Opinion

Crónica de la nueva Nicaragua en la que reina la vigilancia, el silencio, y el miedo

Familiares espiando a otros familiares, “vigilantes” que a cambio de unos pesos alertan a la Policía orteguista sobre cualquier “sospechoso”

La composición”. Así se llama uno de los tantos cuentos maravillosos de ese escritor chileno que lleva por nombre Antonio Skármeta. Publicado en 1998 —ocho años después del fin de la dictadura militar de Pinochet, es una historia que trata sobre la vigilancia cotidiana que ejerce la Policía secreta de la dictadura: la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional) sobre sus compatriotas con el fin de aniquilar cualquier fuerza que el Gobierno considere “subversiva”.

Un día, un miembro de la DINA visita la escuela del protagonista de la historia: Pedro. Al entrar al aula, la profesora (“muy tiesa”) les pide a todos los alumnos que se pongan de pie para saludar a este señor vestido con “uniforme militar, una medalla en el pecho, bigotes grises y unos anteojos más negros que mugre en la rodilla”. Inmediatamente, el militar, muy sonriente “con su bigote de cepillo de dientes bajo los lentes negros” les comunica a los estudiantes el motivo de su visita: invitar a todos los niños de todos los grados de esa escuela a escribir una composición sobre lo que hacen sus padres por las noches. El capitán Romo, como él mismo se ha presentado, les dice a los niños que la mejor composición será premiada con una medalla de oro y una cinta con los colores de la bandera, además de ser el abanderado en el desfile en la “Semana de la Patria”.

Pedro empieza con su texto: “Lo que hace mi familia por las noches. Pedro Malbrán. Tercer grado A”. Y por un momento vacila. Pedro, cuyos padres todas las noches sintonizan con cierta dificultad la misma estación de radio (que parece transmitir desde un lugar clandestino) que anuncia nombres de nuevos secuestrados y desaparecidos— escribe: “…todas las noches mi papá y mi mamá se sientan en el sillón y juegan al ajedrez y yo termino la tarea. Y ellos siguen jugando ajedrez hasta que es la hora de irse a dormir. Y después, después no puedo contar porque me quedo dormido”. Cuando Pedro llega a casa y les cuenta a sus padres lo sucedido, éstos aterrados le preguntan a su hijo sobre lo que ha escrito. Pedro les lee en voz alta su composición y su padre con una sonrisa complaciente en los labios le dice a su hijo: “Bueno, […] habrá que comprar un ajedrez por si las moscas”.

Esta historia de Skármeta fue precisamente lo que se me vino a la mente en mi última visita a Nicaragua con motivo del circo electoral que ha cementado en Nicaragua este 10 de enero de 2022 esta nueva dictadura familiar compuesta por un comandante un tanto taciturno (ahora ya sabemos el por qué. Léase Zoilamérica Ortega Murillo) que hace cuatro décadas ayudó a derrocar la dictadura somocista y una poeta fracasada (no entiende el concepto del verso libre) que se come las uñas en desesperación cuando las cosas no le salen bien y a quien la poesía (claramente) vomitó pero que no obstante insiste en seguirle sus pasos dejando, según ella, sus pinitos de poesía combativa en los escritos partidarios que ella misma escribe y que los embajadores fantoches del binomio dictatorial están obligados a leer en reproche ante cualquier muestra de “injerencia extranjera”.

Hablando con los viejos amigos, con las gentes en los barrios, en paradas de autobuses, en los taxis, me di cuenta que el mayor daño (desde mi punto de vista) que esta dictadura le ha hecho a Nicaragua hasta ahora ha sido la destrucción de todo el tejido social que incluye principalmente el tejido familiar. En noviembre de 2021 me encontré con gentes que están más que claros que cualquier gesto, cualquier palabra, cualquier oración bien o mal dicha, pueden ser objetos de acusaciones que van desde “incitación al odio” hasta “traición a la patria” como ya les ha ocurrido a esos más de cien mil exiliados que tuvieron que huir del país precisamente por esos mismos motivos. Dentro de esa “Nicaragua linda y bendita” como escribe esa pobre mujer a quien la estética (claramente) también ha vomitado, reina el silencio y el miedo que imponen desde los policías instalados desde hace dos años en las rotondas de las calles del país hasta los omnipresentes CPC (Consejos del Poder Ciudadano) en los barrios y residenciales que a cambio de recibir cualquier cuchería están en constante vigilancia y control (¡hasta entre ellos mismos!) para detectar a cualquier “traidor” como pasa en el cuento de Skármeta.

En esa Nicaragua en las que “los nicaragüenses se volcaron a votar por la paz” como dijo el dictador en cadena nacional ese 7 de noviembre, conocí a una familia cuya madre le ruega a su hijo que le pida disculpas a su cónyuge por haberla insultado y echado de la casa porque la primera teme represalias en contra de su familia pues resulta que su nuera trabaja para uno de los canales oficialistas en donde por cierto abunda el cinismo y el patriotismo barato: “la soberanía ni se vende ni se rinde”, repite una presentadora envueltita en carne (dejando en evidencia sus gustos por las frituras) un día después de la votación de partido único. Digo “repite” porque es una frase ya dicha por el dictador en su discurso trasnochado la noche anterior.

Miembros familiares espiando a otros miembros familiares, taxistas que me cuentan que si se quejan de lo caro que está la gasolina los sacan del grupo de Whatsapp (no hay olvidar que el régimen tiene el control de la venta y compra de los hidrocarburos en el país), hombres escuálidos quemados por el sol usando unas camisetas verdes fungiendo como “vigilantes” (una verdad a medias) en los parqueos de los mercados populares y hoteles capitalinos que a cambio de unos cuantos pesos alertan a la Policía orteguista sobre cualquier “sospechoso” que esté atentando contra la paz, una mesera en un café capitalino que me dice: “estamos en las manos de Dios” cuando le pregunto qué le espera ahora a Nicaragua después del fraude electoral. Si en algo tiene razón la dictadura es cuando afirma, a través de titulares como el que apareció en uno de los diarios oficialistas Barricada el 10 de enero a propósito del último circo montado por la dictadura es cuando afirman que ellos llevan “Quince años construyendo una nueva Nicaragua”. Porque efectivamente con esa nueva Nicaragua en la que reina la vigilancia y el control a través de todas esas estructuras organizadas con fondos del Estado es con la que me encontré. Contrario a esa mesera, no creo en Dios, pero le pido que bendiga a Nicaragua.

*Colaboradora de la revista Hispanorama. 


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