Opinion

De regreso al socialismo

El Partido Republicano está en peligro de caer en manos de fanáticos que ven las concesiones al gobernar como una suerte de malvada pu

LONDRES – Lo notable de Jeremy Corbyn, el izquierdista que sorprendió a las clases dirigentes británicas al lograr la mayoría de los votos del Partido Laborista, no es su supuesta falta de patriotismo. Que quiera o no cantar Dios Salve a la Reina en eventos públicos parece un asunto más bien trivial. Lo notable de su tipo de izquierdismo es lo reaccionario que es.

Corbyn es un socialista a la antigua, de esos que desearían desplumar a los ricos y restatizar el transporte y los servicios públicos. Su retórica sobre la lucha de clases sugiere un quiebre completo con la socialdemocracia tradicional.

La socialdemocracia europea de posguerra siempre fue un juego de concesiones al capitalismo. Especialmente en Inglaterra, la ideología de izquierda debió más a ciertas tradiciones morales cristianas (“más metodismo que Marx”) que a ningún dogma político. Líderes laboristas como Clement Attlee, primer ministro inicial tras la Segunda Guerra Mundial, no se oponían a la economía de mercado, sino que querían regularla para que beneficiara mejor los intereses de la clase trabajadora.

Durante la Guerra Fría, la socialdemocracia fue la respuesta igualitaria de Europa Occidental al comunismo. Attlee, de hecho, era un enconado anticomunista.

En las conferencias del Partido Laborista se daba homenaje de los labios para afuera a los viejos símbolos del socialismo. Los líderes del partido cantaban la Internacional con una nostalgia lacrimosa. Y hasta que Tony Blair la quitara en 1995, la Cláusula 4 de la constitución del partido seguía prometiendo la “propiedad común de los medios de producción” y el “control popular” de la industria. (Bien podría ser que Corbyn intentara reinstaurarlo). Pero cuando se trataba del gobierno nacional se apartaba rápidamente a los socialistas ideológicos para hacer espacio a operadores más pragmáticos.

Para cuando Blair -siguiendo el ejemplo de su amigo el presidente estadounidense Bill Clinton- se convirtió en Primer Ministro con su “tercera vía”, el socialismo parecía estar muerto y enterrado. Clinton y Blair (que llegaron al poder después de que esa otra extraña pareja angloamericana, Ronald Reagan y Margaret Thatcher, comenzara a rasgar el tejido de la socialdemocracia) hicieron concesiones inimaginables para Attlee.

La genialidad de Clinton y Blair fue combinar una preocupación genuina por los desfavorecidos con una indecorosa complacencia hacia los peces gordos de Wall Street, la City de Londres y también de algunos sitios más turbios. Blair pasaba sus vacaciones con Silvio Berlusconi, el primer ministro plutócrata de Italia. Y tras dejar sus cargos, ambos pusieron rápidamente su reputación al servicio de sus cuentas bancarias.

Se podría decir que, por transar demasiado con el capitalismo, los líderes de la tercera vía transaron consigo mismos. Esa es una de las razones que explican el que, con Corbyn, la extrema izquierda contraatacara y finalmente lograra arrebatar el poder a sus camaradas más transigentes. En especial para muchos jóvenes, Corbyn es el tan ansiado hombre de convicciones firmes, la “auténtica” voz del pueblo. Ante un socialista de verdad los socialdemócratas moderados, que nunca tuvieron posiciones muy ideologizadas, acabaron sin mucho que aducir.

¿Podría ocurrirle lo mismo a Hillary Clinton en su búsqueda de la nominación por el Partido Demócrata en las elecciones presidenciales del año próximo en Estados Unidos? ¿Podría la centroizquierda, a la que representa, perder el control del partido?

En las últimas encuestas de opinión, Bernie Sanders, su principal oponente y quien se precia con orgullo de ser socialista, se acerca a Clinton e incluso la aventaja en algunos estados. Al igual que Corbyn, irradia autenticidad y da la impresión de ser un político que dice lo que piensa, a diferencia de los políticos profesionales típicos de Washington.

Y, sin embargo, en el Partido Demócrata no existe una izquierda remotamente parecida al fanatismo de los partidarios de Corbyn. Comparado con él, Sanders es un moderado. Más importante aún, hoy al Partido Republicano le está ocurriendo lo que una facción belicosa hizo a los laboristas. De hecho, los rebeldes republicanos parecen mucho más extremos que Corbyn, para no hablar de Sanders.

El Partido Republicano está en peligro de caer en manos de fanáticos que ven las concesiones al gobernar como una suerte de malvada puñalada por la espalda. Obligar al ultraconservador John Boehner a abandonar su papel de portavoz de la Cámara por ser demasiado blando fue una declaración de guerra de los republicanos contra su propio partido. La mayoría de los aspirantes presidenciales republicanos no son sólo extremistas, sino también más reaccionarios que Corbyn.

Sus eslóganes favoritos (“Recuperar nuestro país” o “Hacer que América vuelva a ser grande”) invocan un pasado en que ni el Nuevo Trato ni la ampliación de los derechos civiles perturbaban la paz de los honrados cristianos blancos. Estos republicanos de línea dura también aprecian la “autenticidad” por sobre cualquier otra cosa (y de allí el atractivo de Donald Trump). También están en franca rebelión contra los líderes de su partido, de quienes piensan que han hecho demasiadas concesiones simplemente por intentar gobernar.

Es demasiado pronto como para predecir quién ganará la nominación republicana. Es improbable, pero posible, que un candidato de línea dura como Ted Cruz o un novato con profundas convicciones religiosas como el neurocirujano Ben Carson, se hagan con el partido. Pero llegar a los altos cargos de un partido político todavía sigue siendo mucho más sencillo que ser electo Presidente de Estados Unidos. Pocos esperan que Corbyn gane las generales en Gran Bretaña, y por eso los representantes de su partido en el Parlamento están en apuros.

Por estas razones Clinton, a pesar de su campaña deslucida y la percepción popular sobre su inautenticidad, o derechamente sobre su volubilidad, probablemente acabe logrando la nominación. Lo hará no porque sus opiniones convenzan más que las de los políticos profesiones de centroizquierda del Partido Laborista, sino porque sus contendientes parecen tanto peores.

Ian Buruma es profesor de Democracia, Derechos Humanos y Periodismo en el Bard College, es autor de Año Cero: Historia de 1945.

Copyright: Project Syndicate, 2015.
www.project-syndicate.org


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