Opinion

Divisando los techos desde mi atalaya

No tenemos que confundir memoria con nostalgia, los recuerdos forman parte de nuestra vida —es decir— de nuestra historia

“La nostalgia es un sentimiento

paralizante y reaccionario”.

Carlos Manuel Álvarez

I

Nada más gratificante que ver el bosque desde lejos; se aprecia mejor. Hay quienes prefieren ver al prójimo desde la altura de su pedestal. Sentirse más. No mejor. Están convencidos que el dinero es la maquinaria que todo lo nivela y sobrepasa. Las alturas me provocan vértigo. En casa me enseñaron a ver al otro desde la perspectiva exacta del ser humano: ni más alto ni más bajo. Tengo un poco más de un mes de estar viendo desde la sala del segundo piso de la parte trasera de la casa de mis padres, los techos de las casas vecinas. Después de más veinte años de no hacerlo, me encuentro con un espectáculo radicalmente distinto. El panorama no es el mismo, ha cambiado. El paisaje que me acostumbré a ver en mi niñez, adolescencia y juventud mudó de piel y temperamento.

Todavía no me acostumbro a ver los techos pelones, da la impresión que todos se pusieron de acuerdo para cambiar tejas por láminas de zinc; por momentos relumbran con el sol. Algunos los pintaron de rojo bermellón. Tomo conciencia, no solo los techos han cambiado, el vecindario de la calle Palo Solo, es otro. La mayoría de sus dueños cedieron a la tentación de vender o rentar sus casas para que comerciantes instalaran negocios. En mi cuadra solo la casa de mis viejos sigue igual. Ajena a las mudanzas comerciales que experimenta la provincia ganadera. Los mercaderes empiezan el trajín desde muy temprano. Los más voraces instalan toldos en la calle para atrapar al vuelo a los compradores. Cierran el paso creyendo que así incrementarán sus ventas.

Desde mi atalaya el entorno cambia según la hora que lo vea, no es lo mismo de día que de noche. La antigua sede de la alcaldía municipal fue convertida en una biblioteca de dos pisos. Su altura me impide ver la que fue casa de la familia Castrillo Suárez y el patio de la familia Pérez Castrillo. La casa de Gladys fue derrumbada, en su lugar, Rolando, su hijo, construyó un hotel. Igual ocurrió con la casa de mi tío Guillermo y mi tía Leonor. A su regreso de un exilio forzado en los ochenta, levantaron un segundo piso sin alterar su estructura. En cambio, Ronaldo levantó la suya de tres pisos. La casa de habitación de doña María Delia Matamoros, fue vendida por Ariza, su heredera. Sus nuevos dueños levantaron un altillo, me impide ver la bocacalle de doña Toña Rivera y de mi tía Rosibel.

La que fue casa de doña María Delia, sus dueños dan igual uso, la parte frontal fue alquilada a dos negocios. Dejaron un pasillo para conectarse con las habitaciones. El Hotel Imperial, no es lo que un día fue, cedió al torbellino de los negocios, sus cuartos frente a la calle Palo Solo, fueron alquilados y los mercaderes se amolotan disputándose a la clientela. La casa solariega de doña Clotilde Díaz, alberga un par de negocios, igual ocurrió con la casa de mi tía Rosibel. Un negocio ocupa lo que fue la sala, otro se instaló en la esquina. La casa esquinera que fue de los Hernández Aragón, siguió el mismo rumbo. Una joyería y una venta de ropas invaden el lugar. Mis huellas de identidad jamás sucumbirán. Por más que los negociantes estropeen el paisaje, ¡no lo lograrán!

No tenemos que confundir memoria con nostalgia, los recuerdos forman parte de nuestra vida —es decir— de nuestra historia, no puede haber presente sin pasado. Imposible descuajar de mis recuerdos la vida de las personas con quienes conviví, infancia, adolescencia y juventud. La fisonomía de sus casas puede ser alterada y sus viviendas ocupadas para ventas al por mayor y al detalle, eso no borrará de mi mente los años vividos en la calle Palo Solo; fueron decisivos. Nunca olvidaré las conversaciones, recomendaciones, regaños, felicitaciones, contradicciones, malestares y amistades que forjé con cada una de las familias que vivieron e hicieron de esta calle, un remanso de paz. En esta calle jugué trompos y al macho parado, elevé aviones y barriletes.

II

“…la patria no es sino la infancia, algunos rostros,

algunos recuerdos de la adolescencia,

un árbol o un barrio, una insignificante calle…”

Ernesto Sábato

Sigo creyendo que infancia es destino, mis primeras amistades las tuve en la escuela y en mi calle. Son relaciones de afecto que no se olvidan. Entre mis primeros amigos están Fulgencio Báez Lacayo y Alexander Bello Abaunza. A los dos conocí en la escuela de doña María Almanza. Durante la niñez prevalece la inocencia. Creo con Jean Jacques Rousseau, que la sociedad pervierte al ser humano, me sitúo muy lejos del verso sombrío de nuestro paisano inevitable: “el hombre antes de nacer trae mala levadura”. Una visión muy cercana a la del florentino Nicolás Maquiavelo. El primero, hijo de don Luis Felipe Báez, padre de los hermanos Báez Bone, hermanos de Fulgencio. El segundo, hijo del coronel GN. Francisco Bello Rueda, ubicado en el otro extremo político de don Luis Felipe.

