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Demografía del disenso en Cuba

Es muy difícil que en Cuba, alguien que no cree que sus gobernantes sean los mejores, piense, a la vez, que el sistema político es el correcto

El presidente cubano Raúl Castro durante la inauguración del segmento de jefes de estado de la VII Cumbre de la Asociación de Estados del Caribe (AEC), en La Habana Confidencial | EFE.

Rafael Rojas

19 de marzo 2018

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Las estadísticas del más reciente proceso electoral en Cuba, por el cual se ha elegido a los 605 miembros de la Asamblea Nacional, que, de manera indirecta, elegirán al nuevo Consejo de Estado y a su presidente, reflejan la progresiva pérdida de respaldo político al gobierno cubano.

Se trata de una sólida tendencia, desde los años 90, que se acerca a números “normales” en el contexto latinoamericano y caribeño. Muy lejos estamos ya de aquellas mayorías rotundas del período soviético. A pesar de no ser una democracia, muchos de los problemas de esa forma de gobierno, en América Latina, también se manifiestan en Cuba.


De acuerdo con estadísticas oficiales, en las recientes elecciones legislativas, un 18.10% del padrón electoral de la isla no votó. Poco más del 5.50% de los votos emitidos fue de boletas anuladas o en blanco. Y, en contra de la propaganda oficial, que siempre insiste en que los electores voten mecánicamente por todos los candidatos, presuponiendo que unánimemente apoyan al gobierno, un 19.56% del electorado ejerció un voto selectivo. La suma de esos indicadores sugiere que cerca de un 43% de la ciudadanía cubana no favorece plenamente al gobierno.

Que no favorezca al gobierno no necesariamente quiere decir que sea contraria al sistema, pero, bajo un régimen como el cubano, donde se penaliza a la oposición legítima pacífica, gobierno y sistema son percibidos como lo mismo. Es muy difícil que en Cuba, alguien que no cree que sus gobernantes sean los mejores, piense, a la vez, que el sistema político es el correcto. Los dos únicos gobernantes de la isla, en 60 años, fueron constructores del sistema, por lo que el margen para la diferenciación entre un concepto y el otro es mínimo.

Esa diferenciación crecerá tras la salida de Raúl Castro de la presidencia, aunque preserve la jefatura del partido.

Hemos leído declaraciones de líderes cubanos y, específicamente, de diputados a la Asamblea Nacional, que repiten las mismas frases de siempre. Dicen que el régimen de partido comunista único, poder legislativo monocameral y subordinado al ejecutivo y elección indirecta y gubernamentalmente controlada del presidente, es “autóctono” y “más democrático” que el de la mayoría de los países latinoamericanos y caribeños. Escamotean, a conciencia, el origen histórico preciso de dicho sistema, dentro del campo del socialismo real durante la Guerra Fría.

Lo que ahora comprobamos es que aquel sistema ha sido tan funcional en la época del consenso como en la del disenso. El régimen cubano parece diseñado para impedir que ese 43% pueda identificarse con una opción política alternativa, que haga visible la heterogeneidad y el pluralismo de la isla. Es tan funcional ese sistema, para el objetivo básico de perpetuar a la misma clase política en el poder, que sus artífices comprendieron que era preciso detener cualquier avance de reforma política, antes que esa importante minoría logre conformar la base social de una oposición legítima.

*Este artículo fue publicado en ProDavinci


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Rafael Rojas

Rafael Rojas

Historiador y ensayista cubano, residente en México. Es licenciado en Filosofía y doctor en Historia. Profesor e investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) de la Ciudad de México y profesor visitante en las universidades de Princeton, Yale, Columbia y Austin. Es autor de más de veinte libros sobre América Latina, México y Cuba.

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