Opinion

Como polvo en el viento

Padura hilvana esta historia y utiliza una diversidad de estrategias narrativas hasta convertir su propuesta en un plato suculento

“Vio en la distancia a unos seres que parecían felices, que eran felices, reunidos en aquella misma terraza, unos jóvenes que ni siquiera el más caústico, inconforme, visionario de ellos habría estado en condiciones de prefigurar hasta qué punto se desintegrarían, provocando la desesperación, la abulia paralizante, la dispersión ya iniciada”.

Leonardo Padura

Algunas novelas constituyen una revaloración o reconstrucción de acontecimientos, especialmente cuando parten de la realidad. La más reciente hornada del cubanísimo Leonardo Padura, Como polvo en el viento (TusQuets Editores, España, 2020), es una celebración a la vida y la amistad. Desandar la larga travesía que supone internarse en sus 669 páginas, permite corroborar que Padura pertenece a la generación de cubanos nacidos mientras los barbudos jefeados por Fidel Castro, luchaban en las estribaciones de la Sierra Maestra o durante el arribo triunfal de los guerrilleros a La Habana en enero de 1959. Los personajes que pueblan la novela, pertenecen a la primera generación de cubanos una vez que la revolución había coronado su hazaña.

Ubica a sus engendros en el despegue glorioso de un hecho histórico que marcó no solo a los insulares, el fogonazo generó expectativas y esperanzas en diversas partes del planeta. La posibilidad de crear un mundo mejor era la enseña de quienes apostaban por librarse de las dictaduras militares, paso necesario para edificar una nueva sociedad. El despertar de un nuevo día se expandió por el mundo con la velocidad del rayo. Padura se abstiene de nombrar a los dirigentes de la revolución cubana. Su presencia gravita en la novela por su propio peso. Tampoco menciona la intervención de los gobernantes estadounidenses, empecinados en abortar un ensayo sociopolítico a solo noventa millas de Florida. No requería hacerlo. Un paso audaz.

Lo especial de Como polvo en el viento, viene a ser la forma que Padura hilvana la historia y utiliza diversas estrategias narrativas, hasta convertir su propuesta en un plato apetitoso. Los escenarios del relato transcurren en La Habana, Estados Unidos (Miami, por razones obvias) y España. El nudo dramático lo constituye el desencuentro de un puñado de amigos crecidos al amparo de la revolución. El exilio es el resultado de una desilusión, marcada por la determinación de satisfacer sus ilusiones. El entrelazamiento de las vicisitudes que vive la isla, con el desencanto progresivo de sus personajes y la manera como Padura encabalga los capítulos, permiten ver cómo esta realidad atormenta sus vidas. Un acierto estilístico.

El parto de Padura ratifica que toda buena novela es hija de distintos recursos narrativos. Un novelista no puede sustraerse del uso de variadas artes discursivas, ni desdeñar el manejo antojadizo del tiempo, debe crear personajes contrapuestos, utilizar un lenguaje depurado; narrar de atrás para adelante o situarse en el presente, encaminados a recrear una historia compleja. Sin el aliento refrescante de estos malabarismos, el relato perdería encanto. Omitirlos constituiría pecado de lesa literatura. El contenido de una obra es un elemento al que el escritor debe dar forma. Sin su maestría todo quedaría en prosa llana. La forma constituye el embrujo que nos envuelve con su magia, una aspiración de todo gran hechicero.

Como buen contador de historias, Padura narra el peregrinar de Elisa, Horacio, Darío, Irving, Joel, Fabio, Liuba y los hijos de Clara, (Marcos radicado en Miami y Ramsés en España), la resistencia de fierro y la bondad congénita de Bernardo, miembros de una cofradía que todos creían indestructible. La desilusión anida en sus corazones. El Clan empieza a desmoronarse. Sus creencias se precipitan en un desengaño sin reparos. Empieza un desfile impensable. Ninguno tenía inclinaciones políticas. Los reveses continuos que abaten a la revolución, desmoran antiguas creencias. Los sueños se transmutan en pesadillas. Para algunos la salida de Cuba se convierte en obsesión. Se mudaron de lugar en búsqueda de mejores horizontes.