Entre mis nuevas amistades en la calle Palo Solo, la primera fue con William Castrillo Ugarte. Elogiaba su intrepidez, su valentía —un peleador callejero como pocos— sentía una profunda admiración por él. Con Martín Hernández jugamos al crucificado y Adrián Silva Díaz, era un encantador de serpientes. Tenía una verborrea capaz de seducir a cualquiera. Popo, Piyina y Pepeta, como recuerda mi hermano Jorge Eliécer, fueron mis maestros aventajados en la escuela de la vida. La Barbería Meza, propiedad de Popo, el nieto mayor de Mama Guicha, la dueña del Hotel Imperial, era un metedero donde recalaban todo tipo de especímenes. Desde los más bragados hasta los más tontos. Humberto Castrillo Martínez, se mantenía a prudente distancia de nosotros.

Por las noches me figuro volar sobre sus viviendas, para curiosear qué están haciendo. Mama Guicha, dueña de su vida, sigue sentada en su poltrona, ve pasar el tiempo sin que alcance a rozarla. Sobre la pista del Hotel Imperial, Pilomo hace cabriolas bailando con la María Flaca, la dueña de la noche. Las Montieles —Pepa y Amanda— hace rato terminaron de rezar el rosario y cerraron las puertas de la sala. Pidieron a Imelda que fuese a dormir. Doña Juanita Montiel, da por terminadas las labores del día, echa un vistazo a la acera, para ver si Doris sigue ahí. Doña Clota entró a su dormitorio, momento que aprovechamos con Rosa Argentina, para darnos un beso. María Eugenia no se percata. Tiene una sonrisa expansiva, su alegría contagia flores y heliotropos.

El Chocoyo Cuadra, acaba de arribar a casa de mi tía Leonor, eso indica que la partida de naipes donde doña Toña Rivera, terminó demasiado temprano, pide unirse al juego de póker. Se sienta a la vera de mi tía. Un olor y un humo denso circulan por la sala. Mi tía, igual que Chocoyo, fuman cigarrillos Valencia. Janeth, Rosaura y Leopoldina terminaron de cenar. Se disponen a sentarse en la acera. Me extraña qué hoy no hayan llegado a la visita de rigor, Camilo Marín, Mario Miranda Bermúdez, el santo tomasino y Edgar Aguilar Bravo. No alcanzó a escuchar que cuchichean entre ellas. Mi tía Rosibel acaba por despedir el día. Antes de cerrar las persianas de su dormitorio, echa un vistazo a la calle, momento que aprovecha para ver pasar al orfebre Cristóbal Bermúdez.

III

La luna ilumina el jardín de la casa de mis padres, se aprecia en todo su esplendor. Se alza nítida sobre el horizonte. Todas las semanas santas luce diáfana para iluminar nuestros pasos. Hoy es Lunes Santo, día que Jesús entró al templo y echó a los mercaderes. Siempre me he preguntado ¿por qué lo haría? ¿Sentiría aversión por ellos? ¿Qué otro motivo pudo tener para irritarse? La alegoría es perfecta, en catedral los negocios florecen en sus aceras. En la calle Palo Solo son más ruidosos y alborotadores que los mercaderes en el templo de Jerusalén. Perturban a todas horas. Durante el almuerzo el estruendo de los altoparlantes quita el apetito. Nada es igual en casa de doña Clotilde. Los ruidos más estridentes salen de un negocio instalado en su casa.

Ya hoy es Viernes Santo, cómo pasan los días, mi recuerdo más sentido es que a partir del triduo pascual, no podíamos correr por las calles, significaba herir a Cristo que ya había bajado a la tierra. Nadie lo vejó y torturó más qué los judíos. El juicio en su contra fue una farsa. Él estaba condenado de antemano. Los primeros en traicionarlo fueron sus discípulos, Judas y Pedro, uno lo vendió y otro lo negó. Los cánticos y rezos en catedral han sido constantes. ¿El obispo de Chontales y Rio San Juan, Marcial Humberto Guzmán y los sacerdotes católicos, intentarán recuperar a sus ovejas? En Juigalpa las iglesias evangélicas continúan multiplicándose. Crecen por todos los barrios. Por las mañanas el viento trae hasta mi cuarto, alabanzas y prédicas de un pastor.

Cuando dirijo la mirada hacia el oeste, catedral sigue iluminada, unas luces amarillas escapan por la parte alta del techo. ¿El palo de coco en el patio del otrora Hotel Imperial, es el mismo o es otro? No voy averiguarlo, me place verlo erguido, picoteado por los pájaros carpinteros. No tengo dudas que los dos palos de mangos son los mismos de siempre. Mama Guicha permitía a Jorge Eliécer y a mí, cortarlos bajo la mirada expectante de Rogelio, Chapín, eterno asistente de don Eudoro Suárez, un adelantado. Trajo a Juigalpa la primera refrigeradora y se jactaba de haber traído también el primer radio-receptor. Aunque creo que eso no es verdad, quien lo trajo fue mi abuelo Carlos Manuel Villanueva. Pero díganme, ¿eso a quién le interesa? A nadie.

Por las noches, desde mi atalaya me gusta ver la Loma Tamanes, la figura de Sandino resulta inconfundible. Puede verse desde diferentes puntos de la ciudad. La alcaldesa María Elena Guerra, convirtió nuestro centro de recreos, en un Mirador. Desde la loma se aprecia toda la Cordillera de Amerrique y buena parte de Juigalpa. Hoy es Domingo de Resurrección, festivo en el calendario litúrgico. Son las 10 pm, única hora en que no hay ruidos en la calle Palo Solo. Se escucha el silencio. Mañana volverá el suplicio. Antes de acostarme diviso de nuevo los techos, solo para confirmar que todo cambió y no para bien. La gula de los comerciantes torna insoportable vivir en la calle Palo Solo y en otras partes de la ciudad. ¿Cómo hago para mover de lugar la casa de mis padres?

 



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