Opinion

Los cuatro pilares de la dictadura: pobreza, impunidad, desinformación, y corrupción

¿Qué hacer? El peso de la responsabilidad de resolver esta crisis por el bien democrático recae en el verdadero liderazgo opositor

Mientras los pleitos políticos tienen enredados a los opositores en una competencia entre quien de ellos divide y fragmenta más la ya débil organización política, el Gobierno sigue colgado de un hilo con las cuatro armas que mantienen a las dictaduras: pobreza, impunidad, desinformación, y corrupción.

Pobreza

La pérdida de ingresos en Nicaragua ha sido un trauma para los nicaragüenses. Desde la crisis política de 2018, el ingreso per cápita ha caído 20%. Si ya de por sí Nicaragua se encontraba entre los países más pobres del mundo, la crisis política intensificó esa situación y, la pandemia y el desgobierno la tiraron por la borda. Con ingresos como estos es difícil vivir, mucho menos pensar en la política, y eso le da una gran ventaja a las dictaduras. Los hogares nicas viven de menos de 6000 córdobas mensuales, en donde la docena de huevos a 55 córdobas representa 1% del ingreso, y ya ni decir frijoles, arroz, sin incluir la luz, el agua y el internet. Y después de eso no se puede comer bien. A 35 córdobas una libra de pechuga de pollo es un lujo y mucho menos la carne. La luz cuesta al menos 1000 córdobas en las zonas urbanas, y más en el centro de Managua. Tener datos de internet es parte de ‘tener vida’ en esta era, y en promedio la gente consume al menos 500 mensuales. La mitad del ingreso se les va en cosas que típicamente no representarían grandes gastos.

El nivel de privación de las cosas más básicas es bestial. Entre la pandemia, la crisis económica con un alto nivel de desempleo y falta de ventas, uno no puede ni pensar en ir a comprarse un par de zapatos nuevo. Esto es vivir en pobreza: carestía y privación de lo necesario.

El resultado es la preocupación diaria de cómo hacer para comer hoy, ya ni pensar en mañana, de dónde sacar más plata, gastar menos, usar menos la luz, para poder comer. Al final del día, nadie quiere saber si la coalición sigue peleándose, si Medardo Mairena es o no es aliado del PLC, o si Juan Sebastián Chamorro tiene razón o si los jóvenes se merecen más liderazgo. Y mientras el sueño se pierde con el estómago vacío, el Gobierno se desentiende de resolver los problemas de ellos y se preocupa por sí mismo: mantener al círculo de poder con vida.

Desinformación

El país está inundado de una ausencia de transparencia, no hay rendimiento de cuentas. El silencio del Gobierno solo es como el de un cementerio de noche, de miedo. No hay información sobre la realidad en la pandemia, de lo que está realmente haciendo el Gobierno. La única información que hacen pública y transparente es la del engaño y la distracción. Rosario Murillo usando los ‘logros’ del Gobierno porque hacen unas jornadas aquí y allá, invitan a celebrar el deporte en los estadios. Ataca al periodismo independiente para ocultar lo que realmente ocurre. Los nicaragüenses desconocen la magnitud de la pandemia, el velo de ignorancia es intencionalmente diseñado por el Gobierno. Países como Honduras y Guatemala tienen más de 60 000 contagios cada uno, y sus Gobiernos, en medio de sus torbellinos políticos, están buscando como reducir estos, aumentar las pruebas, detectar los puntos débiles. En Nicaragua la transparencia estatal es el silencio ‘responsable y cuidadoso’.

Corrupción

La realidad está enfrente de todos, pero entre tanta pobreza cuesta determinar qué hacer, por qué protestar si todos se pelean y para qué arriesgarse si el Gobierno al final los está matando de una u otra forma. Pero las dictaduras aprovechan lo que pueden para seguir adelante en su supervivencia, aprovechan las instituciones del Estado para mantener su modus vivendi. La corrupción es latente, es lo que ofrece el Gobierno para no rendir cuentas: el tráfico de favores como forma de pago. Por ejemplo, siguen cobrando facturas de luz a precios por encima de los costos de operación (para solventar cuentas con Albanisa), aumentan impuestos en momentos que el resto de los gobiernos en América Latina están buscando cómo resolver con subsidios y endeudamiento externo. Y no lo ocultan. Han adquirido préstamos y dan la ilusión de normalidad, cuando en realidad son financiamientos que no resuelven la crisis que ellos causaron.

Pero la gente está cansada, es una realidad crónica, una enfermedad con la que no pueden comprar la medicina con la del mal que puede curarse. Ya muchos no recuerdan que antes de las protestas por la reforma al Seguro Social el Estado estaba con problemas financieros, que fueron ellos los que crearon un déficit en las finanzas del INSS en menos de cinco años, o que mintieron al decir que la pobreza había caído cuando los ingresos eran los que seguían disminuyendo.

Impunidad

Siguen amenazando a dirigentes, acusando a periodistas, acosando a jóvenes. La justicia es una abstracción absoluta, un concepto que es completamente ajeno al Estado de Derecho. No hay ajuste de cuentas, el derecho a la protesta no existe, porque salir a la calle es ilegal. La Policía detiene y golpea y mas allá de gritar, queda poco por resolver.

 ¿Qué hacer?

El régimen está debilitado y desprestigiado, la población también está desgastada, cansada y el liderazgo opositor prácticamente se ha autosaboteado. No es accidental, la resiliencia sobrepasó el límite de aguante, y eso ha puesto al país en muy mal estado. Este es el verdadero contagio que ha afectado a todo el país.

Aun en medio de esta situación, es importante ver hacia adelante, y no tirar la toalla. Primero que los nicaragüenses se detengan unos minutos para medir su situación y reconocer que esta es una condición nacional, no es personal y tampoco ideológica. Todos están mal, y el único beneficiado es el círculo de poder, nadie más. Desde el universo de la pobreza y entre tanta impunidad, los nicaragüenses tienen la tarea de hacerse oír, que la oposición los escuche y aprender a usar el lenguaje de la vida en carestía.

Segundo, el peso de la responsabilidad de resolver esta crisis por el bien democrático recae en la oposición. La responsabilidad del verdadero liderazgo opositor está en entender la magnitud del problema y deponer sus preferencias por las del interés popular. Lo que quiere la gente es no seguir oyendo la misma historia de siempre, las intrigas de quien hizo qué y quien se cree mejor que el otro.

Tercero, deponer sus pleitos de casillas y de partidos, incluye reorientar el debate nacional, y más importante, sumar fuerzas en contra de la impunidad, la pobreza, la corrupción y la desinformación. Esto requiere que los grupos cierren fila en desenmascarar cómo el gobierno ha profundizado la pobreza, en visibilizar la magnitud de la corrupción, cuestionar las tarifas y recibos de servicios del Estado. Estar en la oposición significa justo eso, condenar la impunidad en una sola voz, y callar la voz de los armados con fusiles, con la verdad de los hechos.

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