Padura muestra la homofobia como disparador, la homosexualidad es reprimida, un machismo inconcebible, entre quienes pregonaban una nueva alborada. La represión alcanza a quienes tienen opciones sexuales diferentes. Actitud inexplicable para quienes anuncian el porvenir. Elisa e Irving son el envés y la cara superior de la moneda. Elisa ve en el desarraigo la única alternativa para librarse del pasado, Irving como la única manera de evitar trompadas, burlas y descrédito por su condición homosexual. Irving resiste con estoicismo. Clara el eje rotor de ese mundo, sobrevive con la ayuda enviada por Irving y Horacio y Darío, su exmarido. La solidaridad impide que el Clan desaparezca. Su existencia se tambalea. ¿Eran espiados?

Las relaciones afectivas entre Loreta y Adela, su hija (“un milagro de Dios”), permiten a Padura incursionar en un territorio ajeno a su tradición literaria. Sigue las andanzas de Marcos para ofrecernos una descripción de Hialeah. El hijo de Clara abandonó la isla y por esos caprichos de la literatura, conoce en Miami a Adela Fitzberg, hija de Loreta (Elisa, para ser exactos). Salió huyendo de Cuba solo para encontrarse con la hija de una cubana. Se vale de fotografía colgada por Clara en su computadora, para construir con laboriosidad artesanal, una novela que expone la amargura del desarraigo. Sus dolores. Canto épico. Elisa viaja hacia delante. Cada vez que dirige la mirada hacia atrás, surge el desconsuelo y la urgencia de continuar huyendo desesperada.

El exilio voluntario o forzado disminuye sus vidas, los logros económicos son pasados por la criba de sus sentimientos. Cuando valoran sus éxitos, los efectos del desarraigo ensombrecen los resultados. Sienten que son seres amputados. Incompletos. Todos se percatan que en otras tierras no están en la memoria de nadie y ninguno de ellos permanece en la memoria de nadie. Conviene ser de algún lugar. Polvo en el viento, una larga disquisición sobre el destierro y una apología sobre la necesidad de pertenencia. Las tribulaciones se deben a que son conscientes que sus raíces están enterradas por otro lado. En Cuba, por cierto. No son seres plenos. La carencia de identidad los transforma en seres cercenados, atrapados entre el desasosiego y la desesperanza.

 Leonardo Padura posee el mismo genotipo, pertenece a la generación de cubanos que se negó abandonar Cuba. Demuestra que la intolerancia de afuera hacia los que se quedaron, es muy parecida a la intolerancia de adentro hacia quienes se fueron. Acusaciones y contra-acusaciones van y vienen. Tiene el privilegio de situarse en un espacio que le permite percatarse de los ataques vividos por la revolución cubana. Los miembros del Clan son presa de los mismos dolores. Sufren igual desconcierto. No siempre huir resulta ideal. La novela resulta un retrato hablado de la diáspora cubana. Las infinitas razones para salir al exilio, derivadas de una situación que se les había vuelto irrespirable. Se fueron —justifican— antes de terminar asfixiándose.

Partieron para regresar, aunque fuese por un solo día, para confirmar que seguimos siendo del lugar donde moldeamos nuestra niñez y adolescencia. Nuestro Salomón de la Selva, quien llevó una vida holgada en otras tierras, jamás se cansó de repetir que a todo pudo acostumbrarse, menos a la tristeza del exilio. Los triunfos nunca son completos. Se saborean a medias. Como polvo en el viento, tragedia y resurrección, alegría, congoja, y desconcierto. Vuelvo a repetir, todos somos Ulises. Salimos de Ítaca para regresar a nuestro punto de partida. El viejo tema del hijo pródigo. Irse supone desertar, solo para comprobar que continuamos viviendo en el lugar donde despertamos al mundo. El tiempo se encarga de corroborar este axioma.

 



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