durante nueve meses del año, cinco días a la semana. Cualquier persona puede asistirse de los medios —en su sentido lato— las 24 horas del día, los 365 días del año. ¿Quién ofrece más? ¡Nadie! ¡Por cierto!


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